Entre el amor y el olvido: Tres años cuidando a los nietos
—Mamá, solo será por unas semanas, te lo prometo. —La voz de Lucía temblaba al otro lado del teléfono, y yo, como tantas veces antes, no supe decir que no.
Aquel día de septiembre, el cielo de Madrid estaba encapotado y el aire olía a tierra mojada. Recuerdo cómo mis manos temblaban mientras preparaba la habitación de los niños, convencida de que en un mes todo volvería a la normalidad. Pero las semanas se convirtieron en meses, y los meses en años. Ahora, tres años después, sigo despertando cada mañana con el llanto de Mateo o los gritos de Marina peleando por el mando de la tele.
Al principio, me sentía útil. Era bonito volver a escuchar risas infantiles en casa, preparar meriendas de pan con chocolate y leer cuentos antes de dormir. Pero poco a poco, mi vida se fue reduciendo a rutinas ajenas: llevar y recoger a los niños del colegio, ayudar con los deberes, preparar cenas rápidas porque Lucía siempre llegaba tarde del hospital. Mi hija es enfermera, y su marido, Sergio, trabaja turnos interminables en una empresa de logística. Siempre están cansados, siempre tienen prisa.
—Mamá, ¿puedes quedarte un rato más? Hoy tengo guardia doble —me decía Lucía mientras se ponía el abrigo a toda prisa.
—Claro, hija —respondía yo, tragándome las ganas de decirle que tenía cita con mis amigas para jugar al mus o que quería ir al cine a ver esa película francesa que tanto me apetecía.
Los días pasaban y mi agenda se llenaba solo de compromisos ajenos. Mis amigas dejaron de llamarme porque siempre estaba ocupada. Mi hermano Paco me preguntaba cada domingo:
—¿Y tú cuándo vives para ti, Carmen?
No sabía qué contestar. ¿Acaso no era esto lo que hacían las madres? ¿No era mi deber ayudar a mi hija como mi madre me ayudó a mí?
Pero la casa empezó a pesarme. El eco de mis propios pensamientos me asustaba por las noches. Me miraba al espejo y apenas reconocía a la mujer que fui: aquella Carmen que bailaba sevillanas en las fiestas del barrio, que viajaba con su grupo de senderismo por la sierra de Guadarrama, que soñaba con aprender italiano algún día.
Una tarde de invierno, mientras recogía los juguetes del salón, escuché una conversación entre Lucía y Sergio:
—No sé qué haríamos sin mi madre —decía Lucía—. Pero a veces me siento culpable…
—¿Por qué? Si tu madre está encantada —respondió Sergio sin apartar la vista del móvil.
—No lo sé… Últimamente la veo triste.
Me quedé quieta, con un peluche en la mano. ¿Encantada? ¿Triste? ¿Era tan invisible mi cansancio?
Esa noche, mientras preparaba la cena, decidí hablar con Lucía.
—Hija, ¿podemos hablar un momento?
Lucía dejó el móvil sobre la mesa y me miró preocupada.
—Claro, mamá. ¿Pasa algo?
Sentí un nudo en la garganta. No quería parecer egoísta ni desagradecida.
—Llevo tiempo pensando… Quizá deberíais buscar otra solución para los niños. Yo… echo de menos mi vida. Mis amigas, mis cosas…
Lucía se quedó callada unos segundos. Luego suspiró.
—Lo sé, mamá. Y te juro que lo siento mucho. Pero no sé cómo hacerlo sin ti. No tenemos dinero para una niñera y mis horarios son imposibles…
Vi lágrimas en sus ojos y sentí una punzada de culpa. ¿Cómo podía dejarla sola? Pero también sentí rabia: ¿por qué siempre recaía todo sobre mí?
Las semanas siguientes fueron un tira y afloja constante entre el amor y el resentimiento. A veces pensaba en irme unos días al pueblo, desconectar de todo. Otras veces me convencía de que esto era solo una etapa más.
Un día, Marina me preguntó:
—Abuela, ¿tú eres feliz?
Me quedé muda. ¿Feliz? No lo sabía. Quería a mis nietos más que a nada en el mundo, pero sentía que me estaba perdiendo a mí misma.
En el parque, otras abuelas compartían historias parecidas:
—A mí me pasa igual —decía Teresa—. Mi hija cree que soy su niñera gratuita.
—Y si dices algo, eres una egoísta —añadía Pilar.
Me di cuenta de que no era la única atrapada en este bucle de amor y sacrificio.
Una noche, después de acostar a los niños, llamé a Paco.
—Hermano, ¿tú crees que hago bien?
Él suspiró al otro lado del teléfono.
—Carmen, tienes derecho a vivir tu vida. Ayudar está bien, pero no puedes olvidarte de ti misma.
Colgué sintiéndome un poco más ligera. Al día siguiente hablé con Lucía y le propuse buscar una solución conjunta: turnos con Sergio, ayuda puntual de una vecina jubilada… No fue fácil, pero poco a poco empecé a recuperar espacios para mí: una tarde para ir al cine, una mañana para caminar sola por El Retiro.
Hoy sigo ayudando a Lucía cuando puedo, pero ya no soy la sombra de mí misma. He aprendido que amar también es poner límites.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo han renunciado a sus sueños por amor? ¿Dónde está la línea entre cuidar y desaparecer? ¿Y vosotros? ¿Hasta dónde llegaríais por vuestra familia?