Esperando bajo el sol de Andalucía: La historia de Bruno y la maleta

—¿Pero qué demonios…? —murmuré, frenando en seco el coche mientras el sol de julio caía a plomo sobre la carretera secundaria entre Carmona y Écija. El asfalto parecía derretirse bajo mis pies cuando bajé del coche, y el aire olía a trigo seco y a verano andaluz. Allí, en la cuneta, había algo que no cuadraba: una maleta vieja, medio rota, y junto a ella un bulto pequeño, tembloroso. Me acerqué con el corazón en un puño.

—¿Hay alguien ahí? —pregunté en voz alta, aunque sabía que era absurdo. Nadie en su sano juicio estaría allí a esa hora, con ese calor. Pero entonces lo vi: un cachorro, con los ojos vendados con una bufanda azul desteñida, atado a la maleta con una cuerda de tender la ropa.

Me arrodillé despacio, sin querer asustarle más. El perrito olía a miedo y a abandono. Tenía las orejas gachas y el cuerpo encogido, como si quisiera hacerse invisible. Me temblaban las manos mientras le quitaba la venda.

—Tranquilo, pequeño… Ya está, ya está…

Sus ojitos marrones me miraron con una mezcla de terror y esperanza. Le acaricié la cabeza y sentí cómo se relajaba poco a poco. Miré la maleta: estaba vacía salvo por una nota arrugada. La desdoblé con cuidado.

“Perdónanos. No podemos cuidarte. Ojalá alguien te quiera como nosotros no supimos.”

Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo podía alguien dejar así a un ser tan indefenso? Pensé en mi abuela, que siempre decía: “Donde comen dos, comen tres.” En España, la familia es sagrada, y los animales suelen ser uno más en casa. Pero también sé que hay quien no puede más, quien se ahoga entre facturas y problemas.

Cogí al cachorro en brazos. Pesaba menos que una barra de pan. El sudor me caía por la frente mientras volvía al coche.

—Venga, campeón, que nos vamos a casa.

En el trayecto llamé a mi hermana Lucía. Ella siempre ha tenido debilidad por los animales.

—¿Pero cómo que lo han dejado con una maleta? —exclamó al escucharme—. ¡Eso es de no tener corazón!

—No sé qué hacer…

—Tráetelo a casa. Ya veremos cómo lo apañamos. Mamá seguro que se encariña en dos días.

Y así fue. Cuando llegué al pueblo, mi madre estaba regando los geranios en el patio.

—¿Qué traes ahí? —preguntó, limpiándose las manos en el delantal.

—Un amigo nuevo…

Ella lo miró, él la miró… y ya estaba hecho el milagro. En menos de una semana, Bruno (así le llamamos) era uno más en la familia: dormía bajo la mesa camilla, perseguía a los niños por el patio y hasta aprendió a pedir jamón cuando olía que cortábamos unas lonchas para la merienda.

Pero no todo fue fácil. Al principio tenía miedo de los ruidos fuertes; si oía petardos o gritos, se escondía bajo la cama. Mi padre decía que “ese perro ha visto cosas malas”. Poco a poco, con paciencia y cariño, fue recuperando la alegría.

En el pueblo todos preguntaban por él. La vecina del quinto le traía sobras de cocido; los niños le hacían coronas de flores en primavera; hasta el panadero le guardaba un trozo de mollete cada mañana.

Una tarde de feria, mientras veíamos los fuegos artificiales desde la azotea, Bruno se tumbó a mi lado y apoyó la cabeza en mi pierna. Miré las estrellas y pensé en la nota que encontré en la maleta. ¿Qué habría sido de sus antiguos dueños? ¿Habrían sentido remordimientos? ¿O simplemente no les quedó otra?

A veces la vida te pone pruebas duras, pero también te da segundas oportunidades. Bruno encontró una familia nueva; nosotros ganamos un amigo fiel.

Y ahora me pregunto: ¿Cuántos Brunos habrá esperando en alguna cuneta de España? ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado porque creemos que no podemos hacer nada? Quizá no podamos cambiar el mundo entero… pero sí el mundo de alguien.