Dejé a mi bebé en el hospital porque me vi sola, y años después sigo sin saber si merezco perdonarme
“Si sales por esa puerta, no vuelvas”, me dijo mi padre bajito, que casi fue peor que si me hubiera gritado. Mi madre estaba al lado, llorando, pero no por mí ni por el niño, sino por la vergüenza. Yo acababa de dar a luz hacía dos días y seguía con la pulsera del hospital puesta.
No sé ni cómo explicar esto sin que parezca que me estoy quitando culpa, porque no. La culpa la tengo y mucha. Pero en aquel momento yo tenía veintipocos, trabajaba a ratos en una tienda de ropa del centro comercial, con contratos de semanas, y vivía todavía en casa de mis padres en un piso pequeño de toda la vida. El padre de mi hijo, cuando le dije que estaba embarazada, primero me dijo “ya veremos” y luego dejó de cogerme el teléfono. A los meses me enteré de que se había ido a trabajar fuera, a Valencia o Alicante, ni lo sé seguro. Desapareció.
En mi casa no se hablaba de otra cosa que de “el disgusto” y “lo que va a decir la familia”. Mi madre insistía: “Nosotros te ayudamos, pero ese niño aquí va a traer mucha ruina”. Mi padre era peor, porque no montaba escándalos, soltaba frases que se te quedaban clavadas. “Te has buscado la vida tú sola.” “Ahora apechuga.” “Pero aquí no pretendas que criemos otro hijo.”
Yo también mentí mucho. Eso también lo tengo que decir. A todo el mundo le decía que estaba mejor de lo que estaba. Que ya encontraría trabajo, que el padre aparecería, que me apañaría. Ni tenía ahorros, ni estabilidad, ni cabeza. Durante el embarazo me fui encerrando. No preparé nada, no compré casi ropa, no fui capaz ni de elegir nombre. Mi madre me decía: “Eso no es normal”. Y yo le contestaba fatal. “Pues haberme ayudado en vez de juzgarme.” Pero cuando intentaba ayudarme, era a su manera, controlándolo todo.
El parto fue en el hospital público de mi ciudad. Yo estaba agotada, asustada y como si todo le estuviera pasando a otra. Cuando me pusieron al niño encima, me eché a llorar, pero no sentí esa claridad que cuenta la gente. Sentí miedo. Muchísimo. La enfermera me preguntó si estaba bien y yo dije que sí, por vergüenza. Siempre decía que sí.
Al segundo día vino mi padre con una bolsa de ropa y me soltó: “A casa vienes tú. Con el niño, no sé”. Mi madre le dijo “calla” y se puso a llorar otra vez. Yo le pregunté: “¿Qué quieres que haga?”. Y mi padre: “Eso lo sabrás tú, que para eso eres la madre”.
Esa noche casi no dormí. Al día siguiente hablé con una trabajadora social del hospital. No fui valiente ni generosa ni nada de eso. Fui una chica rota, bloqueada y muy cobarde también. Le dije: “No puedo. De verdad que no puedo”. Me acuerdo perfectamente de que me preguntó varias veces si tenía a alguien, si quería tiempo, si entendía lo que significaba. Y yo asentía a todo como una máquina. Lo entendía y no lo entendía.
Dejé allí a mi hijo.
Escribirlo así, tan seco, me sigue dando asco de mí misma.
En casa aquello fue una mezcla rara. Mi madre no volvió a mencionarlo durante meses, como si borrándolo fuera a doler menos. Mi padre una vez dijo: “Mejor así”, y yo le estuve sin hablar casi un año. Pero luego, con los años, entendí que tampoco supo hacer otra cosa. En su cabeza aquello había sido una desgracia desde el minuto uno y él reaccionó como reaccionaba a todo: endureciéndose. Mi madre, en cambio, empezó a tratarme como si me fuera a romper por cualquier cosa. Y eso también me ahogaba.
Yo seguí adelante regular. Encadené trabajos, luego una sustitución en una administración de fincas, luego un puesto más estable. Me fui de casa tarde, con ayuda de una amiga, compartiendo piso primero y luego alquilando un estudio. Tuve ansiedad, aunque tardé bastante en ir al médico de cabecera y decirlo. Me derivaron y empecé terapia en la pública, con sus esperas y sus pausas, y más adelante me lo pagué yo unos meses cuando pude. No fue magia. Hubo épocas de no hablar del tema y otras de pensar en ello todos los días.
Mis padres tampoco han sido siempre los mismos. Se han hecho mayores. Mi padre ahora está más callado y depende bastante de mí para médicos, papeleos y esas cosas. Mi madre un día, hará tres años, me dijo en la cocina: “Yo también tuve miedo de que no pudieras, pero nunca pensé que ibas a hacer eso”. Se me quedó mirando y añadió: “Y nunca te pregunté si estabas bien”. Esa fue probablemente la conversación más honesta que tuvimos en la vida.
Hace poco inicié los trámites para saber, dentro de lo que se puede saber, qué había sido de mi hijo. No buscaba irrumpir en su vida ni presentarme de repente. Solo necesitaba dejar de imaginar desgracias. Porque una parte de mí, aunque suene absurdo, se castigaba pensando que si yo había tomado esa decisión, él seguro había sufrido por mi culpa toda la vida.
No fue así.
Lo que me trasladaron, con toda la prudencia y los límites que hay en estos casos, es que creció en una familia adoptiva estable, que estuvo querido, bien cuidado, que estudió, que tiene su vida. Salí de aquella cita y me senté en un banco a llorar como una tonta. Una señora me preguntó si me encontraba bien y le dije que sí, otra vez lo de siempre.
Sentí alivio, claro. Un alivio enorme. Pero también una cosa muy rara, porque yo me había contado durante años que necesitaba saber que estaba bien para poder perdonarme, y resulta que saberlo no borra nada. Solo cambia el peso. Ya no me duele imaginarle mal. Me duele saber que estuvo bien sin mí, que seguramente era lo mejor, y que aun así fui yo quien lo dejó allí.
Hace unas semanas se lo conté todo a mi pareja actual, con detalles que no sabía. Me dijo: “No eras un monstruo, eras una cría sola”. Y yo le contesté: “Sí, pero también fui yo la que firmó”. Las dos cosas son verdad y eso es lo que peor llevo.
No sé si una se perdona del todo algo así. Supongo que estoy intentando dejar de contarme la historia fácil, ni la de que fui una víctima de mis padres y del padre de mi hijo, ni la de que soy una persona horrible sin matices. Fui una mujer muy joven, muy asustada, muy influida por una casa donde todo era culpa y apariencia, y también fui una madre que no pudo o no quiso dar el paso. Y esa parte no la puedo maquillar.
Ahora al menos sé que él tuvo una vida buena, y eso me da un poco de paz, aunque no la paz completa que yo me había imaginado. ¿Vosotros creéis que hay decisiones que se pueden entender aunque no se justifiquen, o pensáis que hay cosas que una madre no debería perdonarse nunca?