Cuando el pasado llama a la puerta: la vuelta de Lucía y Andrés
—¿Por qué ahora? —me pregunté, apretando los nudillos contra la mesa de la cocina mientras escuchaba el timbre sonar una y otra vez. El reloj marcaba las seis y media de la tarde, esa hora en la que el sol de Madrid empieza a caer y las sombras se alargan por el pasillo. Mi hijo, Mateo, jugaba en el salón con sus piezas de Lego, ajeno al huracán que se avecinaba.
—Mamá, ¿quién llama? —gritó desde el suelo, su voz dulce y confiada.
No respondí. El corazón me latía tan fuerte que temí que se me saliera del pecho. Me limpié las manos en el delantal y fui hacia la puerta. Al otro lado, dos figuras conocidas, pero casi fantasmas: Lucía, mi hermana menor, y Andrés, mi exmarido. Veinte años sin verlos, veinte años de silencio y heridas abiertas.
Lucía llevaba el pelo recogido en una coleta desordenada, los ojos hinchados como si no hubiera dormido en días. Andrés había envejecido mal; la barba canosa y el gesto cansado le hacían parecer un desconocido. Pero lo peor era esa mezcla de vergüenza y esperanza en sus miradas.
—Hola, Ana —dijo Lucía, apenas un susurro.
—¿Qué hacéis aquí? —Mi voz salió más fría de lo que pretendía.
Andrés tragó saliva.—Venimos a ver a Mateo. Queremos hablar contigo…
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Ahora? ¿Después de todo este tiempo? Recordé aquella noche en la que desaparecieron sin dejar rastro, llevándose consigo mi confianza y dejando a Mateo, entonces un bebé con parálisis cerebral, bajo mi cuidado. Yo tenía veintiocho años y Lucía veintitrés. Éramos huérfanas desde niñas; solo nos teníamos la una a la otra. O eso creía.
—¿Hablar? ¿Después de veinte años? —repetí, conteniendo las lágrimas.—¿Sabéis lo que ha sido criar sola a vuestro hijo? ¿Sabéis lo que es ver cómo pregunta por vosotros cada cumpleaños?
Lucía bajó la mirada.—Lo siento, Ana. No hay día que no me arrepienta…
Andrés intentó acercarse.—Hemos cambiado. Queremos conocerle, estar con él…
Me reí amargamente.—¿Ahora queréis ser padres? ¿Ahora que Mateo es un joven fuerte y feliz? ¿Dónde estabais cuando necesitaba fisioterapia, cuando pasaba noches enteras con fiebre o cuando lloraba porque no entendía por qué sus padres no estaban?
El silencio se hizo espeso. Por la ventana entraba el aroma de los guisos del vecino; era jueves y en el barrio siempre olía a cocido madrileño. Pensé en todas esas tardes en las que me sentía sola, pero también en las risas de Mateo, en los abrazos de mis amigas del barrio, en las fiestas de San Isidro bailando chotis con él en su silla adaptada.
—No podéis venir aquí como si nada —dije al fin.—Mateo es mi hijo. Yo le he criado. Vosotros le abandonasteis.
Lucía rompió a llorar.—Ana, yo era joven y cobarde. Me dejé llevar por Andrés… Pensé que él me quería de verdad, pero solo huíamos de nuestros miedos. No hay excusa.
Andrés asintió.—Sé que no merecemos perdón. Pero hemos vuelto para intentarlo…
Mateo apareció en el pasillo, arrastrando su pierna derecha con esfuerzo.—Mamá, ¿quiénes son?
Me agaché junto a él.—Son… viejos conocidos, cariño.
Lucía se tapó la boca para ahogar un sollozo. Andrés se arrodilló.—Mateo… soy tu padre.
Mateo le miró con curiosidad.—¿Papá? Mamá dice que mi papá está lejos.
Sentí una punzada en el pecho. Había evitado hablarle mal de ellos; preferí que creciera sin rencor. Ahora me preguntaba si había hecho bien.
—Mateo —dije suavemente—, ellos quieren conocerte. Pero tú decides si quieres hablar con ellos.
Mateo me miró con esos ojos grandes y sinceros.—¿Tú te quedarás conmigo?
Le abracé fuerte.—Siempre.
Lucía se acercó despacio.—Mateo… soy tu tía Lucía. Te he echado mucho de menos.
Mateo sonrió tímidamente.—¿Sabes jugar al parchís?
Lucía rompió a reír entre lágrimas.—Claro que sí.
Les dejé entrar al salón. Mientras jugaban, observé cómo Mateo les miraba sin miedo ni rencor. Sentí una mezcla de orgullo y tristeza: él era capaz de perdonar lo que yo aún no podía.
Esa noche, mientras recogía los platos y escuchaba las risas desde el salón, me pregunté: ¿Es posible reconstruir una familia después de tanto dolor? ¿O hay heridas que nunca cierran del todo? ¿Vosotros qué haríais si el pasado llamara a vuestra puerta?