Lo que el corazón calla: Una tarde en Lavapiés

—¿Otra vez vas a salir, Javier? —La voz de Lucía, apenas un susurro, se filtró desde el salón.

Me detuve en seco, con la mano en la puerta. El olor a café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el leve aroma a colonia de lavanda que siempre usaba Lucía antes del accidente. Miré el reloj: las seis y cuarto. Había prometido volver antes de las siete, pero la farmacia cerraba pronto y Lucía necesitaba su medicación.

—Vuelvo enseguida, cariño. Solo bajo a por las pastillas —respondí, intentando sonar animado. Pero por dentro sentía ese nudo en el estómago que me acompañaba desde hacía años, desde aquel día maldito en la carretera de Toledo cuando un coche se saltó el semáforo y nuestra vida cambió para siempre.

Lucía me miró desde su silla de ruedas, sus ojos grandes y oscuros llenos de una mezcla de resignación y tristeza. —No tardes, por favor. Ya sabes que odio estar sola cuando oscurece.

—Lo sé, lo sé —dije, forzando una sonrisa. Cerré la puerta tras de mí y bajé las escaleras del viejo edificio de Lavapiés, con sus paredes desconchadas y ese eco de voces lejanas que siempre me recordaba a mi infancia en Vallecas.

Al llegar a la calle, metí la mano en el bolsillo y maldije en voz baja: me había dejado la cartera en casa. «Bueno, da igual», pensé. «La farmacia me fía, como siempre». Caminé deprisa bajo el cielo plomizo de Madrid, esquivando a los turistas y a los vecinos que charlaban animadamente en las terrazas. El bullicio del barrio contrastaba con el silencio asfixiante de nuestro piso.

Al doblar la esquina, vi a Carmen, la portera cotilla del edificio, hablando con un hombre que no reconocí. Me saludó con ese tono inquisitivo tan suyo:

—¡Javier! ¿Todo bien con Lucía? Hace días que no la veo bajar al patio.

—Sí, sí, todo bien —mentí, apretando el paso. No tenía ganas de dar explicaciones.

La farmacia estaba cerrada por inventario. «¡Mierda!», mascullé. Decidí volver a casa por otra ruta, cruzando la plaza donde los niños jugaban al fútbol y los abuelos discutían sobre política. Fue entonces cuando lo vi: a través del ventanal de una cafetería pequeña y discreta, Lucía estaba sentada junto a un hombre joven, riendo. Su silla de ruedas no estaba a la vista; ella gesticulaba con las manos, como hacía antes del accidente.

Me quedé clavado en la acera, incapaz de respirar. ¿Cómo era posible? ¿Lucía caminando? ¿Lucía riendo con otro hombre? Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Me acerqué despacio, pegado a la pared como un ladrón. Desde fuera podía oír su voz clara y melodiosa:

—No sabes lo difícil que ha sido fingir todo este tiempo…

El hombre le cogió la mano y le sonrió con ternura.

—Ya queda menos, Lucía. Pronto podrás ser libre.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Me aparté antes de que me vieran y caminé sin rumbo durante horas por las calles de Madrid. Recordé cada noche sin dormir, cada baño que le había dado, cada comida que le preparé con esmero mientras ella fingía estar atrapada en su propio cuerpo.

Cuando volví a casa ya era de noche. Lucía estaba en su silla, mirando por la ventana como si nada hubiera pasado.

—¿Has tardado mucho? —preguntó con voz suave.

No respondí. Me senté frente a ella y la miré largo rato. Quise gritarle, exigirle una explicación, pero solo pude susurrar:

—¿Por qué?

Ella bajó la mirada y una lágrima silenciosa rodó por su mejilla.

Ahora me pregunto: ¿Cuánto conocemos realmente a quienes amamos? ¿Hasta dónde puede llegar el engaño cuando el miedo y la soledad se apoderan del corazón?