En vez de mí, ella
—No quiero ir con papá… Tía Mariela me dijo que él ya no me quiere —sollozó Kike, apretando sus rodillas contra el pecho, la carita escondida entre los pliegues de su pijama de dinosaurios. Me quedé helada, con la taza de café temblando en mis manos. Todo parecía igual: los juguetes regados en la alfombra, la mochila azul en el rincón, la chaqueta colgada en la silla. Pero nada era igual. El dolor de mi hijo lo había cambiado todo.
Me senté a su lado, acariciándole el cabello. —Eso no es cierto, mi amor —susurré, aunque ni yo misma estaba segura. Desde que Javier y yo nos separamos, la casa se llenó de silencios incómodos y palabras a medias. Kike tenía apenas siete años y ya cargaba con una tristeza que ningún niño debería conocer.
—¿Por qué papá ya no viene a verme? —preguntó, levantando la mirada. Sus ojos grandes, tan parecidos a los míos, estaban llenos de preguntas que no sabía cómo responder.
—Papá está… ocupado —mentí, tragando saliva. ¿Cómo explicarle que su papá tenía una nueva familia? ¿Que Mariela, mi cuñada, le llenaba la cabeza de cosas para proteger a su hermano? ¿Que yo misma sentía que me arrancaban un pedazo cada vez que Kike volvía callado de las visitas?
La separación fue un terremoto. Javier se fue una mañana cualquiera, después de meses de discusiones sordas y miradas frías. Se llevó solo una maleta y dejó atrás promesas rotas y una familia hecha trizas. Al principio pensé que podríamos ser civilizados, compartir la custodia, ser esos padres modernos que anteponen el bienestar del hijo. Pero pronto llegaron los reproches, las indirectas en el grupo familiar de WhatsApp, las miradas de lástima en las reuniones escolares.
—¿Por qué no puedo quedarme contigo siempre? —insistió Kike.
—Porque papá también te quiere y quiere pasar tiempo contigo —repetí el discurso aprendido. Pero por dentro me moría de rabia. ¿Por qué tenía que compartirlo? ¿Por qué Javier podía rehacer su vida tan fácil mientras yo luchaba cada día por mantenernos a flote?
Las cosas empeoraron cuando apareció Lucía, la nueva pareja de Javier. Una mujer joven, siempre sonriente en las fotos de Instagram, abrazando a Javier y a su hija pequeña como si fueran una postal perfecta. Kike empezó a volver distinto de las visitas: callado, distraído, preguntando si podía llevarse sus juguetes a casa de papá.
Una tarde, mientras preparaba la cena, escuché a Kike hablar por teléfono con su abuela paterna:
—Abuela, ¿por qué Lucía duerme en la cama con papá? ¿Y por qué su hija usa mis cosas?
Sentí un nudo en el estómago. No era solo celos infantiles; era miedo a ser reemplazado. Y yo también lo sentía: miedo a que mi hijo encontrara en esa otra casa lo que aquí le faltaba.
Empezaron las peleas con Javier. Primero por mensajes:
—No quiero que Lucía esté presente cuando Kike vaya —le escribí.
—No puedes decidir eso —respondió él seco—. Es mi vida.
Luego vinieron las discusiones frente a Kike:
—¡No lo confundas! —le grité una vez en la puerta del edificio.
—¡Eres tú la que lo manipula! —me gritó él.
Kike lloraba en medio de nosotros, tapándose los oídos.
La familia también opinaba. Mi mamá decía que debía pelear por la custodia total. Mi hermana Flor me aconsejaba buscar terapia para Kike. Pero yo solo quería protegerlo del dolor, aunque no sabía cómo.
Una noche, después de dejar a Kike dormido, me senté en el balcón con una copa de vino barato y llamé a Javier.
—¿Podemos hablar? —le pedí.
Hubo un silencio largo.
—¿Sobre qué?
—Sobre Kike… No está bien. No entiende lo que pasa y tú tampoco ayudas.
—¿Ahora es mi culpa? —su voz sonaba cansada.
—No es culpa de nadie… pero tenemos que hacer algo. No podemos seguir así.
Javier suspiró.
—Lucía está embarazada…
Sentí que el mundo se me venía encima. No solo era reemplazada yo; ahora también Kike tendría un hermano nuevo. ¿Cómo competir con eso?
Los días siguientes fueron un infierno. Kike preguntaba cada vez más por su papá. Yo me sentía cada vez más sola. En el trabajo apenas podía concentrarme; mi jefa me llamó la atención por llegar tarde otra vez.
Un viernes, cuando fui a buscar a Kike al colegio, lo encontré sentado solo en un banco del patio. Tenía los ojos rojos y las manos apretadas en puños.
—¿Qué pasó? —le pregunté agachándome a su altura.
—Los niños dicen que ahora tengo dos mamás… pero yo solo quiero estar contigo —me abrazó fuerte, como si tuviera miedo de soltarme y desaparecer.
Esa noche decidí buscar ayuda profesional. Llevé a Kike con una psicóloga infantil del barrio, la doctora Jimena Torres. Ella nos recibió con una sonrisa cálida y una oficina llena de dibujos y peluches.
Después de varias sesiones, Jimena me explicó:
—Kike necesita sentir que su lugar en tu vida es seguro e irremplazable. Pero también necesita saber que puede querer a Lucía sin traicionarte a ti.
Lloré frente a ella como no había llorado en meses. Me sentí culpable por mis celos, por mi rabia, por no saber ser suficiente para mi hijo.
Con el tiempo, aprendí a soltar un poco el control. Empecé a hablar con Lucía directamente; le pedí que respetara los espacios y objetos de Kike cuando él estuviera en casa de su papá. Ella accedió con amabilidad inesperada:
—No quiero reemplazarte —me dijo un día tomando café juntas—. Solo quiero que Kike se sienta querido aquí también.
No fue fácil. Hubo recaídas: días en los que Kike volvía triste porque Javier se olvidó de recogerlo o porque Lucía estaba ocupada con su propia hija. Días en los que yo quería gritarle al mundo entero que nadie podría amar a mi hijo como yo.
Pero también hubo avances: cumpleaños compartidos sin peleas, tardes en el parque donde Kike jugaba con su hermanastra y volvía contando historias felices. Poco a poco entendí que el amor no se divide; se multiplica.
Hoy todavía duele ver cómo mi hijo navega entre dos mundos distintos. Pero ya no tengo miedo de perderlo; sé que nuestro vínculo es único e irremplazable.
A veces me pregunto: ¿Cuántos niños más viven atrapados entre los silencios y las mentiras de los adultos? ¿Cuántas madres sienten este miedo invisible cada vez que sus hijos cruzan otra puerta?
¿Ustedes también han sentido ese temor? ¿Cómo lograron superarlo?