El silencio de la piedra: El misterio del monumento de mi hijo

—¡No puede ser! —grité, con la voz rota, al ver el hueco vacío donde hasta ayer se alzaba el mármol blanco con el nombre de mi hijo, Daniel. El rocío de la mañana apenas disimulaba las huellas frescas en la tierra removida. Me arrodillé, temblando, y sentí cómo el frío del suelo se me metía en los huesos, igual que el dolor que nunca me ha abandonado desde aquel accidente absurdo en la carretera de Segovia.

Recuerdo cada euro que ahorré limpiando casas ajenas, cada noche sin dormir pensando en cómo honrar su memoria. El monumento era mi promesa: que nadie olvidaría a Daniel. Pero ahora, ni siquiera su nombre quedaba en el cementerio del pueblo. Solo un vacío, como el que me dejó su ausencia.

Corrí a casa de mi hermana, Carmen, con el corazón desbocado. —¡Han robado el monumento de Dani! —le solté nada más abrirme la puerta. Ella me abrazó fuerte, pero enseguida noté su cuerpo rígido, como si supiera algo que yo no.

—Mamá, ¿qué pasa? —preguntó mi hija Lucía desde el pasillo, con los ojos aún hinchados de dormir. No quise preocuparla más; bastante tenía ya con crecer sin su hermano mayor.

El rumor corrió como pólvora por el pueblo. En la panadería, en la plaza, en la cola del ambulatorio: todos murmuraban sobre la desaparición del monumento. Algunos decían que era obra de vándalos de fuera; otros, que había sido cosa de los gitanos que acampaban cerca del río. Pero yo conocía a todos en este pueblo. Aquí nada ocurre sin que alguien lo vea o lo escuche.

Esa noche apenas dormí. Me senté en la cocina, mirando la foto de Daniel con su sonrisa traviesa y sus ojos claros. Recordé su último cumpleaños, cuando sopló las velas pidiendo un deseo que nunca me quiso contar. ¿Sería feliz ahora, dondequiera que estuviera?

Al día siguiente fui al ayuntamiento. El alcalde, don Manuel, me recibió con gesto grave.

—María, lo siento mucho. Ya hemos avisado a la Guardia Civil, pero…

—Pero nada —le interrumpí—. Ese monumento no se ha ido solo. Alguien lo ha quitado y quiero saber quién.

Me miró con lástima y bajó la voz:

—Hay cosas que es mejor no remover, María.

Salí de allí con más preguntas que respuestas. Decidí hablar con Paco, el sepulturero. Siempre fue amigo de Daniel y le tenía cariño.

—María —me dijo en voz baja, mirando a ambos lados—, yo vi algo raro anoche. Un coche negro parado junto al cementerio. No era del pueblo…

—¿Y no avisaste?

—No quise meterme en líos —susurró—. Aquí hay gente con mucho poder…

Sentí rabia e impotencia. ¿Quién podría querer hacerme tanto daño? ¿Por qué? Empecé a sospechar de todos: del alcalde, de los vecinos nuevos que nunca saludan, incluso de Carmen, que últimamente evitaba mirarme a los ojos.

Esa tarde encontré a Lucía llorando en su cuarto.

—¿Qué te pasa, hija?

—He oído a tía Carmen hablar por teléfono… Decía que todo esto era culpa nuestra.

Mi mundo se tambaleó. Fui a buscar a Carmen y la enfrenté:

—¿Qué has hecho?

Ella rompió a llorar.

—No quería… Me amenazaron. Dijeron que si no quitábamos el monumento iban a hacerle daño a Lucía…

Me quedé helada. Carmen confesó entre sollozos que había recibido llamadas anónimas desde hacía semanas. Alguien quería borrar el recuerdo de Daniel del pueblo. Alguien con miedo a que saliera a la luz lo que ocurrió aquella noche fatídica.

Recordé entonces los rumores sobre el accidente: que Daniel no iba solo en el coche; que alguien más estaba implicado y nunca se supo quién porque el caso se cerró deprisa. ¿Sería posible?

Decidí ir al cuartel de la Guardia Civil y exigir que reabrieran la investigación. Esta vez no me callaría. No permitiría que el miedo ni las amenazas borraran la memoria de mi hijo.

Los días siguientes fueron un torbellino: interrogatorios, miradas esquivas en las calles, llamadas nocturnas llenas de amenazas veladas. Pero también recibí apoyo inesperado: vecinas que me abrazaban en silencio; Paco trayéndome flores para la tumba vacía; Lucía cogiendo mi mano cada noche para no dejarme caer.

Finalmente, una tarde gris, recibí una llamada del sargento Morales:

—Hemos encontrado el monumento en una finca abandonada fuera del pueblo… Y algo más: restos de pintura negra y huellas de un todoterreno propiedad de…

El nombre me heló la sangre: don Manuel, el alcalde.

La verdad salió a la luz: aquella noche del accidente, Daniel iba acompañado por el hijo del alcalde. Ambos habían bebido y fue este último quien conducía cuando se salieron de la carretera. Don Manuel usó su influencia para encubrirlo todo y proteger a su familia. Cuando empecé a remover el pasado con el monumento, decidió borrar cualquier rastro antes de que alguien preguntara demasiado.

El pueblo entero se dividió: algunos defendían al alcalde por todo lo que había hecho por ellos; otros me apoyaron y exigieron justicia para Daniel. La Guardia Civil detuvo al hijo del alcalde y don Manuel dimitió entre abucheos y gritos en la plaza.

Recuperé el monumento y lo coloqué de nuevo sobre la tumba de mi hijo. Esta vez no solo era un símbolo de amor materno sino también de lucha por la verdad.

Ahora paseo cada tarde por el cementerio y hablo con Daniel como siempre hice:

—¿Ves, hijo? No pudieron borrarte ni callarme. ¿Cuántas madres más tendrán que luchar así para que se haga justicia? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que el miedo mande sobre nuestros recuerdos?