¿Soy egoísta por querer recuperar a mi marido?

—¿Otra vez te vas, Javier? —pregunté, intentando que mi voz no temblara, aunque por dentro sentía que me rompía en mil pedazos.

Él ni siquiera me miró. Se puso la chaqueta, cogió las llaves y murmuró, casi como si hablara consigo mismo:

—No puedo dejar a Lucía y a los niños solos, Marta. No después de todo lo que ha pasado.

Me quedé allí, en el pasillo, con la taza de café aún caliente entre las manos, viendo cómo la puerta se cerraba tras él. El eco de su ausencia resonó en la casa, más fuerte que nunca. Desde que su hermano murió en aquel accidente absurdo, Javier ya no era el mismo. Y yo… yo tampoco.

Al principio, lo entendí. Todos en el pueblo decían que era lo normal, que la familia es lo primero, que había que ayudar a Lucía, la viuda, y a sus dos hijos pequeños. «Pobrecillos, se han quedado sin padre, y Lucía está destrozada», repetían las vecinas en la panadería, mientras yo asentía, tragándome las lágrimas. Pero los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Y Javier cada vez estaba menos en casa, menos conmigo, menos con nuestros hijos, Pablo y Ana.

—Mamá, ¿papá va a venir hoy a cenar? —me preguntó Ana una noche, con la voz bajita, como si temiera la respuesta.

—No lo sé, cariño —le respondí, acariciándole el pelo—. Pero seguro que mañana desayuna con nosotros.

Mentí. Porque ya ni siquiera desayunaba en casa. Se iba temprano, antes de que los niños se despertaran, y volvía tarde, cuando ya estaban dormidos. Y cuando estaba, era como si no estuviera. Miraba el móvil, contestaba mensajes de Lucía, organizaba cosas para los niños de su hermano, y apenas me dirigía la palabra.

Una tarde, mientras doblaba la ropa en el salón, escuché a mi suegra hablando con una vecina en la puerta:

—Javier es un santo, hija. Si no fuera por él, Lucía no sabría ni por dónde empezar. Es que hay que ver cómo se ha volcado con ellos. Marta tiene que estar orgullosa.

Orgullosa. ¿Eso era lo que debía sentir? Porque lo único que sentía era un vacío enorme, una soledad que me ahogaba. Me sentía invisible, como si mi propia familia se hubiera evaporado. Y lo peor era la culpa. ¿Era yo una egoísta por querer a mi marido de vuelta? ¿Por querer que pensara en nosotros, en sus propios hijos?

Una noche, después de acostar a los niños, me armé de valor. Cuando Javier llegó, le esperé en la cocina, sentada a la mesa, con una copa de vino delante. Él entró, cansado, con la mirada perdida.

—Tenemos que hablar —le dije, intentando que mi voz sonara firme.

Él suspiró, se sentó frente a mí y se frotó la cara con las manos.

—Marta, no puedo dejarles solos. Lucía está destrozada, los niños no paran de llorar por su padre…

—¿Y nuestros hijos? ¿Y yo? —le interrumpí, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho—. ¿No te das cuenta de que también te necesitamos? Pablo apenas te ve, Ana pregunta por ti cada noche. Yo… yo me siento sola, Javier. Como si ya no existiera para ti.

Él me miró por fin, y vi en sus ojos un dolor profundo, pero también una distancia que me heló el alma.

—No es tan fácil, Marta. Es mi familia. ¿Qué quieres que haga? ¿Que les dé la espalda?

—No te pido que les des la espalda. Solo te pido que no nos la des a nosotros —le respondí, con la voz quebrada.

Se hizo un silencio pesado. Escuché el tic-tac del reloj de la cocina, el murmullo lejano de la televisión en el salón. Javier se levantó, dio un par de vueltas por la cocina y finalmente se apoyó en la encimera, de espaldas a mí.

—No sé cómo hacerlo, Marta. Siento que si no estoy allí, todo se desmorona. Que si no ayudo a Lucía, estoy traicionando a mi hermano.

—¿Y a nosotros? —pregunté, casi en un susurro—. ¿No sientes que también nos estás traicionando?

No respondió. Salió de la cocina sin mirarme, y esa noche dormimos de espaldas, cada uno en su orilla de la cama, como dos desconocidos.

Los días siguientes fueron una sucesión de silencios, de miradas esquivas, de rutinas vacías. Los niños empezaron a preguntar menos por su padre, como si se hubieran resignado a su ausencia. Yo me volqué en ellos, en el trabajo, en las tareas de la casa, intentando llenar el hueco que Javier había dejado. Pero por las noches, cuando la casa estaba en silencio, el dolor me devoraba.

Un domingo, mientras preparaba la comida, mi madre vino a visitarnos. Me encontró llorando en la cocina, con las manos llenas de harina.

—Hija, ¿qué te pasa? —me preguntó, abrazándome.

Le conté todo, entre sollozos. Ella me escuchó en silencio, acariciándome el pelo como cuando era niña.

—Marta, no eres egoísta. Solo eres humana. Tienes derecho a sentirte así. Pero también tienes que entender que Javier está sufriendo. Ha perdido a su hermano, y eso no se supera de un día para otro.

—¿Y cuánto tiempo tengo que esperar? —pregunté, desesperada—. ¿Hasta que se olvide de nosotros por completo?

Mi madre suspiró, me miró a los ojos y me dijo:

—Habla con él. Pero de verdad. Dile lo que sientes, sin miedo. Y escucha lo que él siente. A veces, el dolor nos ciega y no vemos el daño que hacemos a los que más queremos.

Esa noche, cuando Javier llegó, le esperé en el salón. Los niños ya dormían. Me senté a su lado en el sofá y le cogí la mano.

—Javier, no quiero perderte. Pero tampoco quiero seguir viviendo así. Necesito que vuelvas a casa, que vuelvas a nosotros. Lucía y los niños te necesitan, sí, pero nosotros también. No puedes salvar a todos, Javier. Y si sigues así, nos vas a perder a nosotros también.

Él me miró, y por primera vez en meses, vi lágrimas en sus ojos.

—No sé cómo hacerlo, Marta. Me siento culpable todo el tiempo. Si estoy aquí, pienso que debería estar con Lucía. Si estoy allí, pienso en vosotros. No sé cómo repartir mi corazón.

Le abracé, y lloramos juntos. Por su hermano, por lo que habíamos perdido, por lo que aún podíamos perder.

—No tienes que hacerlo solo —le susurré—. Estamos juntos en esto. Pero tienes que dejarme entrar. Tienes que dejar que te ayude.

A partir de esa noche, las cosas no cambiaron de golpe. Javier seguía ayudando a Lucía y a sus sobrinos, pero empezó a estar más presente en casa. Volvimos a cenar juntos, a hablar, a reírnos con los niños. No fue fácil, y hubo días en los que sentí que todo volvía a desmoronarse. Pero poco a poco, fuimos encontrándonos de nuevo.

A veces me pregunto si fui egoísta por querer a mi marido de vuelta, por querer que pensara en nosotros. Pero ahora sé que el amor no es una competición, que el dolor no se mide, y que todos tenemos derecho a ser cuidados. ¿Acaso no es eso lo que significa ser familia? ¿No merecemos todos un poco de luz, incluso en medio de la oscuridad?