Silencio en la escalera: Mi encuentro con los años olvidados
—¿Señora, se siente bien? —escuché una voz lejana, como si viniera de otro mundo, mientras me aferraba al pasamanos de la escalera. El sudor frío me recorría la frente y sentía que las piernas no me respondían. Nadie más se detenía. Nadie más miraba. Solo esa muchacha del tercer piso, Mariana, que siempre anda apurada, fue la única que notó mi presencia.
—Sí, hija, solo necesito un momento —le respondí, intentando sonreír, aunque por dentro sentía una mezcla de vergüenza y rabia. ¿En qué momento me convertí en un mueble viejo, en una sombra que todos esquivan?
Mi nombre es Carmen Rodríguez. Nací en un pequeño pueblo de Jalisco, donde la vida era sencilla y todos nos conocíamos. Hace más de cuarenta años llegué a la Ciudad de México con mi esposo, Julián, buscando un futuro mejor para nuestros hijos. Trabajé toda mi vida: primero como costurera, luego como encargada de una tiendita en el barrio. Crié a mis hijos con esfuerzo y amor, enseñándoles el valor del respeto y la solidaridad.
Pero ahora, a mis 73 años, siento que el mundo me ha dado la espalda. Mis hijos viven lejos: Laura en Monterrey, siempre ocupada con su trabajo en el hospital; y Ernesto en Cancún, dedicado a su familia y sus propios problemas. Me llaman de vez en cuando, pero sus voces suenan apuradas, distantes. «Mamá, cuídate mucho», me dicen. «No salgas sola». Pero ¿qué otra opción tengo?
Esa mañana bajaba las escaleras porque el elevador llevaba días descompuesto —como siempre— y el administrador del edificio nunca hace nada. Los vecinos se quejan en el grupo de WhatsApp, pero nadie mueve un dedo. Yo no tengo celular inteligente; apenas sé usar el teléfono fijo que Julián instaló antes de morir.
Mientras bajaba, escuché risas y voces jóvenes subiendo por las escaleras. Era el grupo de estudiantes que rentan el departamento del quinto piso. Me hice a un lado para dejarles pasar, pero ni siquiera me miraron. Uno de ellos tropezó conmigo y ni disculpas pidió. Sentí una punzada en el pecho: no por el golpe, sino por la indiferencia.
Al llegar al primer piso, Mariana me alcanzó y me ofreció su brazo. Me ayudó a sentarme en el descanso de la escalera.
—¿Quiere que le llame a alguien? —preguntó.
—No, hija, gracias. Solo necesito descansar un poco —le respondí.
Ella se quedó conmigo unos minutos en silencio. Luego se despidió con una sonrisa tímida y siguió su camino. Me quedé sola, escuchando el eco de mis propios pensamientos.
Recordé cuando era joven y mi madre se enfermó. Todos los vecinos venían a visitarla; le llevaban caldo, pan dulce, hasta flores del mercado. Nadie la dejaba sola. Ahora todo es diferente: cada quien vive encerrado en su mundo, con miedo o indiferencia hacia los demás.
Subí de nuevo a mi departamento con dificultad. Al abrir la puerta, me recibió el silencio. El reloj marcaba las once de la mañana y ya no tenía fuerzas para salir al mercado como había planeado. Me senté junto a la ventana y miré la calle: niños corriendo detrás de un balón, madres apuradas jalando a sus hijos, jóvenes con audífonos sumidos en sus teléfonos.
Me pregunté si alguna vez volvería a sentirme parte de algo. Si alguna vez alguien volvería a verme como una persona y no como un estorbo.
Por la tarde llamé a Laura. Le conté lo que había pasado en las escaleras.
—Ay, mamá —suspiró—, ¿por qué no me dijiste antes que te sentías mal? ¿Por qué no le pides ayuda a los vecinos?
—Porque nadie tiene tiempo para una vieja como yo —le respondí sin querer sonar dramática.
—No digas eso —me regañó—. Te prometo que pronto iré a verte.
Colgué el teléfono con el corazón apretado. Sabía que Laura tenía buenas intenciones, pero también sabía que pasaría mucho tiempo antes de verla.
Esa noche soñé con Julián. Lo vi joven otra vez, esperándome en la plaza del pueblo con un ramo de flores silvestres. Desperté llorando, sintiendo su ausencia más fuerte que nunca.
Los días siguientes pasaron lentos y pesados. Mariana tocó mi puerta una tarde para traerme pan dulce.
—Pensé que le gustaría —dijo con una sonrisa.
La invité a pasar y nos sentamos a platicar. Me contó de sus estudios, de sus sueños de ser enfermera y ayudar a su familia en Veracruz. Yo le hablé de mis hijos, de Julián, de los tiempos en que todo parecía más sencillo.
—A veces siento que ya no pertenezco aquí —le confesé—. Que soy invisible para todos.
Mariana me tomó la mano.
—No está sola, doña Carmen. Yo la veo.
Sus palabras me hicieron llorar. No recordaba la última vez que alguien me había dicho algo así.
Esa noche decidí escribir esta historia. No para dar lástima ni buscar compasión, sino para gritarle al mundo que seguimos aquí: los viejos, los olvidados, los que aún tenemos historias que contar y amor para dar.
A veces pienso en todas las Carmen, las Rosa, los Don Manuel y las Doña Teresa que viven solos en sus departamentos o casas vacías, esperando una llamada o una visita que nunca llega. Pienso en cómo la ciudad crece y se llena de ruido mientras nosotros nos volvemos cada vez más silenciosos e invisibles.
Pero también pienso en Mariana y en todos los jóvenes que aún tienen tiempo para mirar a los ojos a un anciano y tenderle la mano.
Hoy miro por la ventana y veo el sol colarse entre los edificios grises. Siento esperanza y tristeza al mismo tiempo.
¿Será posible volver a construir puentes entre generaciones? ¿Podremos aprender a vernos unos a otros antes de que sea demasiado tarde?
¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que miraste realmente a una persona mayor? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste su historia?