El Pen Drive en la Salchicha: Un Secreto en la Nevera de Carmen

—¡Mamá, que llego tarde! ¿Dónde está el bocadillo?— gritó Lucía desde el pasillo, mientras yo, Carmen, luchaba con el cuchillo y la dichosa salchicha sobre la tabla de cortar.

—¡Un momento, hija!— respondí, pero mi voz temblaba. El cuchillo se había atascado en algo duro, imposible para una salchicha de mortadela del Mercadona. ¿Qué demonios…?

Me incliné, apartando el embutido y, con los dedos temblorosos, saqué un pequeño objeto plateado cubierto de grasa. Un pen drive. Me quedé helada. ¿Cómo había llegado eso ahí? ¿Era una broma? ¿Un error de fábrica? En mi cabeza se arremolinaban mil preguntas mientras Lucía seguía protestando.

—¡Mamá, que voy a perder el bus!—

—¡Toma el zumo y la manzana! El bocadillo… hoy no hay bocadillo— improvisé, intentando sonar natural. Lucía me miró raro, pero salió corriendo, mochila al hombro.

Me quedé sola en la cocina, con el corazón a mil. Miré el pen drive como si fuera una bomba. ¿Y si era algo peligroso? ¿O simplemente una tontería? Recordé a mi madre diciendo: “Curiosidad mató al gato, pero satisfacción lo resucitó”.

No pude evitarlo. Limpié el pen drive con papel de cocina y lo metí en el bolsillo del pantalón. El resto de la mañana fue un sinvivir: mientras tendía la ropa en la terraza, saludaba a la vecina del quinto y respondía mensajes del grupo de WhatsApp de madres del cole, no podía dejar de pensar en el dichoso pen drive.

A mediodía, cuando mi marido Paco llegó del trabajo, intenté actuar normal. Él se sentó a la mesa y empezó a hablarme de su jefe y de los atascos en la M-30, pero yo solo asentía, distraída.

—¿Te pasa algo, Carmen? Estás más rara que un perro verde— me dijo Paco, mirándome de reojo.

—Nada, cosas mías— respondí, evitando su mirada.

Cuando por fin tuve un momento a solas, cerré la puerta del dormitorio y saqué el portátil. Dudé unos segundos antes de conectar el pen drive. El ordenador tardó en reconocerlo y mi corazón latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho.

Dentro solo había un archivo: “NO ABRIR”.

—Venga ya… esto parece una película— susurré.

La tentación era demasiado grande. Hice doble clic. Apareció un vídeo borroso grabado en lo que parecía una fábrica de embutidos. Se veían trabajadores empaquetando salchichas y, de repente, uno de ellos metía algo pequeño y plateado en una de ellas. La cámara giraba y mostraba una nota: “Si encuentras esto, llama al número 654 123 987”.

Me quedé helada. ¿Y si era una trampa? ¿Y si era algo importante? Dudé durante horas. Al final, la curiosidad pudo conmigo. Llamé al número.

—¿Sí?— contestó una voz nerviosa.

—He encontrado… algo en una salchicha— dije bajito.

Silencio al otro lado.

—¿Dónde está usted? ¿Está sola?— preguntó la voz.

—Sí… bueno, no exactamente. Estoy en casa con mi familia.—

—Por favor, no le diga nada a nadie. Ese pen drive contiene pruebas de que están metiendo carne caducada en las salchichas. Yo trabajaba allí y lo escondí para que alguien lo encontrara.—

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Pensé en todas las veces que había comprado esa marca para mis hijos.

—¿Y ahora qué hago?— pregunté.

—Llévelo a la policía. No confíe en nadie más.—

Colgué y me senté en la cama, temblando. Miré por la ventana: la vida seguía igual en mi barrio madrileño; los niños jugaban al fútbol en la plaza y las vecinas charlaban apoyadas en los balcones. Pero para mí todo había cambiado.

Esa noche apenas dormí. Al día siguiente fui a comisaría con Paco. Contamos todo y entregamos el pen drive. Los policías nos miraron como si estuviéramos locos, pero tomaron nota.

Ahora cada vez que paso por la sección de embutidos del supermercado me entra un escalofrío. ¿Cuántas cosas pasan desapercibidas en nuestra rutina diaria? ¿Cuántos secretos se esconden tras lo cotidiano?

A veces me pregunto: ¿Habría hecho lo mismo cualquier otra persona? ¿O simplemente habría tirado la salchicha a la basura sin mirar atrás?