“Solo es una etapa”: el día en que entendí que estaba criando sola a mi hijo mientras mi marido miraba hacia otro lado

—¿Pero por qué lloras tú ahora? —me soltó Sergio desde el sofá, sin apartar la vista del móvil—. El niño está dormido, Isabel. Aprovecha y descansa en vez de montar este drama.

Miré a Mateo en la cuna. Por fin se había quedado dormido después de casi una hora llorando, rojo, sudado, con aquellos puñitos cerrados como si también estuviera enfadado con el mundo. Tenía tres meses. Yo llevaba tres meses sin dormir más de dos horas seguidas.

Y estaba llorando en silencio, con la camiseta manchada de leche y de papilla, aunque Mateo todavía casi ni probaba la cuchara. Lloraba porque no podía más. Así, sin más.

—No estoy montando un drama —le dije bajito, para no despertar al niño—. Te estoy diciendo que necesito que me ayudes.

Sergio resopló, como si yo le hubiera pedido algo absurdo.

—Ayudarte, ayudarte… Yo trabajo todo el día, Isa. Esto es solo una etapa. Todas las madres pasan por lo mismo. Tienes que organizarte mejor.

Esa frase se me quedó clavada.

Organizarme mejor.

Como si no tuviera una lista pegada en la nevera con las tomas, los pañales, la ropa para lavar, la compra, las citas del pediatra y hasta la hora a la que tenía que acordarme de ducharme. Como si el cansancio se solucionara con un calendario de colores.

Sergio trabajaba en una empresa de reparto y volvía a casa sobre las seis y media. Yo entendía que llegara cansado. De verdad que lo entendía. Pero cruzaba la puerta, dejaba las zapatillas en medio del pasillo, preguntaba qué había de cena y se tumbaba con el móvil. Si Mateo lloraba, decía: “Tiene hambre”. Si estaba inquieto, decía: “Seguro que tiene gases”. Si yo le pedía que lo cogiera diez minutos mientras terminaba de hacer algo, lo sostenía como quien sujeta una bolsa que pesa demasiado.

—No sé qué le pasa, Isa, contigo se calma antes.

Claro que se calmaba conmigo. Yo era la que sabía que le molestaba la etiqueta del pijama, la que distinguía cuándo lloraba por sueño y cuándo porque se había hecho caca, la que se levantaba antes de que el llanto despertara a toda la casa.

Yo era todo para Mateo.

Y para mí no quedaba nadie.

La primera vez que mi madre me vio de verdad fue un domingo. Fuimos a comer a casa de mis padres, en Vallecas. Yo no quería ir porque me daba vergüenza. Llevaba cuatro días sin lavarme el pelo. Me puse un moño rápido y unas ojeras que ni el corrector pudo disimular.

Mi madre me quitó a Mateo de los brazos nada más entrar.

—Anda, hija, siéntate. Pero si estás blanca.

—Estoy bien, mamá.

Mentí tan deprisa que hasta yo me di cuenta.

Mientras mi padre entretenía al niño haciendo ruiditos y mi hermana Lucía ponía la mesa, yo me quedé sentada en una silla de la cocina. No recuerdo ni lo que hablaban. Solo miraba un plato de croquetas y pensaba que hacía semanas que no comía sentada, con las dos manos libres.

Mi hermano Rubén se apoyó en la encimera y me miró fijo.

—¿Sergio hace algo en casa?

Levanté la cabeza.

—Sí, hombre. Trabaja mucho.

—No te he preguntado si trabaja. Te he preguntado si hace algo en casa.

No supe qué contestar. Y ese silencio fue peor que cualquier confesión.

Mi madre se acercó y me acarició la nuca. Yo odiaba que me hiciera eso porque siempre conseguía que volviera a sentirme una niña. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Isabel, no es normal que estés así. No es normal que vengas a comer a casa de tu madre y parezca que te vas a caer de la silla.

—Es que Mateo duerme mal —dije—. Ya pasará.

—¿Y Sergio?

La pregunta quedó ahí, sencilla y enorme.

Sergio estaba en el salón, con mi padre, viendo el fútbol. Se reía. Tenía una caña en la mano. Parecía descansado. Parecía tranquilo. Parecía un hombre que acababa de ser padre sin que su vida hubiese cambiado demasiado.

Aquella noche, al volver a casa, intenté hablar con él otra vez. Mateo acababa de dormirse y yo tenía miedo de que cualquier palabra demasiado alta lo despertara.

—Mi madre dice que puedo irme unos días allí —empecé.

Sergio dejó el mando a distancia sobre la mesa.

—¿Irte? ¿Y eso qué solución es?

—Dormir. Que alguien me tenga al niño una hora. Poder ir al médico, porque me duele todo el cuerpo. No sé, Sergio. Respirar.

Él se pasó una mano por la cara, irritado.

—Siempre estás exagerando. Mi madre crió a tres hijos y no iba diciendo que no podía respirar.

Sentí una cosa muy fea. No rabia solamente. Algo más frío.

—Tu madre tenía a tu abuela viviendo encima y a tus tías en el mismo barrio. Y además tu padre llegaba de trabajar y se ocupaba de vosotros.

—Ya estamos comparando.

—No, estamos hablando de nosotros.

Sergio se levantó.

—Pues yo también estoy cansado, ¿vale? Parece que aquí el único que no puede quejarse soy yo.

Se fue al dormitorio y cerró la puerta. No dio un portazo, ni siquiera eso. La cerró con normalidad. Como si acabara de terminar una conversación cualquiera.

Yo me quedé en la cocina con un biberón sin lavar en el fregadero y un nudo en el estómago.

A las tres y veinte de la madrugada, Mateo volvió a llorar. Me levanté antes de que Sergio abriera los ojos. Le cambié el pañal, le di el pecho, lo paseé por el pasillo. Cuando por fin se durmió sobre mi hombro, me miré en el espejo de la entrada.

No me reconocí.

Tenía los labios secos, el pelo pegado a la cara y una mirada apagada que me asustó. Pensé: si me caigo ahora, ¿quién coge al niño? Y después pensé algo todavía peor: si me pasa algo, Sergio ni siquiera sabe dónde guardo sus medicinas.

Al día siguiente llamé al centro de salud. Me costó mucho hacerlo. Me daba vergüenza decir que no podía con mi propio hijo, aunque ahora sé que no era eso. Yo podía con Mateo. Con quien no podía era con la soledad.

La enfermera, Carmen, me habló despacio. Me preguntó si comía, si dormía, si tenía pensamientos de hacerme daño. Le dije que no quería hacerme daño, pero que a veces deseaba desaparecer una tarde entera. Que nadie me hablara. Que nadie necesitara nada de mí.

—Eso no te convierte en mala madre —me dijo—. Te convierte en una persona agotada que necesita apoyo.

Lloré tanto que tuve que apartar el teléfono para que no oyera mis sollozos.

Carmen me dio cita con la médica y me habló de un grupo de apoyo para madres en el centro cultural del barrio. Fui dos jueves después, con Mateo en el carrito y el corazón encogido. Allí había otras mujeres con bebés, ojeras y cafés fríos. Una de ellas, Teresa, dijo algo que no se me olvida:

—No necesitamos que nos “ayuden” con nuestros hijos. Necesitamos que los padres hagan de padres.

Volví a casa con esa frase dando vueltas en mi cabeza.

Esa noche le dije a Sergio que iba a irme una semana a casa de mis padres. No para castigarlo. No para darle un susto. Porque necesitaba dormir y porque estaba empezando a tener miedo de mí misma, de la mujer en la que me estaba convirtiendo.

Él se quedó quieto, mirándome como si yo hubiera roto algo.

—¿Me vas a dejar por una mala racha?

—No es una mala racha, Sergio. Es nuestra vida. Y tú no estás en ella.

Se acercó a la cuna. Mateo dormía ajeno a todo. Sergio le tocó la barriga con un dedo, muy suave.

—Puedo cambiar —murmuró.

Quise creerle. De verdad. Pero ya no sabía si lo decía porque me veía con la maleta medio hecha o porque por fin entendía lo que estaba pasando.

Ahora estoy en casa de mis padres desde hace cuatro días. He dormido seis horas seguidas dos noches, algo que me parecía imposible. Sergio me escribe que me echa de menos, que está pensando mucho, que quiere que volvamos. También me ha preguntado a qué hora toma Mateo el baño y dónde guardo los bodis limpios.

No sé si eso es un comienzo o si llega demasiado tarde.

Yo no quería una familia perfecta. Solo quería no sentirme abandonada dentro de mi propio matrimonio.

¿Se puede reconstruir una pareja cuando una ya ha aprendido a sobrevivir sin ella? ¿O hay cansancios que, aunque descanses, ya no se olvidan?