Bajo el mismo techo: El verano en que perdí a mi hija
—¿Por qué no me lo dijiste antes, Lucía? —mi voz temblaba, pero no podía evitarlo. El calor de julio se colaba por la ventana del salón, pegajoso, asfixiante, y mi hija me miraba con esos ojos oscuros que tantas veces creí conocer. Pero aquel día, mientras la veía encogida en el sofá, supe que había estado ciega.
Todo empezó una tarde cualquiera, o eso pensé. Mi marido, Antonio, estaba en el trabajo y yo preparaba la cena. Lucía, con dieciséis años recién cumplidos, llevaba semanas encerrada en su habitación. Decía que estudiaba para la selectividad, pero las notas habían bajado y su humor era impredecible. Yo intentaba acercarme: «¿Quieres salir a dar un paseo?», «¿Te apetece un helado?». Siempre la misma respuesta: «No, mamá, déjame en paz».
Una noche, mientras recogía la mesa, escuché un golpe seco. Subí corriendo y la encontré llorando en el suelo de su cuarto. Me acerqué, pero ella se apartó como si le quemara. «No pasa nada», murmuró. Pero sí pasaba. Esa noche no dormí. Me quedé sentada en la cocina, mirando la puerta cerrada de su habitación y preguntándome en qué momento había dejado de ser mi niña.
Al día siguiente, llamé a mi hermana Pilar. «No sé qué hacer con Lucía», le confesé entre sollozos. Pilar siempre fue más dura: «Carmen, dale espacio. Los adolescentes son así. No seas pesada». Pero yo sentía que algo iba mal.
Empecé a vigilarla sin querer: revisaba si comía, si salía con amigas, si usaba el móvil demasiado. Un día encontré una caja de pastillas vacía en la basura del baño. El corazón se me paró. Esperé a que Antonio llegara y le enseñé la caja. Él restó importancia: «Seguro que son para los dolores de regla». Pero yo no podía quitarme el miedo del cuerpo.
Esa misma semana, Lucía desapareció una tarde entera. No contestaba al móvil. Llamé a todas sus amigas: ninguna sabía dónde estaba. Cuando volvió a casa, ya de noche, tenía los ojos hinchados y las manos temblorosas.
—¿Dónde has estado? —le pregunté con voz rota.
—Por ahí —respondió sin mirarme.
—Lucía, por favor… —intenté abrazarla, pero se apartó.
Esa noche discutimos como nunca antes. Antonio gritó desde el salón: «¡Dejad de pelearos!». Lucía me lanzó una mirada llena de odio y se encerró en el baño. Yo me quedé temblando en el pasillo.
Los días siguientes fueron un infierno. Lucía apenas salía de su cuarto y yo sentía que la perdía más cada día. Una tarde, mientras limpiaba su escritorio buscando algún indicio de lo que le pasaba, encontré un cuaderno escondido entre los libros de matemáticas. Dudé antes de abrirlo, pero la angustia pudo más.
Las páginas estaban llenas de dibujos oscuros y frases como «No encajo», «Nadie me entiende», «Quiero desaparecer». Sentí un nudo en la garganta tan fuerte que tuve que sentarme en la cama.
Esa noche esperé a que Lucía saliera del baño para enfrentarla:
—He leído tu cuaderno —le confesé con voz baja.
Ella se quedó helada.
—¿Por qué lo has hecho? ¡No tienes derecho!
—Lucía, estoy preocupada… No sabía que te sentías así.
—¡Claro que no lo sabías! ¡Nunca me escuchas! —gritó antes de encerrarse otra vez.
Antonio intentó mediar al día siguiente:
—Carmen, tienes que dejarla respirar. No podemos controlarlo todo.
Pero yo no podía dejar de pensar en esas frases escritas con rabia y dolor.
Finalmente, una tarde de agosto, después de otra discusión absurda sobre la hora de llegada a casa, Lucía explotó:
—¡Estoy harta! ¡No quiero estar aquí! ¡No quiero ser tu hija!
Me quedé paralizada mientras ella salía corriendo por la puerta.
Esa noche fue la peor de mi vida. Llamamos a la policía cuando pasaron las horas y no volvía. Antonio intentaba tranquilizarme: «Ya aparecerá». Pero yo solo podía pensar en todo lo que había hecho mal.
A las tres de la mañana sonó el timbre. Era Lucía, acompañada por una amiga y su madre. Habían encontrado a mi hija sentada sola en un parque, llorando desconsolada.
Cuando entró en casa, me miró con una mezcla de rabia y tristeza:
—¿Por qué nunca me preguntas cómo estoy? Solo quieres que todo parezca perfecto.
Me derrumbé frente a ella:
—Lucía, no sé cómo ayudarte… Solo quiero que estés bien.
Ella se echó a llorar y por primera vez en meses me dejó abrazarla.
Al día siguiente fuimos juntas al centro de salud mental del barrio. No fue fácil convencerla, pero accedió después de mucho hablar. Empezamos terapia familiar y poco a poco aprendimos a escucharnos sin juzgar.
Ese verano terminó distinto a como empezó: con heridas abiertas pero también con esperanza. Aprendí que no basta con querer a los hijos; hay que aprender a verlos tal como son y no como queremos que sean.
Ahora me pregunto cada noche: ¿Cuántas madres creen conocer a sus hijos sin ver realmente su dolor? ¿Cuántas familias viven bajo el mismo techo sin atreverse a hablar de lo importante?