Tarde, pero no mejor: el día que mi hijo me llamó “pesada” y entendí que igual me había pasado
—Devuélvemelo, mamá.
—No.
—Te juro que como no me lo devuelvas ahora mismo, me voy con papá. Y esta vez no vuelvo.
Me lo dijo en la cocina, con el uniforme del instituto mal puesto, la mochila tirada y esa cara… esa cara de quince años que no es de niño ni de hombre, es de enemigo. Yo tenía el móvil en la mano, el suyo, calentito todavía. Se lo había quitado porque vi un cargo raro en la tarjeta y porque llevaba dos días encerrado en su cuarto, riéndose solo, y luego salía con una mala leche…
—¿Te estás poniendo chulo? —le solté, pero ya me temblaba la voz.
—Me estás controlando. Estás loca.
“Estás loca”. Eso duele más que lo demás. Y encima lo dice mi hijo, mi Ethan, que no sé ni por qué acepté que se llamara así, supongo que porque con cuarenta años una ya cede en tonterías para que todo salga bien.
—Ethan, por favor. Solo quiero ver qué has hecho.
—No has querido ver nunca nada, mamá. Solo dar, dar y dar, para sentirte bien tú.
Me quedé blanca. Y ahí, claro, me salió lo de siempre: justificarme.
—¿Cómo que para sentirme bien yo? ¿Tú sabes lo que me costó tenerte?
No tenía que haberlo dicho. Lo sé. Pero me salió. Me salió como me sale cuando me mira así, como si yo fuera una pesada. Yo lo tuve con cuarenta, después de años de tratamientos, de pruebas en la Seguridad Social, de consultas de fertilidad en el Hospital de La Paz, de llorar en el coche en el parking. Y cuando por fin llegó… yo me prometí que a ese niño no le iba a faltar de nada. Nada.
Y mira.
Él me miró como si lo hubiera chantajeado.
—Siempre lo mismo. “Yo, yo, yo”.
Le quité el móvil y lo guardé en el cajón donde tengo los papeles del banco y las recetas. Él cogió la chaqueta.
—Me voy.
—¿A dónde?
—Con papá. Al menos allí no me estás encima todo el día.
Su padre. Javi. Mi ex. El que me dejó cuando Ethan tenía seis, porque “esto no es vida” y porque yo estaba “absorbida” por el niño. Y sí, estaba absorbida. ¿Y qué? Me daba miedo perderlo.
—Tu padre vive en un piso de alquiler en Vallecas con su pareja. No me vengas con…
—Me da igual.
Y ahí, por instinto, hice lo peor: le bloqueé el paso.
—No vas a salir así.
—¡Quítate!
No me empujó fuerte, pero me tocó el brazo. Y yo, de golpe, vi un futuro horrible: él más grande, yo más vieja, discutiendo en una puerta, él largándose. Me dio un ataque de esos tontos y dije:
—Hasta que no me expliques lo de la tarjeta, no sales.
Silencio. Se le cambió la cara un segundo.
—¿Qué tarjeta?
—La mía, Ethan. La que tienes metida en el móvil para el bus, para… para cuando te quedas sin saldo, para un bocata. Han cobrado 79,99. Y luego 19,99. Y luego otra cosa.
—No sé.
—No me mientas.
—Te digo que no sé.
Yo ya estaba pensando: apuestas, videojuegos, vete tú a saber. Me senté y abrí la app del banco, roja de rabia. Y ahí vi el concepto: “PSN”. Y otro: “Deliveroo”. Y otro: “Tienda X”.
—¿Deliveroo? ¿Qué es esto? ¿Pidiendo comida por ahí?
—No lo he pedido yo.
—Claro que no.
—¡Que no! —me gritó—. ¡Fue papá!
Me reí, pero de nervios.
—¿Qué dices?
—Me dijo que la metiera “para emergencias”. Y que si te preguntabas, que dijera que era yo, que total tú… tú no le dices que no a nada.
Me quedé como tonta. Porque me sonó… posible. Javi siempre con lo de “si tú no le pones límites, alguien se los pondrá”. Pero también es de los que se aprovechan cuando pueden. Y yo, sí, he sido de las que pagan para no discutir.
—Eso es mentira, Ethan.
—Te lo juro. Me pidió la cuenta de Play para “ver una cosa”. Y luego me dijo: “No te rayes, tu madre está forrada”.
“Forrada”. Yo, forrada. Una auxiliar administrativa en una gestoría de barrio en Chamberí, con la hipoteca apretándome el cuello y el préstamo del coche. Forrada.
—Dame el móvil —le dije, ya más baja.
—No.
—Dámelo.
Se quedó quieto. Luego, muy despacio, me dijo:
—Si lo miras, te vas a enfadar conmigo igual.
Y ahí me entró una cosa… como miedo. Porque pensé: vale, igual no es solo lo del dinero. Igual hay algo más.
Al final me lo dio, como quien entrega un arma.
Me metí en los mensajes. Y vi un chat con “Papá” que me dio un golpe en el estómago.
“Dile a tu madre que no puedes venir este finde porque tienes examen.”
“Si se pone pesada, llámame y la calmo.”
“Y acuérdate de lo de la tarjeta, tío. Que ella ni se entera.”
Y luego uno peor, de hace dos semanas:
“Lo de la abuela, ni palabra. Si se muere y tu madre se entera tarde, mejor. Así no monta show y no nos toca aguantarla.”
Me subió el calor a la cara.
—¿Lo de la abuela? —dije.
Ethan tragó saliva.
—No es tu madre, es su madre.
—Ya lo sé. ¿Qué pasa con ella?
—Está en el hospital. Pero no es grave, creo. Papá dijo que no te dijera nada porque…
—¿Porque qué?
—Porque te metes en todo. Porque luego vas y… y haces que todo sea un drama.
Me puse de pie de golpe, la silla rozando el suelo.
—¿Desde cuándo está en el hospital?
—No sé… una semana.
Una semana. Y nadie me dijo nada. Yo, que he llevado a mi suegra —ex suegra, lo que sea— a consultas mil veces cuando Javi “no podía”, yo, que le hacía la compra cuando se quedó viuda.
Pero claro: también es verdad que cuando me separé, yo me presenté en su casa a discutir, a pedir explicaciones, a llorar. Y ella me cerró la puerta. Y yo me quedé fuera gritando. Eso pasó. No estoy orgullosa.
Me vi a mí misma, hace años, montando numerito. Y me entró como una vergüenza rara.
—¿Y tú qué pintas en esto, Ethan? —le dije más suave, pero con rabia—. ¿Por qué me ocultas cosas?
—Porque si te digo algo, te vienes arriba. Y luego me preguntas veinte veces. Y llamas al tutor. Y llamas a papá. Y me haces pasar vergüenza.
—Yo lo hago por ti.
—Pues me ahogas, mamá.
Me quedé callada. Y de repente me dio por mirar la app de notas del móvil. No sé por qué. Igual por intuición. Y vi una lista que me dejó helada:
“Cosas que tengo que devolver:
– 80€ PS
– 20€ comida
– 35€ sudadera
– 15€ no sé qué”
—¿Esto qué es?
Ethan bajó la mirada.
—Yo… quería devolvértelo.
—¿Con qué dinero?
—Papá dijo que me daría algo cuando cobrara.
Ahí fue cuando me salió una carcajada fea.
—Tu padre no te va a dar nada. Si no me pasa ni la mitad de los gastos cuando toca.
—No es verdad.
—¿Que no? ¿Tú sabes lo que cuesta tu ortodoncia? ¿El abono transporte? ¿Las clases de inglés?
—¡No te lo he pedido yo!
Y otra vez, zas, el golpe. Porque es verdad que muchas cosas se las he impuesto yo. Lo del inglés porque “hoy en día sin inglés no eres nadie”. Lo de la academia porque “no te quiero ver repetir”. Lo del móvil bueno porque “siempre se te queda colgado el viejo”. Y luego me quejo de que se gasta.
Me senté otra vez, sin fuerzas.
—Vale. Entonces dime la verdad. ¿Tú has usado la tarjeta?
Se quedó un rato en silencio. Y al final dijo:
—Sí. Alguna vez sí. Cuando estaba con los chicos y… y no quería quedar como el pringado.
—¿Y por qué no me lo has dicho?
—Porque te pones a llorar. Porque luego me miras como si te hubiera matado.
Me dolió porque… sí. He llorado por tonterías. Le he hecho sentir culpable. Le he dicho “después de todo lo que he hecho por ti”. Lo he dicho.
—¿Y lo de tu abuela?
—Papá me dijo que si te enterabas, ibas a ir al hospital y a pedir cosas, y que luego ella se iba a poner en tu contra y… no sé. Que era mejor así.
Me levanté y cogí mis llaves.
—Nos vamos al hospital.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Mamá, por favor…
—Ethan, he dicho ahora.
En el coche, él iba mirando por la ventana. Yo llamé a Javi en manos libres. Contestó a la tercera.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué no me has dicho lo de tu madre?
Silencio.
—¿Te lo ha contado el niño?
—Sí. Y también me ha contado lo de la tarjeta.
—Mira, no empieces.
—No, mira, no empieces tú. ¿Cómo se te ocurre usar mi tarjeta a través del móvil del crío?
—Yo no la he usado.
—Javi…
—Vale. Una vez. Porque estaba tieso. Y porque tú no ibas a notar ochenta euros.
—¿Que no iba a notar…?
—No me hagas de mala persona. Estoy hasta el cuello. Y tú… tú siempre por encima. Con tu “yo puedo”. Pues mira, yo no puedo.
Y ahí, por primera vez en años, le escuché cansado de verdad. No justifico lo que hizo, pero le escuché. Me dijo que su madre se había caído, que estaba en observación, que él estaba haciendo malabares con el trabajo, que su pareja estaba harta, que no quería verme aparecer allí a “hacerme la buena” porque luego su madre se ponía nerviosa.
—Tu madre también tiene voz —le solté—. Y yo he estado con ella más que tú muchas veces.
—Sí, cuando te convenía.
Eso me dolió porque… no sé si es verdad, pero algo de razón tiene. Yo a veces hago las cosas para que me quieran, y cuando no me quieren, me pongo peor.
En el hospital, la madre de Javi me miró desde la cama y no sonrió. Me dijo:
—No quiero líos.
—No vengo a montar líos —le dije, y me salió más seco de lo que quería.
Ethan se quedó al fondo, como escondido.
Mi ex suegra me soltó:
—Ethan es un buen chico. Pero lo estáis usando de pelota. Tú por un lado con tu miedo, Javi por el otro con su cara dura. Y el niño en medio.
Yo abrí la boca para protestar, pero no me salió. Porque el “miedo” lo clavó.
Volvimos a casa tarde. Ethan me dijo en el portal:
—¿Me vas a castigar?
Me dio una rabia tremenda que lo primero que pensara fuera eso, como si todo se arreglara con castigo o premio. Y a la vez pensé: igual yo le he enseñado eso.
—No lo sé —le contesté—. Hoy no puedo con más.
Esa noche, mirando el techo, me vi haciendo cuentas, pensando si denunciaba lo de la tarjeta, si hablaba con el banco, si ponía una reclamación, si le pedía a Javi hasta el último euro… y también me vi pensando que si aprieto, Ethan se va con él por puro orgullo adolescente. Y si no aprieto, me tragan.
No me siento la mala ni la buena. Me siento cansada y un poco tonta, la verdad. Quiero a mi hijo con locura, pero igual mi “querer” ha sido comprar paz, tapar problemas, y ahora me explota.
¿Vosotros qué haríais: le pondríais límites duros a Ethan aunque se os pueda ir de las manos y se vaya con su padre, o intentaríais ir poco a poco aunque parezca que todo el mundo se aprovecha de ti?