¿Qué escondes en tu refri? La historia de un candado y un matrimonio en crisis

—¡Julián! ¿Otra vez te comiste el guiso que dejé para mañana?— grité desde la cocina, con el tupper vacío en la mano y el corazón latiendo fuerte, entre rabia y resignación. El eco de mi voz rebotó en las paredes de nuestro pequeño departamento en Ciudad de México, mientras mi esposo asomaba la cabeza desde el cuarto, con cara de niño regañado.

—Ay, Luisa, es que tenía hambre y no vi tu nombre escrito— respondió, encogiéndose de hombros, como si eso lo justificara todo. Sentí que la sangre me hervía. No era la primera vez. Ni la segunda. Era la décima vez en el mes que Julián se devoraba lo que yo había guardado para el día siguiente: mi comida especial, mis yogures, hasta el último trozo de pastel que mi hermana me había traído de Puebla.

Al principio me reía. «¡Qué exagerada soy!», pensaba. Pero esa noche, mientras veía el refrigerador vacío y recordaba las cuentas por pagar, sentí una punzada de desesperanza. No era solo la comida: era la sensación de que mis límites no valían nada, de que todo lo mío podía ser tomado sin preguntar. Me senté en la mesa y lloré bajito, para que Julián no me escuchara.

Al día siguiente, en el trabajo, se lo conté a mi amiga Mariela entre risas nerviosas. Ella me miró seria y dijo: —Luisa, deberías ponerle un candado a esa nevera. Yo me reí fuerte, pero su comentario se me quedó clavado como una espina.

Esa noche llegué a casa y encontré a Julián viendo fútbol con una bolsa de papas fritas. —¿No vas a cenar?— le pregunté. Él sonrió: —Ya cené. Me comí el arroz con pollo que estaba en el refri. ¿Era tuyo?—

Sentí cómo se me apretaba el pecho. —Julián, ¿por qué nunca preguntas?—

Él apagó la tele y me miró con fastidio. —Luisa, es solo comida. No exageres.—

Pero no era solo comida. Era la falta de consideración, el sentirme invisible en mi propia casa. Recordé las veces que mi mamá me decía: «En el matrimonio hay que compartir todo». Pero ¿y si ese «todo» se volvía una excusa para no respetar al otro?

Esa noche soñé que le ponía un candado enorme al refrigerador y escondía la llave bajo mi almohada. Julián buscaba por toda la casa y al final se sentaba a llorar en la cocina vacía. Me desperté sudando frío.

Los días siguientes, empecé a esconder mis cosas: un yogur detrás del frasco de chiles, una manzana dentro del cajón de las verduras tapada con cilantro. Pero Julián siempre encontraba todo. Un día llegué temprano y lo vi hurgando entre los estantes.

—¿Buscas algo?— pregunté seca.

—Nada… sólo quería ver si quedaba algo rico— dijo él, sin mirarme.

Me sentí como una extraña en mi propia casa. Empecé a evitarlo; cenaba antes de que él llegara o me llevaba mi comida al trabajo. Las peleas se volvieron rutina: por la comida, por el dinero, por cualquier cosa.

Un sábado, mientras lavaba los platos, escuché a Julián hablar por teléfono con su madre:

—Es que Luisa está rara… ahora hasta esconde la comida.—

Su mamá vino a visitarnos ese domingo. Me miró con ojos duros:

—Mija, los hombres son así. Hay que entenderlos.—

Sentí ganas de gritarle que no era justo, que yo también tenía derecho a un espacio propio, aunque fuera un simple yogur en el refrigerador.

La gota que derramó el vaso fue una noche lluviosa cuando llegué cansada del trabajo y encontré a Julián comiéndose los tamales que había comprado para mi desayuno del día siguiente. Ni siquiera me ofreció uno.

—¿Sabes qué? Voy a ponerle un candado al refri— le dije furiosa.

Él se rió como si fuera una broma.

Al día siguiente fui al mercado y compré un pequeño candado barato. Lo instalé en la puerta del refrigerador mientras Julián dormía la siesta.

Cuando despertó y vio el candado, se puso rojo de rabia.

—¿De verdad hiciste esto? ¿Me vas a tratar como a un ladrón?—

—No es eso— le respondí temblando— Es que ya no puedo más con esto.—

Esa noche dormimos espalda con espalda. El silencio era tan pesado como las cuentas sin pagar y las palabras no dichas.

Pasaron los días y el ambiente se volvió insoportable. Julián dejó de hablarme; yo me sentía culpable pero también aliviada: por fin tenía control sobre algo en mi vida.

Una tarde encontré una nota pegada en la nevera:

«Luisa: Si necesitas ponerle candado a la comida para sentirte segura, tal vez deberíamos hablar en serio sobre lo nuestro».

Me senté en la mesa y lloré otra vez. No era solo la comida; era todo lo que habíamos dejado de decirnos, todo lo que habíamos dejado de compartir realmente.

Esa noche nos sentamos frente a frente en la mesa del comedor:

—Julián, no es solo por la comida… Siento que no me ves, que no te importa lo que necesito.—

Él bajó la cabeza:

—Perdón… nunca pensé que te afectara tanto.—

Nos quedamos callados mucho rato. Afuera llovía fuerte; adentro, parecía que algo se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.

Decidimos ir juntos al mercado esa semana y planear las comidas entre los dos. No fue fácil; hubo recaídas y discusiones, pero poco a poco aprendimos a respetar los espacios del otro.

A veces todavía pienso en ese candado guardado en el cajón de los cubiertos. Me recuerda lo fácil que es dejar que los pequeños problemas crezcan hasta volverse muros entre dos personas.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos pasar cosas pequeñas hasta que explotan? ¿Cuántos candados ponemos sin darnos cuenta entre nosotros y quienes amamos?