Entre Dos Madres: El Precio de la Lealtad
—¿Así me pagas todo lo que he hecho por ti, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan fría como la cerámica bajo mis pies. Yo sostenía la bandeja con la sopa para Carmen, mi suegra, que llevaba semanas postrada en la cama del cuarto de invitados. Mi madre, de pie en la puerta, me miraba con los ojos llenos de lágrimas y rabia.
No supe qué responder. Sentí el peso de los años, de los sacrificios, de las noches en vela que mi madre había pasado sola desde que papá nos dejó. Tenía ocho años cuando él se marchó, llevándose casi todo: los muebles, la televisión, hasta las cortinas del salón. Recuerdo a mamá llorando en silencio mientras yo fingía dormir. Desde entonces, fuimos solo ella y yo contra el mundo.
Pero ahora, veinte años después, era yo quien sostenía una familia. Mi marido, Álvaro, trabajaba jornadas interminables en el hospital y apenas podía ayudarme. Carmen, su madre, había sufrido un ictus y necesitaba cuidados constantes. Yo era la única que podía estar allí para ella.
—Mamá, no es tan sencillo —susurré, intentando que mi voz no temblara—. Carmen no tiene a nadie más.
—¿Y yo? ¿Yo sí tengo a alguien? —replicó ella, cruzando los brazos—. ¿O es que ya no soy tu madre?
Me dolió más de lo que esperaba. Recordé los años en los que compartíamos un colchón en el suelo porque no podíamos permitirnos una cama nueva. Los bocadillos de pan con aceite cuando no había nada más en la despensa. Las veces que mamá se saltaba la cena para que yo pudiera comer.
Pero también recordé cómo, cuando conocí a Álvaro en la universidad, mamá se sintió desplazada. Decía que él me estaba robando. Y ahora, con Carmen enferma, sentía que yo la abandonaba igual que papá lo hizo con nosotras.
Esa noche, después de acostar a Carmen y asegurarme de que tenía todo lo necesario, fui al salón donde mamá seguía sentada, mirando la televisión sin verla realmente.
—Mamá —me senté a su lado—. No quiero que pienses que te estoy dejando de lado. Pero Carmen está muy mal…
—¿Y si fuera yo la enferma? ¿También te irías a cuidar a la madre de Álvaro? —me interrumpió con voz rota.
No supe qué decirle. La culpa me ahogaba.
Los días siguientes fueron una sucesión de silencios incómodos y miradas esquivas. Mamá apenas hablaba conmigo; solo salía de su habitación para ir al baño o para prepararse un café rápido. Yo hacía malabares entre el trabajo remoto, las tareas del hogar y los cuidados de Carmen.
Una tarde, mientras cambiaba las sábanas de Carmen, escuché a mamá hablando por teléfono en la cocina:
—No sé qué he hecho mal con Lucía… Siempre pensé que crié a una hija que estaría a mi lado… Ahora parece que prefiere cuidar a otra mujer antes que a su propia madre…
Me mordí el labio para no llorar. ¿Era injusta conmigo? ¿O realmente le estaba fallando?
Esa noche discutimos. Mamá explotó:
—¡Tú no sabes lo que es estar sola! ¡Tú no sabes lo que es sentir que tu propia hija te da la espalda!
—¡No es cierto! —grité—. ¡Estoy aquí! ¡Siempre he estado aquí! Pero Carmen me necesita ahora…
—¿Y yo cuándo te necesite? ¿Vas a estar?
Me quedé callada. La verdad era que no sabía cómo responderle sin herirla más.
Las semanas pasaron y Carmen empezó a mejorar poco a poco. Álvaro agradecía cada gesto mío con una mirada cansada pero llena de amor. Pero mi relación con mamá seguía deteriorándose.
Un día, mientras fregaba los platos, mamá se acercó y me susurró:
—No quiero perderte como perdí a tu padre.
Me giré y vi el miedo en sus ojos. El mismo miedo que yo sentía desde niña: el miedo al abandono.
Me senté con ella y hablamos durante horas. Le conté lo difícil que era para mí sentirme dividida entre dos familias, dos madres. Le confesé mi miedo a fallarle, mi culpa constante.
Ella lloró y me abrazó como cuando era pequeña.
—Solo quiero sentir que sigo siendo importante para ti —me dijo.
Le prometí que siempre lo sería. Pero en mi interior sabía que nada volvería a ser igual. Había crecido y tenía nuevas responsabilidades; ya no era solo la hija de María, sino también la nuera de Carmen y la esposa de Álvaro.
A veces me pregunto si es posible estar a la altura de todas las expectativas sin perderse a una misma por el camino.
¿Vosotros qué haríais? ¿Cómo se puede elegir entre dos madres sin romperse por dentro?