Entre dos hogares: El día que me fui y la culpa que nunca se fue
El día que crucé la puerta de mi casa en Salamanca, sentí que el aire me cortaba la piel. Mi hermano seguía en la cama, mi madre lloraba en silencio, y yo, con la maleta en la mano, me preguntaba si era egoísta por irme. Desde entonces, la culpa me acompaña como una sombra, preguntándome si algún día podré perdonarme.