Doce años después: el regreso inesperado de Fernando
—¿Clara? —Su voz tembló como si pronunciara mi nombre por primera vez.
Me quedé paralizada en el umbral de la puerta. Fernando, el hombre que hace doce años me rompió el corazón y destrozó nuestra familia, estaba ahí, con la mirada hundida y el rostro demacrado. No era el mismo hombre seguro que se marchó con Lucía, su amante de entonces. Ahora parecía un fantasma de sí mismo, como si la vida le hubiera pasado por encima sin piedad.
No supe qué decir. No era amor lo que sentía, ni siquiera rabia. Era una mezcla de sorpresa y compasión, porque en sus ojos vi algo que nunca antes había visto: miedo. Un miedo tan profundo que me heló la sangre.
—¿Qué haces aquí? —logré preguntar, mi voz apenas un susurro.
Fernando bajó la cabeza, incapaz de sostenerme la mirada. —Necesito hablar contigo, Clara. Por favor… —Su voz se quebró y sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Durante un segundo pensé en cerrar la puerta y dejarlo fuera de mi vida para siempre. Pero algo en su postura derrotada me detuvo. Lo invité a pasar, aunque mi hija Marta, que estaba en la cocina, me miró con incredulidad.
—¿Mamá? ¿Qué hace él aquí? —preguntó Marta, con los ojos llenos de reproche y dolor. Ella tenía solo ocho años cuando su padre se fue. Ahora, con veinte, apenas le dirigía la palabra.
—No lo sé, hija —le respondí, intentando sonar firme—. Pero vamos a averiguarlo.
Fernando se sentó en el sofá como si llevara una losa sobre los hombros. Miró a Marta y luego a mí, tragando saliva antes de hablar.
—He cometido muchos errores —empezó, con la voz rota—. Sé que no merezco vuestro perdón, pero… Lucía me ha dejado. Me he quedado sin trabajo, sin casa… y… —Se detuvo y se cubrió la cara con las manos—. Estoy enfermo, Clara. Muy enfermo.
El silencio se hizo espeso entre nosotros. Marta apretó los puños y yo sentí cómo mi corazón latía con fuerza desbocada.
—¿Y ahora vienes aquí a pedirnos ayuda? —espetó Marta, incapaz de contener la rabia—. ¿Después de todo lo que nos hiciste?
Fernando asintió, derrotado. —No tengo a nadie más. Mi familia me ha dado la espalda… Lucía no quiere saber nada de mí desde que supo lo del diagnóstico…
—¿Qué diagnóstico? —pregunté, temiendo la respuesta.
Fernando levantó la mirada y vi lágrimas en sus ojos. —Tengo cáncer, Clara. Avanzado. Los médicos dicen que no me queda mucho tiempo…
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Durante años soñé con este momento: que Fernando volviera arrepentido, suplicando perdón. Pero nunca imaginé que sería así, tan roto y vulnerable.
Marta salió corriendo de la habitación, incapaz de soportar más. Yo me quedé sentada frente a Fernando, luchando contra una tormenta de emociones.
—¿Por qué vienes ahora? ¿Por qué no cuando Marta te necesitaba? ¿Por qué no cuando yo lloraba cada noche preguntándome qué hice mal? —le pregunté, mi voz temblando de dolor contenido.
Fernando sollozó. —Fui un cobarde, Clara. Pensé que encontraría la felicidad lejos de aquí… pero solo encontré vacío. Y ahora… solo quiero veros una última vez. Pedir perdón… aunque sé que no lo merezco.
Me levanté y fui a buscar a Marta. La encontré en su habitación, llorando en silencio.
—Hija…
—No quiero verle, mamá —dijo ella entre sollozos—. No puedo perdonarle todo el daño que nos hizo.
La abracé fuerte, sintiendo su dolor como propio.
—No tienes que perdonarle si no quieres —le susurré—. Pero quizás necesitemos cerrar esta herida para poder seguir adelante.
Volvimos juntas al salón. Fernando seguía allí, encogido en el sofá como un niño asustado.
—Papá —dijo Marta con voz firme—. No sé si algún día podré perdonarte. Pero espero que encuentres paz… donde sea que vayas.
Fernando asintió, agradecido por esas palabras aunque fueran duras. Nos miró a las dos y sonrió débilmente por primera vez en años.
Esa noche Fernando durmió en el sofá. Durante las semanas siguientes le acompañamos en sus últimos días. No hubo reconciliación mágica ni finales felices; solo aceptación y un atisbo de paz antes del adiós definitivo.
Hoy, al mirar atrás, me pregunto: ¿Es posible perdonar lo imperdonable? ¿O simplemente aprendemos a vivir con las cicatrices? ¿Vosotros qué haríais si alguien así volviera a vuestra vida?