Volví del hospital con mi hija en brazos y descubrí que mi marido había decidido no escucharla llorar
—¿Pero tú has visto cómo está esto, Javier?
Lo dije sin gritar, porque mi hija dormía en el portabebés, pegada a mi pecho como si supiera que yo estaba a punto de romperme. Aun así, mi voz tembló.
Habíamos llegado del hospital hacía veinte minutos. Yo llevaba cinco días sin dormir más de dos horas seguidas. Me dolía todo: la cicatriz de la cesárea, los pechos llenos y sensibles, la espalda, hasta el alma. Solo quería dejar a Lucía en su cuna, darme una ducha y sentarme un momento sin sentir que el mundo se me venía encima.
Pero el piso olía a basura vieja y a humedad.
Había platos con restos de comida en el fregadero. Ropa amontonada en el sofá. Un vaso con café seco en la mesa del salón. En el baño había pelos en el suelo y una toalla mojada tirada junto al váter. La cuna que habíamos comprado con tanta ilusión seguía llena de cajas, chaquetas y carpetas del trabajo de Javier.
Él dejó las llaves en el recibidor y soltó un suspiro largo, como si el cansado fuera él.
—He tenido una semana horrible, Marta. No me ha dado tiempo a todo.
Me quedé mirándolo. Llevaba una camisa recién planchada y olía a colonia. Yo llevaba el mismo pantalón ancho con el que salí del hospital, una compresa enorme, el pelo recogido de cualquier manera y manchas de leche en la camiseta.
—¿No te ha dado tiempo a preparar ni el sitio donde va a dormir tu hija?
Javier evitó mirarme a los ojos.
—No empieces, por favor. Acabamos de llegar.
No empecé. Ojalá hubiera empezado entonces. Ojalá hubiera dicho todo lo que se me quedó atragantado por miedo a parecer exagerada, por esa costumbre tan nuestra de aguantar para que no haya bronca.
Las primeras noches fueron una niebla.
Lucía lloraba mucho. La matrona dijo que era normal, que estaba aprendiendo a mamar y que tenía gases. “Paciencia, piel con piel y descanso cuando ella descanse”, me dijo con una sonrisa amable.
Descanso. Qué palabra tan cruel puede llegar a ser cuando una no tiene quién le sostenga a la niña ni diez minutos.
Javier se levantaba a las siete y media para ir a la oficina. Se duchaba tranquilo. Desayunaba tostadas mientras revisaba el móvil. A veces me preguntaba desde la puerta del dormitorio:
—¿Cómo habéis pasado la noche?
Como si Lucía y yo fuéramos compañeras de piso. Como si él no hubiera estado a menos de dos metros, tumbado en la cama, respirando profundamente.
—Ha llorado desde las tres hasta casi las cinco —le contestaba yo.
—Ya… Es que yo no me he enterado de nada.
Y se iba.
Al principio pensé que quizá dormía muy profundamente. Después me convencí de que, si le explicaba mejor lo mal que estaba, reaccionaría. Una tarde, mientras intentaba darle el pecho con una mano y comer un yogur con la otra, le dije que necesitaba ayuda.
—Javier, no puedo seguir así. Estoy mareada. No he comido bien en todo el día. La casa está hecha un desastre y ni siquiera he podido ducharme.
Él estaba con el ordenador abierto en la mesa del salón. Ni levantó la vista enseguida.
—Marta, yo trabajo fuera. Tengo reuniones, responsabilidades. No puedo estar disponible cada vez que la niña llore.
Noté que se me calentaba la cara.
—No te estoy pidiendo que estés disponible “cada vez”. Te estoy pidiendo que seas su padre.
Entonces cerró el portátil de golpe.
—Y yo te estoy diciendo que alguien tiene que mantener esta casa.
Me quedé callada. Miré a Lucía, que se había quedado medio dormida con el pezón aún en la boca. Sentí una vergüenza absurda, como si pedir que lavara unos platos o cambiara un pañal fuera un capricho mío.
Mi madre venía algunos días desde Móstoles. Me traía un táper de lentejas, ponía una lavadora y cogía a Lucía mientras yo me duchaba deprisa. Cada vez que sonaba el telefonillo, yo lloraba un poco. No porque quisiera depender de ella, sino porque era la única persona que preguntaba cómo estaba yo.
—Estás muy pálida, hija —me decía, acariciándome el pelo—. ¿Javier no se levanta por la noche?
Yo siempre encontraba una excusa.
—Tiene mucho trabajo.
—Tu padre también trabajaba y te daba el biberón a las tres de la mañana.
No sabía qué responderle.
La noche que lo cambió todo, Lucía tenía diecisiete días. Llevaba horas inquieta. Yo caminaba por el pasillo con ella en brazos, despacio, intentando que no me tirara la cicatriz. Eran las cuatro y cuarto de la madrugada. Tenía los ojos secos de tanto llorar antes, a escondidas, sentada en el suelo de la cocina.
Entré en el dormitorio porque necesitaba coger una muselina. Javier dormía de lado, inmóvil.
Y entonces los vi.
Dos tapones naranjas sobresalían de sus oídos.
Me quedé quieta. No entendí nada durante unos segundos. Después sentí algo frío en el estómago. Me acerqué a la mesilla. Allí había una caja abierta de tapones de espuma, debajo de un libro y junto a su cargador.
Los cogí con la mano libre. Lucía empezó a llorar otra vez, más fuerte.
—Javier —dije.
No se movió.
—Javier.
Le toqué el hombro. Se despertó sobresaltado y se quitó uno de los tapones.
—¿Qué pasa? ¿Le ocurre algo a la niña?
Le enseñé la caja. Me temblaban tanto las manos que casi se me cayó.
—¿Te los pones para no oírla?
Su cara cambió. Primero molestia. Luego esa expresión de alguien que sabe que lo han pillado, pero aun así busca cómo defenderse.
—Marta, no hagas un drama. Necesito dormir para rendir al día siguiente.
—¿Y yo qué necesito, Javier?
No contestó.
—¿Qué crees que hago yo durante el día? ¿Qué crees que hago por la noche? ¿Quién me pone tapones a mí? ¿Quién me trae un vaso de agua cuando llevo cuarenta minutos dando el pecho? ¿Quién me pregunta si puedo más?
Lucía lloraba contra mi clavícula. Yo también. Pero ya no lloraba bajito.
—No puedes obligarme a ser como tú quieres —murmuró él—. No todos vivimos la paternidad igual.
—Esto no es vivirla distinto. Esto es salirte de ella.
Aquella mañana no discutimos más. Él se fue a trabajar como siempre, con su táper y su prisa. Yo esperé a que cerrara la puerta. Luego llamé a mi madre.
—Mamá, ¿puedes venir?
Solo dije eso. Ella entendió todo por mi voz.
Llegó una hora después. No hizo preguntas al principio. Cogió a Lucía, me miró las ojeras y dijo:
—Prepara una bolsa. Os venís conmigo.
Metí cuatro bodis, pañales, el sacaleches, mis medicinas y un pijama. También cogí el conejito de tela que mi hermana le había regalado a Lucía. Dejé las llaves sobre la mesa, al lado de la caja de tapones.
Javier me llamó al salir de la oficina. No contesté. Mandó mensajes: “¿Dónde estás?”, “No puedes llevarte a la niña así”, “Tenemos que hablar”.
Al final le respondí una sola vez.
“Cuando estés dispuesto a escucharla llorar y a escucharme a mí, hablamos.”
En casa de mi madre dormí tres horas seguidas mientras ella vigilaba a Lucía. Al despertarme, mi hija estaba sobre su pecho, tranquila. Por primera vez desde que nació, respiré sin miedo.
Todavía no sé qué será de mi matrimonio. Sé que Javier tiene que decidir si quiere ser padre de verdad, no solo aparecer en las fotos y pagar facturas. Pero yo ya tomé mi decisión: mi hija no va a crecer viendo a su madre desaparecer de cansancio para que todo parezca normal.
¿En qué momento pedir ayuda se convirtió en exigir demasiado? ¿Habríais aguantado o también habríais cogido una bolsa y os habríais ido?