El día que el destino llamó a mi puerta: un vaquero, un niño y doscientos jinetes
Me llamo Mateo y jamás olvidaré la mañana en que doscientos jinetes comanches rodearon mi granero. Todo empezó por un acto de compasión hacia un niño apache hambriento, pero en el corazón de Castilla, la compasión puede ser tan peligrosa como la pólvora. Aquella noche, entre el crujir de las vigas y el susurro del viento, aprendí que el destino no avisa: simplemente irrumpe, como una tormenta en la meseta.