¿Soy ingrata o simplemente estoy cansada? Mi vida a la sombra de mi suegra y mi cuñada

—¿Otra vez le has dado a Lucía el mejor trozo de tarta, mamá? —preguntó mi marido, Sergio, con una voz que intentaba sonar casual, pero que temblaba de rabia contenida.

Yo, sentada al otro extremo de la mesa, fingía mirar el móvil mientras sentía cómo se me encogía el estómago. Era el cumpleaños de mi suegra, Carmen, y como cada año, la escena se repetía: Lucía, mi cuñada, recibía un regalo envuelto con esmero —este año, un bolso de piel carísimo— y yo, una bufanda de mercadillo que aún olía a plástico. Mi marido y yo nos miramos de reojo, compartiendo ese silencio espeso que solo entienden los que han aprendido a callar para no hacer daño.

No siempre fue así. Cuando Sergio y yo empezamos a salir, Carmen me trataba con cierta cordialidad. Pero todo cambió cuando Lucía entró en la familia. Ella era la esposa del hermano menor de Sergio, Daniel: simpática, extrovertida y, sobre todo, la favorita indiscutible de mi suegra. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabíamos. Lucía podía llegar tarde a las comidas familiares, olvidarse de traer el postre o incluso discutir con Daniel en mitad del salón; Carmen siempre encontraba una excusa para justificarla.

En cambio, yo… Yo era la nuera correcta, la que nunca levantaba la voz ni se olvidaba de felicitar en los santos. Pero mis detalles pasaban desapercibidos. Cuando llevé una tarta casera para Navidad, Carmen la dejó en la cocina y sirvió el roscón comprado por Lucía. Cuando le propuse ayudar con la compra semanal, me dijo que no hacía falta, que Lucía ya se encargaba —aunque luego era Sergio quien iba al supermercado.

La gota que colmó el vaso llegó hace dos meses. Sergio y yo llevábamos años ahorrando para cambiar el coche. Un día, durante una comida familiar, Carmen anunció con orgullo que le había prestado dinero a Lucía y Daniel para que se compraran un coche nuevo. «Se lo merecen, han trabajado mucho este año», dijo mirándome de reojo. Sentí cómo se me helaba la sangre. Sergio apretó mi mano bajo la mesa, pero no dijo nada.

Esa noche, en casa, exploté:
—¿Por qué nunca dice nada? ¿Por qué siempre es Lucía la que recibe todo? ¿Es que no existimos para tu madre?

Sergio me abrazó en silencio. Sabía que él también sufría, pero su lealtad hacia su madre le impedía enfrentarse a ella.

Desde entonces, cada comida familiar es una prueba de resistencia. Sonrío cuando Carmen me pregunta por mi trabajo —sin escuchar realmente la respuesta— y finjo interés cuando Lucía presume de sus nuevos zapatos o del viaje a la Costa Brava que «mamá» le ha regalado por su aniversario.

El domingo pasado fue especialmente duro. Carmen organizó una comida para celebrar el ascenso de Lucía en su empresa. Había globos, una tarta enorme y hasta un brindis improvisado. Cuando llegó mi turno de hablar, solo pude decir:
—Enhorabuena, Lucía. Te lo mereces.

Pero por dentro sentía que me rompía en mil pedazos. Nadie celebró cuando conseguí mi plaza fija como profesora en el instituto del barrio. Nadie me preguntó cómo me sentía tras meses de oposiciones y noches sin dormir.

Esa noche, mientras recogíamos los platos en silencio, Sergio me miró con tristeza:
—No sé qué hacer, Laura. Si le digo algo a mamá, se va a enfadar y todo será peor.

—¿Y si seguimos callando? —pregunté—. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar esta situación?

No tenía respuesta.

A veces pienso que soy ingrata. Que debería conformarme con lo que tengo: una familia sana, un trabajo estable y un marido que me quiere. Pero otras veces siento que ya no puedo más. Que vivir siempre a la sombra de Lucía me está robando la alegría.

Hace unos días, Carmen vino a casa sin avisar. Traía una bolsa con ropa vieja «por si te sirve para limpiar». Me mordí la lengua para no gritarle que yo también merezco respeto. Que no soy menos por no ser su favorita.

Esa noche lloré hasta quedarme dormida.

Hoy he decidido escribir esta historia porque necesito desahogarme. Porque sé que no soy la única que vive esta situación en España: familias divididas por favoritismos silenciosos, nueras invisibles y suegras incapaces de ver más allá de sus propias preferencias.

¿Debería seguir callando para no romper la familia? ¿O ha llegado el momento de decirle a Carmen todo lo que llevo años guardando? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?