La carta olvidada: una noche de cumpleaños en San Juan
—¿Y esa cara, Mariana? —me preguntó Luis apenas crucé la puerta, con la voz entre preocupada y resignada.
No respondí. Dejé caer la cartera sobre la mesa y me quedé parada en el umbral del comedor, mirando la mesa puesta con dos platos y una vela encendida. El olor a arroz con gandules llenaba el aire, mezclado con el aroma dulce del plátano maduro frito. Era mi cumpleaños, pero lo había olvidado hasta que vi la escena frente a mí.
—¿Vas a comer algo? —insistió Luis, mi esposo desde hace diecisiete años, con una sonrisa forzada.
—¿Tú cocinaste? —pregunté, incrédula. Él siempre huía de la cocina como si fuera un campo minado.
—Bueno, hoy es tu día. Pensé que merecías un descanso —dijo, encogiéndose de hombros.
Me senté en silencio. Sentí un nudo en la garganta. No era solo el cansancio del trabajo en la escuela pública de San Juan, ni el tráfico infernal bajo el sol caribeño. Era algo más profundo: una tristeza vieja, como una carta olvidada en el fondo de un cajón.
Luis sirvió la comida con torpeza. El arroz estaba un poco pegado, pero el gesto me conmovió. Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que faltaba. Miré alrededor buscando algo, cualquier cosa que me recordara que hoy era especial. No había globos, ni música, ni siquiera una tarjeta sobre la mesa.
—¿No llegó nada del correo? —pregunté, tratando de sonar casual.
Luis negó con la cabeza.
—Nada. Solo cuentas y propaganda —respondió, sin mirarme a los ojos.
Sentí un vacío en el estómago más grande que el hambre. Mi madre siempre me enviaba una carta para mi cumpleaños, aunque vivía a solo tres barrios de distancia. Era nuestra tradición desde que me fui de casa a los dieciocho años. Pero este año, nada.
—¿Llamaste a tu mamá? —preguntó Luis, rompiendo el silencio.
—No. Supuse que me llamaría ella —contesté, bajando la mirada.
Comimos en silencio. Cada bocado era pesado. Pensaba en mi madre: en su letra temblorosa, en las palabras sencillas pero llenas de amor que siempre encontraba para mí. ¿Se habría olvidado? ¿Estaría enferma? ¿O simplemente estaba cansada de mis silencios y mis respuestas cortantes cada vez que hablábamos?
De pronto, Luis se levantó y fue al cuarto. Volvió con una caja pequeña envuelta en papel de regalo azul.
—Feliz cumpleaños, Mariana —dijo, extendiéndome el paquete.
Lo tomé entre mis manos y sentí una punzada de culpa. Había estado tan absorta en mi decepción que ni siquiera pensé en él, en su esfuerzo por hacerme sentir especial.
Abrí la caja y encontré un collar sencillo con un dije en forma de estrella de mar.
—Es para que recuerdes los veranos en Loíza —dijo Luis, sonriendo tímidamente.
Las lágrimas me llenaron los ojos. Recordé aquellos días en la playa con mi familia, antes de que todo se complicara: antes de las discusiones por dinero, antes de que mi padre se fuera con otra mujer y mi madre se encerrara en su tristeza.
—Gracias —susurré, abrazándolo fuerte.
Pero el vacío seguía ahí. No podía dejar de pensar en la carta ausente. ¿Por qué me dolía tanto?
Después de cenar, me encerré en el baño y revisé mi celular. Ningún mensaje nuevo de mi madre. Solo un par de felicitaciones automáticas en Facebook y un meme de mi prima Lucía.
Me miré al espejo y vi a una mujer cansada, con ojeras profundas y el cabello recogido a la carrera. ¿En qué momento me convertí en esto? ¿En qué momento dejé de ser la hija alegre que bailaba salsa con su mamá los domingos?
Salí del baño y encontré a Luis viendo televisión. Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro.
—¿Crees que hice algo mal? —le pregunté en voz baja.
—¿Por qué dices eso?
—Mi mamá… No llamó, no escribió… Siento que algo se rompió entre nosotras y no sé cómo arreglarlo.
Luis suspiró y me acarició el cabello.
—A veces las cosas cambian sin darnos cuenta. Pero eso no significa que no te quiera —dijo suavemente.
Me quedé pensando en sus palabras mientras afuera llovía fuerte sobre los techos de zinc del vecindario. Recordé la última vez que visité a mi madre: discutimos por tonterías, como siempre últimamente. Ella quería que fuera más seguido a verla; yo le decía que no tenía tiempo, que el trabajo y los niños me absorbían toda la energía.
Quizás por eso no escribió este año. Quizás estaba esperando que yo diera el primer paso.
Al día siguiente, temprano en la mañana, decidí ir a verla sin avisar. Compré unas flores en la esquina y caminé bajo la llovizna hasta su casa. Cuando llegué, la encontré sentada en el balcón, mirando al vacío.
—Feliz cumpleaños atrasado —me dijo apenas me vio, con una sonrisa triste.
—Mamá… —empecé a decir, pero ella me interrumpió.
—Sé que esperabas tu carta. La escribí… pero no supe si enviarla o no. Pensé que ya no te importaba —confesó, bajando la mirada.
Sentí un nudo en la garganta otra vez. Me senté a su lado y tomé su mano.
—Siempre me importa, mamá. Solo… a veces siento que no sé cómo acercarme sin pelear —admití.
Ella suspiró y sacó un sobre arrugado del bolsillo de su bata.
—Aquí está tu carta. Léela cuando estés lista —dijo suavemente.
La abracé fuerte y lloramos juntas bajo la lluvia fina del amanecer boricua.
Esa noche, ya en casa, leí la carta bajo la luz tenue del cuarto. Mi madre hablaba de su soledad, de sus miedos y también de su amor incondicional por mí. Me di cuenta de cuánto daño nos habíamos hecho por orgullo y por no saber pedir perdón a tiempo.
Ahora entiendo que a veces las cartas llegan tarde porque los sentimientos son difíciles de poner en palabras. Pero nunca es tarde para volver a empezar.
¿Quién no ha sentido alguna vez ese vacío por una palabra o un gesto ausente? ¿Cuántas veces dejamos pasar los días esperando que el otro dé el primer paso? ¿Vale la pena perder momentos valiosos por miedo o por orgullo?