Te lo pedí solo una vez, y no entendiste: la noche en que mi hijo me echó de casa

—¡Te lo pedí solo una vez, mamá! ¡Y no entendiste! Ahora vete de mi casa para siempre.

Las palabras de Santiago retumbaron en las paredes del pequeño departamento en el barrio San Martín, en Buenos Aires. Sentí que el aire se volvía denso, como si el mundo entero se hubiera detenido para escuchar el eco de su voz. Mi hijo, mi único hijo, el mismo por quien sacrifiqué todo, me miraba con los ojos llenos de rabia y decepción.

No supe qué decir. Me quedé ahí, parada junto a la mesa donde aún humeaba el café que le había preparado esa mañana. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que él podría oírlo. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿En qué momento el amor se transformó en resentimiento?

Recuerdo cuando Santiago era apenas un niño y su padre, Ernesto, decidió irse con otra mujer. Yo tenía 32 años y una vida entera por delante, pero elegí quedarme sola para criar a mi hijo. Dejé de salir con amigas, rechacé invitaciones a fiestas y hasta renuncié a mi trabajo como profesora de literatura para poder estar más presente en su vida. «Él me necesita», me repetía cada noche mientras lo veía dormir abrazado a su peluche favorito.

Pero los años pasaron y Santiago creció. Se volvió un adolescente callado, encerrado en su mundo de videojuegos y amigos del barrio. Yo intentaba acercarme, pero cada vez que lo hacía sentía que levantaba un muro invisible entre nosotros. A veces me preguntaba si había hecho bien en entregarle todo mi amor, si no lo estaba asfixiando con mi presencia constante.

—Mamá, ¿por qué no podés entender que ya no soy un nene? —me gritó una tarde cuando le pregunté por qué llegaba tan tarde a casa.

—Solo quiero saber si estás bien, hijo —le respondí con voz temblorosa.

—¡Estoy bien! ¡Dejame vivir mi vida!

Esa fue la primera grieta. Pero yo no supe verla. Pensé que era una etapa, que pronto volvería a buscarme como cuando era chico y tenía miedo a las tormentas.

La noche que todo explotó fue después de una discusión por dinero. Santiago había perdido su trabajo en el taller mecánico y yo, preocupada, le sugerí que buscara algo más estable. Él interpretó mis palabras como una crítica y ahí fue cuando me gritó que me fuera.

Salí de su casa con una bolsa de ropa y el alma hecha pedazos. Caminé bajo la lluvia hasta la parada del colectivo, sintiendo que cada gota era un reproche por mis errores como madre. Me pregunté si había sido demasiado dura, demasiado presente, demasiado todo.

Esa noche dormí en casa de mi hermana Lucía. Ella me recibió con los brazos abiertos y una taza de té caliente.

—No te castigues tanto, Ana —me dijo mientras me acariciaba el cabello—. Los hijos a veces necesitan alejarse para crecer.

—Pero yo solo quería protegerlo…

—¿Y quién te protegió a vos?

Esa pregunta me atravesó como un rayo. Nadie me había protegido nunca. Ni Ernesto cuando decidió irse, ni mis padres cuando me dijeron que debía aguantar por el bien de la familia. Siempre fui yo la que sostuvo todo sobre mis hombros.

Pasaron semanas sin noticias de Santiago. Cada día esperaba un mensaje, una llamada, algo que me dijera que aún me necesitaba. Pero el silencio era absoluto.

Un día decidí ir al mercado del barrio a comprar frutas. Mientras elegía unas manzanas escuché dos mujeres hablando sobre sus hijos:

—A veces siento que lo estoy perdiendo —decía una—. Ya ni me cuenta sus cosas.

—Es normal —respondió la otra—. Lo importante es estar ahí cuando te necesiten.

Me fui a casa pensando en esas palabras. ¿Había estado yo ahí para Santiago o solo había intentado vivir mi vida a través de él?

Esa noche soñé con Ernesto. Lo veía parado en la puerta de nuestra antigua casa, con la valija en la mano y una sonrisa triste.

—No te olvides de vos misma —me decía—. Si no te cuidás vos, nadie lo va a hacer.

Me desperté llorando. Por primera vez en años sentí compasión por mí misma.

Al día siguiente decidí buscar trabajo otra vez. Fui a la escuela donde había enseñado antes y hablé con la directora.

—Ana, justo necesitamos una suplente para literatura —me dijo—. ¿Podés empezar mañana?

Sentí una mezcla de miedo y emoción. ¿Sería capaz después de tantos años? Pero acepté.

Los días empezaron a llenarse de sentido otra vez. Los alumnos escuchaban mis historias con atención y algunos hasta se quedaban después de clase para hablarme de sus problemas. Me di cuenta de cuánto extrañaba ese contacto humano, esa sensación de ser útil más allá de las paredes de mi casa.

Un sábado por la tarde recibí un mensaje inesperado:

“Mamá, ¿podemos hablar?”

Mi corazón dio un vuelco. Le respondí que sí y nos encontramos en una cafetería cerca del parque Centenario.

Santiago llegó con la mirada cansada y las manos temblorosas.

—Perdón por lo que te dije —susurró apenas se sentó—. Estaba enojado conmigo mismo y te lo descargué a vos.

Le tomé la mano y sentí el calor de su piel.

—Yo también cometí errores —le dije—. Quise protegerte tanto que me olvidé de dejarte crecer.

Nos quedamos en silencio unos minutos, mirando por la ventana cómo caía la tarde sobre la ciudad.

—¿Podés perdonarme? —preguntó él con voz quebrada.

—Siempre te voy a perdonar, hijo. Siempre.

Nos abrazamos como hacía años no lo hacíamos. Sentí que algo se reparaba dentro mío, aunque sabía que aún quedaba mucho por sanar.

Hoy sigo trabajando en la escuela y aprendiendo a cuidar de mí misma tanto como cuido de los demás. Santiago viene a visitarme los domingos y hablamos de todo: del trabajo, del amor, del miedo a equivocarnos.

A veces me pregunto si las madres latinoamericanas estamos condenadas a sacrificarnos hasta desaparecer o si podemos aprender a amarnos sin culpa. ¿Cuántas veces nos olvidamos de nosotras mismas por miedo a perder a quienes amamos? ¿Y cuántas veces ese olvido termina alejándonos aún más?

¿Ustedes también han sentido alguna vez que dieron demasiado hasta perderse? ¿Vale la pena sacrificarlo todo por amor o hay otra forma de acompañar sin dejarse atrás?