Abrazos en la Gran Vía: Un día para quedarse
—¿Quiere un abrazo? No cuesta nada. Solo tiene que prometer que se lo va a quedar todo el día.
La voz era tan pequeña que casi se la llevaba el bullicio de la Gran Vía, pero Lucía la escuchó como si le hubieran gritado al oído. Se detuvo en seco, con la receta médica arrugada en la mano y el corazón encogido por la preocupación. Miró a su alrededor, buscando el origen de esas palabras, y la vio: una niña de unos siete años, camiseta del Real Madrid tres tallas más grande, dos coletas desiguales y un cartel colgado del cuello que rezaba: “Abrazos gratis. Garantía de ternura.”
Lucía no pudo evitar sonreír, aunque fuera solo con los ojos. Venía del médico, sí, pero no era solo el cansancio físico lo que la pesaba; era esa sensación de estar sola en medio de una ciudad que nunca duerme, de cargar con los problemas de su madre enferma, de su hermano en paro, de su propio trabajo precario en una tienda de ropa donde las sonrisas se venden tan baratas como los calcetines.
—¿Y si no me dura todo el día? —preguntó Lucía, intentando bromear.
La niña frunció el ceño, como si aquello fuera una cuestión muy seria.
—Entonces vuelve y te doy otro. Aquí estaré hasta que mi abuela salga del banco —dijo señalando la sucursal de la esquina.
Lucía miró a su alrededor. La gente pasaba deprisa, algunos miraban el cartel y sonreían, otros ni se inmutaban. Madrid era así: capaz de darte calor y frío en el mismo minuto. Dudó un instante, pero al final se agachó y abrió los brazos.
El abrazo fue breve pero intenso. La niña olía a colonia Nenuco y a pan recién hecho. Lucía sintió cómo algo dentro de ella se aflojaba, como si ese gesto sencillo hubiera conseguido deshacer un nudo invisible en su pecho.
—¿Sabes? —dijo Lucía mientras se incorporaba—. Hoy necesitaba justo esto.
La niña asintió con una seriedad impropia para su edad.
—Mi abuela dice que los abrazos curan más que las pastillas. Y yo le creo.
Lucía sonrió de verdad esta vez. Se despidió con la mano y siguió su camino, pero ya no sentía el mismo peso en los hombros. Caminó despacio, dejando que el sol de media mañana le acariciara la cara. Pensó en su madre, en cómo le contaría esta anécdota cuando llegara a casa. Quizá hasta se animara a abrazarla más fuerte esa noche.
Al llegar al portal, se cruzó con su vecina Carmen, la del tercero, que siempre tenía prisa y nunca saludaba. Pero hoy Lucía se atrevió:
—Carmen, ¿le apetece un abrazo? No cuesta nada…
Carmen la miró sorprendida, pero luego sonrió tímidamente y aceptó. Y así, sin quererlo, Lucía empezó a regalar lo que había recibido.
Esa noche, mientras preparaba la cena para su madre y su hermano, Lucía pensó en lo fácil que era olvidar lo importante entre facturas, problemas y carreras diarias. ¿Cuántas veces nos negamos un abrazo por vergüenza o por miedo a molestar?
Antes de dormir, Lucía miró al techo y se preguntó: ¿Y si mañana todos saliéramos a la calle dispuestos a quedarnos un abrazo todo el día? ¿Cambiaría algo? ¿O cambiaríamos nosotros?