El regreso inesperado de Sergio: Lo que vio en su hogar cambió su vida para siempre
—¿Por qué está tan callada la casa? —pensó Sergio mientras abría la puerta de su chalet en las afueras de Madrid, mucho antes de lo habitual. El silencio era tan espeso que podía cortarse con un cuchillo. Había salido de la oficina tras una llamada inquietante de su hija pequeña, Lucía, que apenas pudo articular un «Papá, ¿vas a venir hoy a comer?». Algo en su voz le removió el alma.
Dejó las llaves sobre la consola y avanzó despacio, con el corazón acelerado. Al fondo, en el salón, escuchó risas ahogadas y el murmullo de una canción infantil. Se asomó sin hacer ruido y lo que vio le dejó clavado al suelo: Carmen, la empleada doméstica que llevaba años en la familia, estaba sentada en el suelo con Lucía y su hermano mayor, Álvaro. Los tres reían mientras hacían figuras con plastilina y cantaban «La Tarara» a pleno pulmón. Carmen, con lágrimas en los ojos, abrazaba a los niños como si fueran suyos.
—¡Mira, Carmen! ¡He hecho una paella de plastilina! —gritó Lucía, orgullosa.
—¡Ay, mi niña! ¡Eso sí que es arte español! —respondió Carmen, besándole la frente.
Sergio sintió un nudo en la garganta. Llevaba años sumido en el trabajo, convencido de que todo lo hacía por el bien de su familia. Pero allí estaban sus hijos, buscando calor en los brazos de otra persona. Carmen no solo limpiaba la casa; era el refugio emocional de sus hijos, la que les enseñaba canciones populares, la que les preparaba meriendas como las de antes: bocadillos de chorizo y chocolate a la taza.
—¿Papá? —Lucía le vio primero—. ¿Por qué has vuelto tan pronto?
Sergio forzó una sonrisa y se acercó. Carmen se levantó rápidamente, limpiándose las manos en el delantal.
—Perdón, don Sergio, no esperaba verle…
—No te preocupes, Carmen —dijo él con voz temblorosa—. Solo quería ver cómo estaban los niños.
Álvaro se acercó y le abrazó sin decir nada. Sergio sintió el calor del pequeño cuerpo y se le escapó una lágrima. ¿Cuándo había sido la última vez que jugó con ellos? ¿Cuándo fue la última vez que les cantó una canción o les preparó una merienda?
Carmen le miró con ternura y bajó la voz:
—Don Sergio, los niños le echan mucho de menos. Yo hago lo que puedo, pero… usted es su padre.
La frase le golpeó como un jarro de agua fría. En ese momento recordó los veranos en el pueblo con sus abuelos, las sobremesas eternas, los partidos de fútbol improvisados en la plaza. Todo eso se había perdido entre reuniones y viajes de negocios.
Esa tarde, Sergio canceló todas sus citas. Se sentó en el suelo junto a sus hijos y Carmen. Jugaron, rieron y hasta se atrevió a cantar «Clavelitos» desafinando como nunca. Por primera vez en años, sintió que estaba donde debía estar.
Al caer la noche, mientras arropaba a Lucía y Álvaro, Sergio se quedó mirando el techo y pensó: «¿De qué sirve tenerlo todo si no compartes lo más importante? ¿Cuántos padres en España estarán perdiéndose esto por perseguir una vida que no llena el corazón?»