La noche en que recé por mi nieta: una historia de fe y familia

—Abuela, ¿por qué me siento tan sola si estoy rodeada de todos?—. La voz de Lucía, mi nieta de dieciséis años, temblaba como una hoja en pleno vendaval. Era una noche fría de noviembre en Madrid, y la lluvia golpeaba los cristales del salón con una insistencia casi cruel. Yo estaba sentada en el sofá, tejiendo una bufanda para mi marido, cuando Lucía entró, con los ojos rojos y el alma hecha jirones.

No supe qué decirle. ¿Cómo consuelas a alguien que siente un vacío tan grande? Mi hija Carmen, su madre, estaba en la cocina, fingiendo que preparaba la cena, pero yo sabía que escuchaba cada palabra. En nuestra familia nunca fuimos dados a hablar de emociones. Mi marido Antonio siempre decía: “Aquí se viene llorado de casa”. Pero esa noche, las lágrimas de Lucía rompieron todos los muros.

—Lucía, cariño, ven aquí—le dije, abriendo los brazos. Se acurrucó a mi lado como cuando era niña. Sentí su corazón galopar contra mi pecho. No podía dejarla sola en ese abismo.

—No entiendo por qué me pasa esto. En el instituto todos parecen felices. Yo… yo solo quiero desaparecer—susurró.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Recordé a mi hermano Pablo, que también luchó contra la tristeza cuando era joven y a quien nunca supimos ayudar. No podía permitir que la historia se repitiera.

—¿Has hablado con tu madre?—pregunté con suavidad.

Lucía negó con la cabeza. Carmen apareció en la puerta, con las manos temblorosas y los ojos llenos de miedo.

—Mamá, no sé qué hacer. No sé cómo ayudarla—me confesó Carmen, casi en un susurro.

En ese momento sentí una impotencia tan grande que solo pude hacer lo que siempre me sostuvo en los peores momentos: rezar. Cerré los ojos y, sin importarme que me escucharan, murmuré una oración: “Señor, dame fuerzas para sostener a mi familia. No permitas que Lucía se pierda en la tristeza”.

El silencio se hizo espeso. Antonio entró al salón y nos miró a las tres, desconcertado. Él nunca fue hombre de rezos ni de palabras dulces, pero esa noche se sentó a nuestro lado y puso su mano sobre el hombro de Lucía.

—No tienes que cargar con esto sola, hija—le dijo a Carmen. Y luego, mirando a Lucía:—Y tú tampoco. Aquí estamos todos juntos.

Esa noche fue larga. Nadie cenó. Nos quedamos los cuatro en el salón, hablando poco pero abrazándonos mucho. Cuando Lucía se fue a dormir, Carmen rompió a llorar en mis brazos.

—¿Y si no podemos ayudarla? ¿Y si esto va a peor?—me preguntó entre sollozos.

No tenía respuestas. Solo tenía mi fe y el recuerdo de tantas noches rezando por mis hijos cuando eran pequeños y estaban enfermos o asustados. Así que le propuse a Carmen algo que nunca antes habíamos hecho juntas: rezar por Lucía.

Nos arrodillamos junto al sofá y pedimos fuerza, claridad y esperanza. No fue una oración perfecta ni bonita; fue un grito desesperado al cielo desde dos madres asustadas.

Al día siguiente llamamos al centro de salud mental del barrio de Chamberí. Nos dieron cita para la semana siguiente. Mientras tanto, cada noche rezábamos juntas por Lucía. No era magia; los problemas no desaparecieron de un día para otro. Pero algo cambió en casa: dejamos de fingir que todo iba bien y empezamos a hablar de verdad.

Lucía empezó terapia con una psicóloga llamada Beatriz. Al principio no quería ir, pero poco a poco fue abriéndose. Un día llegó del instituto y me dijo:

—Abuela, hoy he contado en clase cómo me siento. No soy la única que está triste.

Sentí un alivio tan grande que me temblaron las piernas. Comprendí entonces que la fe no es solo rezar para que todo se arregle; es tener el valor de pedir ayuda y sostenerse unos a otros cuando parece que todo se desmorona.

Hoy Lucía sigue luchando con sus emociones, pero ya no está sola. En casa hablamos más, reímos más y lloramos juntos cuando hace falta. Mi marido incluso ha aprendido a escuchar sin juzgar, y Carmen ha dejado de sentirse culpable por no tener todas las respuestas.

A veces me pregunto qué habría pasado si aquella noche no hubiera rezado, si no hubiéramos roto el silencio familiar para enfrentarnos juntas al dolor. ¿Cuántas familias españolas sufren en silencio por miedo o vergüenza? ¿Cuántos abuelos sienten esa impotencia ante el sufrimiento de sus nietos?

Quizá nunca tengamos todas las respuestas, pero hoy sé que la fe —sea en Dios, en la familia o en la esperanza— puede ser el primer paso para salir del túnel.

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez esa impotencia ante el dolor de un ser querido? ¿Creéis que hablar y rezar pueden realmente cambiar algo?