El día que heredé las mantas de mi madre

—¿Y ahora qué hacemos con todo esto? —preguntó Carmen, mi hermana mayor, mientras abría el armario de la habitación de mamá. El olor a colonia Nenuco y a lavanda flotaba en el aire, mezclado con ese silencio denso que sólo se siente cuando falta alguien para siempre.

Yo no podía dejar de mirar las manos de Carmen, temblorosas, mientras apartaba camisas y faldas de lana. Mi hermano Luis, siempre tan práctico, ya había empezado a hacer montones: «Para donar», «Para tirar», «Para quedarnos». Todo parecía tan frío, tan mecánico. ¿Así se desmantela una vida?

De repente, Carmen sacó tres mantas idénticas, de esas de cuadros gruesos y colores apagados que mi madre siempre sacaba cuando venía el frío. Las tenía perfectamente dobladas, como si esperara que alguien las necesitara esa misma tarde. Luis soltó una carcajada amarga:

—¿Quién quiere estas reliquias? Si ya ni abrigan…

—Yo no las quiero —dijo Carmen enseguida—. Bastante tengo con la colcha de ganchillo que me endosó la abuela.

Me quedé mirando las mantas. Recordé los inviernos en el pueblo, cuando mamá nos tapaba hasta la barbilla mientras afuera caía la helada. Recordé sus manos ásperas y cálidas, el olor a sopa de ajo y a leña quemada. Sentí un nudo en la garganta.

—Me las llevo yo —dije casi en un susurro.

Luis me miró como si estuviera loca.

—¿Para qué quieres eso? Si tienes calefacción en casa…

No supe qué contestar. Sólo sabía que no podía dejar que esas mantas acabaran en la basura o en manos de desconocidos. Era como si al llevármelas pudiera retener un trocito de mi madre conmigo.

Esa noche, ya en mi piso de Madrid, extendí una de las mantas sobre mi cama. Me tumbé encima y sentí el peso suave y familiar sobre los hombros. Lloré en silencio, como hacía años que no lloraba. Pensé en lo poco que hablamos últimamente en la familia, en cómo cada uno va a lo suyo desde que papá murió. Pensé en las veces que discutimos por tonterías: por quién pone la mesa en Nochebuena, por quién cuida a mamá cuando está mala, por quién se lleva el último trozo de tarta.

Pasaron los días y las mantas quedaron apiladas en una silla del salón. Una tarde vino mi hija Lucía a casa. Tenía frío y le ofrecí una de las mantas. Se acurrucó en el sofá y me miró sonriendo:

—Huele a abuela —dijo.

Sentí una punzada de emoción. Me di cuenta de que esas mantas eran mucho más que trozos de lana vieja: eran historias tejidas a mano, recuerdos compartidos, calor de hogar. Eran la herencia invisible que mi madre nos dejaba, aunque mis hermanos no lo vieran así.

Un domingo invité a Carmen y Luis a comer. Hacía meses que no nos reuníamos los tres sin prisas ni excusas. Preparé cocido madrileño, como hacía mamá los días fríos. Cuando llegaron, les tendí una manta a cada uno.

—No las quería tirar —les expliqué—. Pensé que igual os apetecía tenerlas cerca alguna vez.

Carmen la abrazó sin decir nada. Luis fingió indiferencia, pero vi cómo se le humedecían los ojos cuando se tapó las piernas.

Comimos juntos, hablamos de mamá, reímos y lloramos un poco también. Por primera vez en mucho tiempo sentí que estábamos juntos de verdad, no sólo por compromiso o costumbre.

Ahora las mantas están repartidas entre nuestras casas. Cada vez que me envuelvo en la mía pienso en todo lo que no supe decirle a mi madre y en todo lo que aún puedo decirle a mis hermanos.

A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto valorar lo pequeño hasta que lo perdemos? ¿Cuántos recuerdos caben en una simple manta?