Las rosas que nunca fueron mías
—¿Para quién son realmente esas flores, Álvaro?
La pregunta se me escapó antes de poder contenerla. Estaba de pie en la cocina, con las manos aún húmedas de pelar patatas, cuando Álvaro entró por la puerta con ese ramo de rosas rojas. Olían a promesas y a recuerdos, a todo lo que hacía años que no compartíamos. Él sonrió, como si nada, y dejó el ramo sobre la mesa.
—Para ti, Clara —dijo, evitando mi mirada.
Pero algo en su voz, en la forma en que sus dedos temblaron al soltar las flores, me hizo sospechar. No era un hombre de gestos espontáneos; hacía años que no me regalaba flores sin motivo. Ni siquiera en nuestro aniversario el mes pasado.
Me quedé mirando las rosas mientras él se quitaba la chaqueta y encendía la televisión del salón. El aroma llenó la cocina, pero en vez de alegría sentí un nudo en el estómago. Recordé cómo, al principio, me traía flores cada viernes. Después, solo en ocasiones especiales. Y luego, nada.
Esa noche, mientras cenábamos con nuestros hijos —Lucía y Sergio—, intenté ignorar la inquietud. Pero Álvaro estaba distraído, pendiente del móvil. Cada vez que sonaba una notificación, su mano volaba hacia el aparato. Lucía me miró de reojo; los niños siempre perciben más de lo que creemos.
—¿Todo bien, papá? —preguntó Sergio.
—Sí, hijo, solo trabajo —respondió Álvaro, forzando una sonrisa.
Después de acostar a los niños, fui a recoger la mesa y vi que había olvidado su móvil en la encimera. Dudé unos segundos. No soy de esas personas que revisan los teléfonos ajenos, pero algo dentro de mí ardía de incertidumbre.
Lo desbloqueé con el código que aún recordaba y busqué entre los mensajes recientes. Allí estaba: un chat con «Marta Giménez». No reconocí el nombre. El último mensaje decía: «Gracias por las flores. Eres un encanto. Nos vemos mañana».
Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies. Las rosas no eran para mí. Eran para ella. Para Marta.
Cuando Álvaro volvió a la cocina y me vio con el móvil en la mano, su rostro se descompuso.
—Clara… no es lo que piensas —balbuceó.
—¿Entonces qué es? —le interrumpí, con la voz rota.
No supo qué decirme. Se sentó en una silla y se tapó la cara con las manos. Yo me apoyé en la encimera, temblando.
—¿Quién es Marta? —pregunté finalmente.
—Es… una compañera del trabajo —susurró—. Solo eso.
—¿Solo eso? ¿Le regalas flores a todas tus compañeras?
El silencio fue más elocuente que cualquier respuesta.
Esa noche no dormí. Escuché el tic-tac del reloj y repasé cada detalle de los últimos meses: sus ausencias, sus excusas para llegar tarde, su repentina preocupación por su aspecto. Todo encajaba ahora como piezas de un puzle cruel.
A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno para los niños, Lucía se acercó y me abrazó por la espalda.
—Mamá, ¿estás triste?
Me tragué las lágrimas y le acaricié el pelo.
—No pasa nada, cariño. Solo estoy cansada.
Pero ella sabía que mentía. Los niños siempre lo saben.
Durante días fingí normalidad. Álvaro intentó hablar conmigo varias veces, pero yo no podía mirarle a los ojos sin sentir rabia y tristeza a partes iguales. Me pregunté si debía contarle a alguien lo que pasaba: a mi hermana Inés, a mi madre… Pero sentía vergüenza. ¿Cómo explicar que mi matrimonio se desmoronaba por una traición tan vulgar?
El domingo por la tarde, mientras los niños jugaban en el parque con sus amigos y yo me sentaba sola en un banco, Inés apareció sin avisar. Se sentó a mi lado y me miró fijamente.
—Clara, ¿qué te pasa? No eres tú últimamente.
No pude más y rompí a llorar. Le conté todo entre sollozos: las flores, el mensaje, las mentiras de Álvaro.
Inés me abrazó fuerte.
—No tienes por qué aguantar esto —me dijo—. Eres mucho más fuerte de lo que crees.
Sus palabras me dieron fuerzas para enfrentarme a Álvaro esa noche. Cuando los niños se durmieron, le pedí que se sentara conmigo en la cocina.
—Quiero saber la verdad —le dije—. Toda la verdad.
Él bajó la cabeza y confesó lo que yo ya intuía: llevaba meses viéndose con Marta. Al principio fue solo una amistad en el trabajo; luego algo más. Me pidió perdón entre lágrimas y juró que había sido un error, que quería arreglarlo todo por nuestra familia.
Pero yo ya no podía confiar en él. Sentí que algo dentro de mí se había roto para siempre.
Pasaron semanas difíciles. Consulté con una abogada; hablé con mi madre; lloré hasta quedarme sin lágrimas. Pero también empecé a recordar quién era yo antes de ser solo «la mujer de Álvaro» o «la madre de Lucía y Sergio». Volví a quedar con amigas; retomé mis clases de pintura; empecé a salir a caminar sola por el parque al atardecer.
Un día, mientras pintaba un cuadro lleno de colores vivos —muy distinto a las rosas rojas marchitas sobre mi mesa— comprendí que merecía algo mejor que una vida llena de mentiras y medias verdades.
Hoy escribo esto desde mi nuevo piso pequeño pero luminoso en el centro de Madrid. Los niños pasan tiempo conmigo y con su padre por separado; intentamos ser una familia diferente pero honesta. A veces duele ver cómo cambió todo por unas flores equivocadas… pero también sé que ahora soy más libre y más fuerte.
¿De verdad merecemos vivir atrapados en una mentira solo por miedo al cambio? ¿Cuántas veces ignoramos las señales por no querer enfrentarnos a la verdad?