La casa de la discordia: ¿fui yo la egoísta?
—¿De verdad vas a cobrarle a tu propio cuñado? —La voz de mi suegra retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la encimera. Me quedé paralizada, con las llaves de la casa aún en la mano. Mi marido, Luis, me miró de reojo, como si esperara que yo resolviera el entuerto.
No era la primera vez que sentía ese nudo en el estómago, pero sí la primera vez que toda la familia estaba delante: mi suegra, mi cuñado Sergio y su mujer, Marta. Habíamos decidido alquilarles nuestro piso en Getafe porque ellos estaban pasando por un mal momento y nosotros nos íbamos a mudar a un sitio más pequeño, cerca del trabajo de Luis. Pensé que era una buena idea. Pensé que ayudar a la familia era lo correcto.
—No es cuestión de cobrarle o no —intenté explicar—. Es que nosotros también tenemos una hipoteca que pagar. No podemos regalar la casa…
Sergio me interrumpió, con esa sonrisa forzada que siempre me ha puesto nerviosa:
—Pero podríais hacer un esfuerzo. Es solo hasta que yo encuentre algo fijo. Marta está embarazada, ¿sabes?
Miré a Luis buscando apoyo, pero él bajó la mirada. Sentí cómo el peso de la decisión recaía solo sobre mí. La conversación se volvió un murmullo incómodo. Mi suegra suspiró teatralmente y murmuró algo sobre cómo antes las familias se ayudaban sin mirar el dinero.
Firmamos el contrato con un alquiler simbólico, mucho menos de lo que pedía el mercado. Al principio todo fue bien. Sergio y Marta se instalaron y nos agradecieron mil veces el gesto. Pero pronto empezaron los retrasos en los pagos. Un mes era porque Marta estaba de baja; otro porque Sergio había tenido un problema con una nómina. Yo intentaba comprender, pero la hipoteca seguía llegando cada mes.
Una tarde, después de recibir otro mensaje de Sergio diciendo que este mes tampoco podía pagar entero, exploté delante de Luis:
—¡No podemos seguir así! ¿Por qué siempre tengo que ser yo la mala?
Luis se encogió de hombros:
—Es mi hermano… No quiero discutir con él.
—¿Y yo? ¿No soy tu familia también?
Esa noche dormimos espalda contra espalda. Al día siguiente, mi suegra me llamó para decirme que era una insensible, que solo pensaba en el dinero y que estaba destrozando la familia.
Pasaron los meses y la situación empeoró. Un día encontré a Marta en el supermercado y ni siquiera me saludó. En Navidad, nadie me dirigió la palabra en la mesa salvo mi hija Lucía, que no entendía por qué todos parecían enfadados conmigo.
Luis empezó a evitar las reuniones familiares. Yo me sentía cada vez más sola, como si llevara una letra escarlata invisible. Una tarde, al volver del trabajo, encontré a Luis sentado en el sofá, con los ojos rojos.
—He discutido con Sergio —me dijo—. Dice que eres una egoísta y que mamá no quiere verte más.
Me senté a su lado y le cogí la mano:
—¿De verdad crees que he hecho algo malo?
Luis no respondió. Solo apretó mi mano con fuerza.
El tiempo pasó y Sergio y Marta finalmente se mudaron a otro piso más barato. Pero la herida quedó abierta. Mi suegra dejó de invitarme a las comidas familiares y Luis apenas hablaba con su hermano. Yo me preguntaba cada noche si podría haber hecho algo diferente.
A veces pienso en cómo empezó todo: una decisión tomada desde el cariño y el deseo de ayudar. ¿Dónde se torció todo? ¿Fue culpa mía por querer proteger nuestro futuro? ¿O es que en España, cuando se mezcla familia y dinero, siempre acaba mal?
Ahora miro a Luis dormir y me pregunto: ¿vale la pena sacrificar tu tranquilidad por intentar ayudar a los tuyos? ¿O es inevitable convertirse en el malo cuando pones límites? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?