El secreto bajo el velo: una boda en Sevilla y una huida inesperada

—Hazlo caer. Ahora.

La voz de Lucía, mi hermana, me heló la sangre justo cuando levantaba el cuchillo para cortar la tarta nupcial. Sentí su abrazo repentino, apretado, y su aliento tembloroso en mi oído. Miré a Lucía, después a Javier, mi futuro marido, que sonreía con esa sonrisa suya tan perfecta, tan falsa. El salón del cortijo sevillano estaba lleno de familiares y amigos, todos expectantes, móviles en alto, esperando la foto perfecta para el grupo de WhatsApp.

—¿Pero qué dices? —susurré, sin atreverme a apartar la vista del pastel de tres pisos, decorado con flores de azúcar y la bandera del Betis, porque Javier no podía vivir sin su fútbol ni siquiera en el día de nuestra boda.

—Hazlo ya, por favor —insistió Lucía, con los ojos vidriosos—. No tienes ni idea de lo que te espera esta noche.

No pensé. Solo actué. Con un movimiento brusco, empujé el carrito y la tarta se desplomó sobre el suelo de mármol con un estrépito que hizo callar a todos. Los invitados gritaron, mi madre se llevó las manos a la cabeza y Javier soltó un juramento que no había oído nunca salir de su boca.

En medio del caos, Lucía me agarró del brazo y me arrastró hacia la puerta lateral del salón. —Corre —me ordenó entre dientes—. ¡Corre como si te fuera la vida en ello!

Salimos al patio andaluz, donde el olor a azahar y jazmín contrastaba con el sudor frío que me recorría la espalda. Oí los tacones de mi madre detrás de nosotras y los gritos de mi tía Carmen: “¡Pero qué estáis haciendo! ¡Que esto es una boda, por Dios!”

Lucía no paró hasta llegar al aparcamiento. Me empujó dentro del viejo Seat Ibiza de papá y arrancó sin mirar atrás. El vestido de novia se me enganchaba en los pedales y las lágrimas me nublaban la vista.

—¿Qué demonios pasa? —grité—. ¿Por qué has hecho esto?

Lucía tragó saliva y miró por el retrovisor como si esperara ver a Javier persiguiéndonos.—No podía dejarte casarte con él. Anoche escuché a Javier hablando con su primo en el patio. Decía que esta boda era solo un trámite para quedarse con la casa de los abuelos y que después… después pensaba mandarte a vivir con su madre a Dos Hermanas. Que tú no ibas a pintar más ni a perder el tiempo con tus cuadros.

Sentí un nudo en el estómago. Toda mi vida había soñado con exponer mis cuadros en alguna galería de Sevilla, aunque solo fuera para que los vieran mis amigas del instituto. Javier siempre decía que era una tontería, que eso no daba de comer.

—¿Y tú cómo lo sabes? —pregunté, temblando.

—Porque lo oí todo —repitió Lucía—. Y porque mamá también lo sabía. Por eso estaba tan rara estos días.

El coche avanzaba por las calles estrechas del barrio de Triana mientras yo intentaba asimilarlo todo. Recordé las veces que Javier había hecho comentarios sobre mi familia, sobre cómo “en Andalucía las mujeres son demasiado independientes” y cómo él prefería “una esposa tradicional”.

—¿Y ahora qué hago? —sollozaba—. ¿Dónde vamos?

Lucía aparcó junto al río Guadalquivir y me abrazó fuerte.—Ahora eres libre, hermana. Haz lo que quieras. Pinta, viaja, vive… pero no vuelvas con alguien que no te respeta.

El móvil no paraba de sonar: llamadas perdidas de Javier, mensajes de voz de mi madre (“¡Vuelve ya! ¡Esto es una vergüenza!”), audios interminables del grupo familiar llenos de reproches y chismes.

Me quité el velo y lo lancé al agua. Sentí una mezcla de alivio y miedo. La ciudad seguía viva a nuestro alrededor: los turistas paseando por la Torre del Oro, los niños jugando al fútbol en la plaza, las vecinas asomadas al balcón comentando el escándalo.

—¿Y si me he equivocado? —pregunté en voz baja.

Lucía sonrió.—Más vale equivocarse por ser valiente que vivir toda la vida arrepintiéndose por miedo.

Esa noche dormimos juntas en casa de nuestra abuela, rodeadas de fotos antiguas y olor a puchero. Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía respirar.

Ahora, mientras miro mis pinceles y lienzos esperando una nueva historia que pintar, me pregunto: ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por lo que esperan los demás? ¿Y si hoy fuera el primer día del resto de mi vida?