Viviendo en Casa Ajena: Cuando Deciden por Mí

—No es justo, mamá. ¿Por qué tengo que irme yo? —grité, con la voz quebrada y las manos temblorosas, mientras veía cómo mi hermana Lucía evitaba mirarme, clavando los ojos en el suelo de baldosas frías.

Mi madre, Teresa, suspiró profundamente y se cruzó de brazos. —Ya lo hablamos con tu abuela. Ella está sola desde que el abuelo murió y necesita compañía. Además, aquí ya no hay espacio para todos. Lucía está por tener su bebé y necesita tranquilidad.

Sentí que el mundo se me venía encima. Mi cuarto, mis cosas, mi rutina… todo decidido en una conversación en la que yo no fui invitada. ¿Acaso mi vida era una ficha más en el tablero de sus prioridades?

Crecí en un barrio popular de Buenos Aires, donde las paredes escuchan más de lo que deberían y los secretos duran poco. Mi familia siempre fue un torbellino: mamá trabajando doble turno en el hospital, Lucía soñando con ser enfermera pero quedando embarazada a los diecisiete, y yo… yo tratando de encontrar mi lugar entre sus expectativas y mis propios sueños.

Esa tarde, después de la discusión, me encerré en el baño. El eco de sus voces seguía rebotando en mi cabeza. “Es lo mejor para todos”, decían. Pero nadie preguntó si era lo mejor para mí.

Esa noche no dormí. Miré el techo descascarado y pensé en todo lo que iba a perder: mis amigas del barrio, el taller de teatro los sábados, la libertad de cerrar la puerta y quedarme sola cuando lo necesitaba. ¿Por qué siempre era yo la que tenía que ceder?

Al día siguiente, mientras desayunábamos en silencio, Lucía rompió el hielo:

—Perdón, Sofi… No quería que fuera así. Pero mamá está muy cansada y yo… bueno, ya sabés cómo es esto.

La miré con rabia y tristeza. —¿Y vos alguna vez pensaste en preguntarme qué quiero? ¿O sólo importan tus problemas?

Lucía bajó la cabeza. Mamá ni siquiera levantó la vista del mate.

Me fui al colegio con el corazón apretado. En el colectivo, miré por la ventana y vi pasar las casas humildes, los chicos jugando a la pelota en la vereda, las madres barriendo la entrada. Pensé en cuántas chicas como yo estarían sintiendo lo mismo: que su voz no vale nada frente a las urgencias de los demás.

La mudanza fue rápida. En dos días ya estaba en casa de la abuela Rosa, una mujer fuerte pero endurecida por los años y las pérdidas. Su casa olía a sopa de verduras y a fotos viejas. Me recibió con un abrazo torpe y una frase seca:

—Acá hay reglas, Sofía. No quiero problemas.

Las primeras semanas fueron un infierno. Extrañaba mi cama, mis cosas, hasta los gritos de Lucía cuando se peleaba con mamá por cualquier tontería. La abuela tenía horarios estrictos: cena a las siete, televisión sólo hasta las diez, nada de visitas sin avisar.

Una tarde, mientras lavaba los platos, exploté:

—¿Por qué nadie me pregunta nunca qué quiero? ¿Por qué siempre tengo que adaptarme yo?

La abuela me miró sorprendida. —Así es la vida, nena. A veces hay que hacer sacrificios por la familia.

—¿Y quién hace sacrificios por mí? —pregunté, con lágrimas en los ojos.

Esa noche llamé a mamá. Le pedí que viniera a verme. Cuando llegó, le abrí la puerta sin saludarla.

—¿Por qué decidiste todo sin mí? —le pregunté directo.

Mamá se sentó en el sillón desvencijado y suspiró.

—No sé… Me sentí abrumada. Pensé que era lo mejor para todos. No quería pedirte tanto, pero no vi otra salida.

—¿Y si te hubiera dicho que no? —insistí.

—No sé si te hubiera escuchado —admitió bajito.

Sentí una mezcla de rabia y alivio. Al menos era honesta.

Pasaron los meses y aprendí a sobrevivir en esa casa ajena. Empecé a ayudar a la abuela con las compras y a escuchar sus historias de cuando era joven en Corrientes. Descubrí que también ella había sido desplazada muchas veces por decisiones ajenas: primero por su padre, luego por su marido, después por sus hijos.

Un día me animé a hablar con Lucía por teléfono:

—¿Alguna vez sentiste que tu vida no te pertenece?

Ella lloró del otro lado de la línea. —Todo el tiempo, Sofi…

Empezamos a hablar más seguido. Me contó sus miedos sobre ser madre tan joven, sobre no saber si podría con todo. Yo le conté mis ganas de volver al taller de teatro y de estudiar psicología algún día.

Poco a poco, empecé a entender que todas estábamos atrapadas en una cadena de sacrificios silenciosos. Que nadie nos enseñó a pedir lo que necesitamos sin sentir culpa.

Un sábado fui a visitar a mamá y Lucía. La casa estaba llena de pañales y olor a leche tibia. El bebé lloraba y Lucía parecía agotada.

—¿Querés quedarte esta noche? —me preguntó mamá.

La miré fijo. —Sólo si puedo decidirlo yo.

Se rió nerviosa y asintió.

Esa noche hablamos largo rato las tres. Por primera vez sentí que mi voz era escuchada. Les dije que necesitaba volver a sentirme parte de algo propio, que quería elegir dónde vivir y cómo ayudar sin dejarme de lado.

No fue fácil ni rápido cambiar las cosas. Pero empecé a poner límites: algunos fines de semana volvía con mamá y Lucía; otros me quedaba con la abuela. Empecé terapia en el centro barrial para aprender a decir lo que siento sin miedo.

Hoy sigo luchando por mi espacio y mi voz. A veces me pregunto si algún día dejará de dolerme tanto tener que pelear por ser escuchada en mi propia familia.

¿A ustedes también les pasa? ¿Cómo hacen para hacerse escuchar cuando sienten que deciden por ustedes sin preguntarles?