La lluvia que nunca cesa: una historia de duelo y renacimiento en Madrid
—¡Mamá, otra vez te has quedado mirando por la ventana! —La voz de Lucía me sacude como un trueno en mitad de la tormenta. No sé cuánto tiempo llevo observando la lluvia golpear los cristales del salón, pero su tono mezcla preocupación y ese punto de impaciencia adolescente que tanto me recuerda a Javier.
—Perdona, hija. Es que… hoy llueve igual que aquel día —respondo, intentando que no se me quiebre la voz. Lucía se acerca y me abraza por la espalda. Huele a colonia fresca y a pan tostado, como cada mañana antes de ir al instituto.
Cinco años han pasado desde que Javier resbaló en las escaleras del portal, justo cuando volvía del trastero con las bolsas de la compra. El suelo estaba empapado, Madrid entero parecía llorar aquel día. El apagón había dejado el edificio a oscuras y yo, desde la cocina, escuché el golpe seco y el grito ahogado del vecino. Corrí escaleras abajo, pero ya era tarde. A veces pienso que si hubiera salido antes, si no hubiera estado peleando con la dichosa cafetera… Pero no sirve de nada darle vueltas.
La familia de Javier nunca me lo ha dicho abiertamente, pero noto en sus miradas una mezcla de compasión y reproche cada vez que nos vemos en las comidas familiares. Mi suegra, Carmen, siempre trae croquetas y empanadillas caseras, como si el sabor de su cocina pudiera tapar el vacío que dejó su hijo. Yo hago lo posible por mantener la compostura, pero hay domingos en los que me ahogo entre el olor a puchero y las risas forzadas.
—¿Vas a venir hoy a comer? —me pregunta Carmen por teléfono una mañana de sábado—. He hecho tu tortilla favorita.
—No sé si Lucía tiene deberes… —respondo, buscando una excusa que no suene demasiado evidente.
—Ay, hija, no te encierres en casa. Vente un rato, que la familia es lo único que nos queda —insiste ella, con esa mezcla de cariño y terquedad tan castiza.
A veces pienso que tiene razón. Otras, solo quiero quedarme en casa, ponerme una serie tonta y dejar que la lluvia limpie mis pensamientos. Pero Lucía necesita a su abuela tanto como yo necesito sentirme parte de algo más grande que mi propio dolor.
En el barrio todos conocen mi historia. La portera siempre me pregunta cómo estoy y los vecinos me ofrecen ayuda cada vez que ven que se me cae una bolsa o se me olvida el paraguas. Madrid puede ser una ciudad fría, pero en mi calle todavía se respira ese aire de pueblo donde todos se cuidan unos a otros.
El trabajo en la librería me salva muchos días. Entre montones de novelas y clientes curiosos, encuentro pequeños momentos de paz. Hay una clienta habitual, Pilar, que siempre me recomienda libros sobre segundas oportunidades. Un día me atrevo a preguntarle:
—¿De verdad crees que se puede volver a empezar?
Ella sonríe y me dice: —Claro que sí, mujer. La vida es como un libro: cuando crees que se ha acabado la historia, aparece un capítulo nuevo.
Lucía también ha cambiado mucho. Al principio lloraba todas las noches y dormía abrazada a la camiseta vieja de su padre. Ahora sale con sus amigas, escucha música a todo volumen y sueña con estudiar medicina. A veces discutimos por tonterías —que si no recoge su cuarto, que si llega tarde— pero luego nos reímos juntas viendo programas de cocina o paseando por el Retiro los domingos.
La primera Navidad sin Javier fue un infierno. No podía soportar ver la mesa puesta para tres y escuchar los villancicos que tanto le gustaban. Pero poco a poco hemos ido creando nuevas tradiciones: ahora preparamos churros caseros el día de Reyes y decoramos el árbol con fotos antiguas y mensajes escritos a mano.
Hoy llueve otra vez en Madrid. Miro por la ventana y veo cómo las gotas resbalan por el cristal, igual que aquel día. Pero esta vez no siento solo tristeza; también hay un atisbo de esperanza. Quizá nunca deje de dolerme su ausencia, pero he aprendido a convivir con ella. Como dice Pilar, cada día es una página nueva.
Me pregunto si algún día podré volver a amar sin miedo o si este vacío se convertirá en parte de mí para siempre. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede aprender a vivir con el dolor sin dejar de buscar la felicidad?