Firmé en el hospital para donar sus órganos y ahora no sé si hice lo correcto con lo último que nos quedaba
“No firmes todavía”. Eso fue lo que me dijo mi madre en el pasillo del hospital, agarrándome del brazo, mientras la coordinadora de trasplantes esperaba con la carpeta en la mano y mi marido estaba apoyado en la pared sin decir casi nada.
Yo acababa de salir de la UCI. Me habían dicho dos médicos, con esa manera tan seria que tienen, que ya no había nada que hacer. Que las pruebas eran concluyentes. Que nuestro hijo no iba a volver. Lo digo así porque todavía hoy me cuesta hasta escribir la palabra exacta.
La coordinadora me habló muy bien, la verdad. Sin presionar. Me explicó que, si aceptábamos la donación, podían ayudar a varias personas. Me habló con una calma que en ese momento casi me dio rabia, porque yo sentía que el suelo se había abierto debajo de mí y ella seguía hablando de papeles, tiempos y equipos que venían de otros hospitales.
Mi marido me dijo por lo bajo: “Haz lo que tú veas”. Y eso, en vez de ayudarme, me sentó fatal. Le contesté mal. “¿Cómo que lo que yo vea? Es tu hijo también”. Él bajó la cabeza y no respondió. Ahora sé que estaba bloqueado, pero en ese momento me sentí sola del todo.
Mi madre insistía: “Bastante nos lo han quitado ya. Déjale en paz”. Mi hermana, que había llegado corriendo, me dijo justo lo contrario: “Si él pudiera ayudar a otros, lo haría”. Y yo en medio, sin saber ni respirar.
Al final firmé.
No porque estuviera segura. Firmé porque me entró una especie de pánico a equivocarme para siempre. Pensé: si digo que no, igual mañana no puedo vivir con la idea de que por mi culpa otras familias perdieron una oportunidad. Fue una decisión de minutos, hecha en un estado en el que yo no estaba para decidir nada.
Lo peor vino después.
Cuando volvimos a casa, mi madre dejó de venir unos días. Mi marido seguía haciendo las cosas de casa, hablando con la funeraria, con el seguro, con todo, pero conmigo casi no hablaba. Una noche le pregunté directamente si estaba enfadado por lo que hice y me soltó: “No es enfadado. Es que yo necesitaba sentir que quedaba algo intacto”.
Eso me rompió más que cualquier otra cosa. Porque yo había pensado justo lo contrario: que convertir aquello en algo útil era la única manera de no volverme loca.
Y aquí viene la parte que casi nadie sabe. Un año antes, rellenando una tontería de esas de internet sobre el carnet de donante, yo marqué que sí. Me pareció lo normal. Solidario, lo que siempre se dice. Incluso se lo comenté a mi hijo una vez, no en serio, en una conversación cualquiera, cuando salió una noticia en la tele. Y él dijo algo como: “Bueno, si yo ya no estoy, para qué lo voy a querer”. Se rió y siguió con el móvil. Yo me agarré a esa frase como si fuera una voluntad clarísima. Igual no lo era. Igual hice trampa conmigo misma para poder firmar.
Mi marido dice que una frase dicha así no es decidir nada. Y tiene razón.
También es verdad que yo llevaba meses arrastrando una culpa antigua con mi hijo. Habíamos discutido mucho ese último año. Por estudios, por horarios, por amistades, por las tonterías que al final resultan no ser tan tonterías. Yo estaba siempre encima, siempre controlando, siempre pensando que ya habría tiempo para arreglar las cosas. No lo hubo.
Entonces ahora no sé si firmé por generosidad o por necesidad mía. Si lo hice pensando en los demás o porque no soportaba quedarme solo con una pérdida vacía.
Hace unas semanas nos llamaron del hospital para una cosa administrativa y la mujer que me atendió, sin dar datos ni nada, me dijo: “Gracias a la donación, varias personas pudieron ser trasplantadas”. Me eché a llorar en mitad de la cocina. Mi marido estaba allí y me abrazó, pero luego me dijo: “Me alegro por esas familias, de verdad. Pero yo todavía no lo tengo colocado dentro”.
Mi madre sigue diciendo que en momentos así no se debería pedir a unos padres que decidan nada. Que eso tendría que estar resuelto de otra manera y no en un pasillo, con el café de máquina en la mano y sin haber asimilado nada.
Yo, en el fondo, pienso parecido. Y aun así, si volviera a ese momento, no sé qué haría. Hay días en que siento algo de paz pensando que de una desgracia salió un poco de vida para otros. Y hay otros en que me entra un agobio horrible y pienso que toqué algo que ya no me correspondía tocar.
No puedo decir que me arrepienta del todo, pero tampoco puedo decir que esté convencida. Supongo que esa es la peor parte, vivir con una decisión que no se puede deshacer y que cada uno en casa lleva de una manera distinta.
Yo solo sé que desde entonces la sensación de seguridad desapareció y el futuro que imaginaba también. Lo demás lo voy entendiendo a ratos, y a ratos no.
¿Vosotros qué pensáis de verdad? ¿En una situación así es más digno conservar intacto lo último que queda, o intentar convertir la pérdida en algo bueno para otros aunque luego te persiga la duda?