Bajo la lluvia de junio: el viaje de un padre por su hija

—¿De verdad vas a salir así, papá? ¡Estás loco! —gritó mi hijo Javier desde la puerta, mientras yo me ataba las botas de agua con manos temblorosas.

No le respondí. Tenía la cabeza llena de imágenes: la cara de mi hija Lucía, tan seria, tan distante desde que se fue a vivir con su marido a ese pueblo perdido entre encinas y olivos. Hacía meses que no hablábamos más allá de un par de mensajes secos por WhatsApp. Pero ahora, con la noticia de que la riada había dejado incomunicado su pueblo, algo dentro de mí se rompió.

La televisión repetía una y otra vez: “La carretera de Valverde está cortada. No hay paso por la nacional. Los vecinos de San Bartolomé llevan dos días sin luz ni víveres.”

—Papá, no puedes hacer nada. Ya lo has oído en la radio, ni la Guardia Civil puede pasar —insistió Javier, casi suplicando.

Pero yo ya había decidido. Cogí una caja con latas, pan duro y algo de embutido —lo poco que quedaba en casa— y salí bajo la lluvia. El agua me calaba hasta los huesos, pero no me importaba. Solo pensaba en Lucía, en si tendría algo caliente que llevarse a la boca, en si estaría asustada o sola.

Caminé hasta el río. El Guadiana bajaba furioso, marrón y espeso como el chocolate. El puente estaba destrozado; los tablones flotaban río abajo como si fueran palillos. Me quedé un momento mirando el agua, dudando. ¿Y si tenía razón Javier? ¿Y si era una locura?

Pero entonces recordé cuando Lucía era pequeña y se caía de la bici; siempre venía corriendo a mis brazos, aunque le doliera el orgullo. Ahora era yo quien tenía que ir a buscarla, aunque me doliera el alma.

Me quité la chaqueta y la até a la caja para que flotara mejor. Me lancé al agua helada, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho. Nadé como pude, luchando contra la corriente, con los brazos entumecidos y los pulmones ardiendo. Por un momento pensé que no lo lograría.

Al otro lado del río, las calles eran un lodazal. Las casas blancas estaban manchadas de barro hasta las ventanas. Grité el nombre de Lucía hasta quedarme sin voz. Un vecino me reconoció y me llevó hasta su casa; allí estaba ella, con los ojos rojos y el pelo pegado a la cara.

—Papá… ¿qué haces aquí? —me preguntó, entre sorprendida y enfadada.

No supe qué decirle. Solo le tendí la caja y la abracé fuerte, como cuando era niña. Ella se echó a llorar en mi hombro, y yo también.

—Perdóname —le susurré—. No he sabido estar cerca cuando más lo necesitabas.

Pasamos esa noche juntos, compartiendo el pan duro y los recuerdos. Hablamos de todo lo que nos habíamos callado durante años: del miedo a perderse, del orgullo tonto, del amor que nunca se dice pero siempre está ahí.

Cuando por fin abrieron las carreteras y pude volver a casa, sentí que algo había cambiado entre nosotros. Quizá no podamos borrar el pasado, pero sí construir algo nuevo sobre las ruinas.

A veces me pregunto: ¿cuántas veces dejamos que el orgullo nos separe de quienes más queremos? ¿Cuántas tormentas hacen falta para recordar lo importante? ¿Y tú? ¿Qué harías por tu familia cuando todo parece perdido?