Cuando mamá convirtió nuestro hogar en un campo de batalla

—¡No pienso seguir soportando esto ni un día más!— gritó mi madre, con la voz quebrada y los ojos llenos de rabia. El eco de sus palabras retumbó en las paredes del salón, donde hasta hacía poco solíamos reírnos juntos viendo el telediario. Aquella tarde de noviembre, mientras la lluvia golpeaba los cristales del piso en Vallecas, supe que algo se había roto para siempre.

Me llamo Lucía y tengo 27 años. Crecí creyendo que la familia era un refugio, un lugar donde podías ser tú mismo sin miedo. Pero esa tarde, mi madre, Carmen, decidió que ya no éramos una familia. Mi padre, Antonio, intentó calmarla: —Carmen, por favor, no delante de los niños…— Pero ella ya no escuchaba a nadie.

Todo empezó meses atrás, cuando mi hermano pequeño, Sergio, perdió el trabajo en la tienda de informática. Mi madre empezó a obsesionarse con el dinero. Cada céntimo era motivo de discusión. Yo trabajaba en una librería y aportaba lo que podía, pero nunca era suficiente para ella. —¿Para qué estudiaste Filología si no ganas ni para pipas?— me soltaba cada vez que llegaba a casa cansada.

Esa noche, después del grito de mi madre, mi padre se encerró en el baño y Sergio salió a la calle sin decir palabra. Yo me quedé sola con ella en el salón, sintiendo que el aire se volvía irrespirable.

—¿Por qué nos haces esto?— le pregunté con la voz temblorosa.

Ella me miró como si fuera una extraña. —No lo entiendes, Lucía. Estoy harta de ser la única que tira del carro. Aquí nadie me ayuda. Si no os gusta, ya sabéis dónde está la puerta.—

Me dolió más que si me hubiera abofeteado. ¿Cómo podía decirnos eso? ¿No éramos su familia? ¿No habíamos estado siempre juntos, incluso cuando papá estuvo en paro y tuvimos que vender el coche?

Las semanas siguientes fueron un infierno. Mi madre dejó de hablarnos salvo para reprocharnos algo. Mi padre apenas salía de su habitación y Sergio empezó a llegar cada vez más tarde, oliendo a alcohol y tabaco barato. Yo intentaba mantenerme al margen, pero cada día era más difícil.

Un viernes por la noche, mientras cenábamos en silencio, mi madre soltó la bomba:

—He decidido vender el piso. Me voy a vivir con mi hermana a Salamanca. Vosotros veréis lo que hacéis.—

El tenedor se me cayó al plato. Mi padre palideció y Sergio se levantó de golpe, tirando la silla al suelo.

—¡Estás loca!— gritó él.— ¿Dónde vamos a ir?

Ella ni siquiera parpadeó. —Eso ya no es mi problema.—

Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando el techo, recordando los cumpleaños celebrados en ese salón, las Navidades con turrón y villancicos desafinados, los domingos de paella y discusiones futboleras entre mi padre y mi tío Paco. Todo eso iba a desaparecer porque mi madre había decidido que ya no éramos dignos de su esfuerzo.

Al día siguiente, intenté hablar con ella. Le pedí que recapacitara, que pensara en nosotros, en todo lo que habíamos pasado juntos. Pero solo obtuve silencio y una mirada fría.

Mi padre intentó convencerla también:

—Carmen, llevamos treinta años juntos. No puedes tirarlo todo por la borda.—

Pero ella ya había cerrado su corazón.

En menos de un mes tuvimos que buscar dónde vivir. Mi padre se fue a casa de su primo en Alcorcón; Sergio se quedó unos días conmigo en el piso de una amiga hasta que encontró una habitación barata en Usera. Yo sentí que flotaba en el vacío: sin casa, sin familia y con una herida imposible de cerrar.

Durante meses evité hablar del tema con mis amigos. Me daba vergüenza admitir que mi madre nos había echado a la calle. En España se supone que la familia es sagrada; nadie espera que tu propia madre te traicione así.

Un día recibí un mensaje suyo: “Espero que estés bien”. No pude evitar llorar de rabia e impotencia. ¿Eso era todo? ¿Después de destruir nuestra vida esperaba que todo volviera a ser como antes?

A veces pienso si podría haber hecho algo diferente. Si debería haber trabajado más horas o haber sido menos egoísta con mis sueños. Pero luego recuerdo sus palabras frías y sé que no fue culpa mía.

Ahora vivo sola en un estudio pequeño cerca de Atocha. He aprendido a cocinar para uno y a dormir sin miedo a los gritos nocturnos. Pero cada vez que paso por delante del viejo piso siento un nudo en el estómago.

¿Se puede perdonar algo así? ¿O hay heridas familiares que nunca cicatrizan? ¿Vosotros qué haríais si vuestra madre os diera la espalda?