Gemelos bajo el sol de Sevilla: El día que mi suegra cerró la puerta

—¡Mamá, por favor, abre la puerta!— gritaba yo, con la voz quebrada y las manos temblorosas, mientras sentía otra contracción que me doblaba en dos. El sudor me corría por la frente y el calor sevillano del mediodía hacía que el aire pareciera fuego. Mi suegra, Carmen, estaba al otro lado de la puerta, con su bata de flores y ese gesto serio que siempre me ponía nerviosa.

—Sara, no exageres. Eso serán dolores de barriga. Ya te dije que no salgas tanto al patio con este calor— respondió ella, sin moverse un centímetro.

Intenté respirar hondo, pero el miedo me apretaba el pecho. Andrés, mi marido, había salido a comprar pan y algo de fruta al mercado de Triana. No podía llamarle; había dejado el móvil en la cocina y yo estaba atrapada en el recibidor. Los gemelos se movían dentro de mí como si también quisieran salir corriendo.

—Carmen, por favor, que creo que estoy de parto… ¡Son contracciones cada cinco minutos!— supliqué, casi llorando.

Ella suspiró fuerte, como si le molestara mi insistencia. —Ay, hija, en mis tiempos las mujeres paríamos en casa y no armábamos tanto jaleo. Espera a que llegue Andrés y ya veremos.

No podía creerlo. ¿Cómo podía ser tan fría? Recordé todas las veces que me había dicho que no estaba preparada para ser madre, que los niños necesitaban una familia «de verdad» y no una madre «tan moderna» como yo. Me sentí sola, pequeña y furiosa.

El reloj marcaba las doce y media cuando escuché la llave girar. Andrés entró corriendo, con la bolsa del pan casi rota y la cara desencajada al verme apoyada contra la pared.

—¿Qué pasa?— preguntó, dejando todo en el suelo.

—¡Las contracciones! ¡No me deja salir!— solté entre lágrimas.

Andrés miró a su madre con incredulidad. —¡Mamá! ¿Pero qué haces? ¡Abre la puerta ya!

Carmen se encogió de hombros. —No quiero líos en mi casa. Si pasa algo, luego todos me miran a mí.

Andrés no lo dudó: cogió las llaves de repuesto y abrió él mismo. Me ayudó a bajar las escaleras mientras Carmen murmuraba algo sobre «las mujeres de ahora» y «el teatro».

El taxi tardó una eternidad en llegar. El conductor, un hombre mayor con acento gaditano, intentó tranquilizarnos con chistes malos sobre gemelos y fútbol. Yo apenas podía escucharle; solo sentía miedo y dolor.

En el hospital Virgen del Rocío todo fue un torbellino: batas blancas, luces frías, enfermeras corriendo. Me pusieron una vía y escuché a una doctora decir: —Hay que prepararla para cesárea urgente. Los bebés están sufriendo.

Andrés no se despegó de mi lado ni un segundo. Me apretaba la mano y me decía al oído: —Todo va a salir bien, Sara. Estoy aquí.

Las horas siguientes fueron un borrón: quirófano, luces cegadoras, voces lejanas… hasta que escuché dos llantos a la vez. Lloré yo también, de alivio y miedo mezclados.

Cuando desperté en la habitación, Andrés estaba sentado junto a mí con los ojos rojos de tanto llorar. —Son preciosos, Sara. Dos campeones— me susurró.

Al rato apareció Carmen con un ramo de claveles rojos y una expresión extraña en la cara. Se quedó parada en la puerta sin atreverse a entrar del todo.

—¿Puedo verlos?— preguntó bajito.

Yo asentí, aún dolida pero demasiado cansada para discutir. Carmen se acercó a las cunas y miró a los bebés como si viera un milagro. Se le humedecieron los ojos y por primera vez desde que la conocía me pareció vulnerable.

—Perdona, hija… Me asusté. No quería que pasara nada malo aquí…— murmuró.

No supe qué decirle. Solo sentí que algo había cambiado entre nosotras para siempre.

Ahora, meses después, veo a Carmen jugando con mis hijos en el parque y me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda o mostrar miedo? ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo nos aleje justo cuando más necesitamos estar cerca?