El vuelo sobre la Costa del Sol: Traición en el aire y venganza a la española
—¿De verdad crees que esto es necesario, Javier? —pregunté, apretando el cinturón del helicóptero mientras el viento de la tarde jugaba con mi pelo.
—Claro, Lucía. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo solo los dos? —respondió él, con esa sonrisa que antes me derretía y ahora me ponía los pelos de punta.
No podía evitar sentirme inquieta. Desde hacía semanas, Javier estaba raro, distante. Y ahora, de repente, este vuelo privado sobre la Costa del Sol, justo cuando mi embarazo estaba en su punto más delicado. Mi madre siempre decía: “Cuando el río suena, agua lleva”. Y vaya si llevaba.
El helicóptero despegó suavemente desde el helipuerto de Marbella. El piloto, un hombre serio de acento gallego, apenas nos dirigió la palabra. Javier me cogió la mano, pero sentí su palma fría y sudorosa. Miré por la ventanilla: el Mediterráneo brillaba como un espejo roto bajo el sol poniente. Todo parecía perfecto… demasiado perfecto.
—¿Sabes qué? —dijo Javier de repente, inclinándose hacia mí—. A veces pienso que no me necesitas para nada.
—¿Y eso a qué viene ahora? —le respondí, intentando sonar tranquila.
—A nada… Solo que últimamente te veo tan segura, tan… poderosa. Como si yo fuera un adorno más en tu vida.
Me mordí el labio. No era momento para discutir. Pero entonces noté cómo su mano se aferraba a mi brazo con fuerza.
—Javier, ¿qué haces? Me haces daño —susurré.
Él me miró con una mezcla de rabia y desesperación. —No entiendes nada, Lucía. No puedo quedarme sin nada después de todo lo que he hecho por ti.
En ese instante lo supe: había llegado el momento que tanto temía. Javier había descubierto que la fortuna familiar estaba solo a mi nombre y no pensaba quedarse de brazos cruzados.
El helicóptero giró bruscamente. El piloto fingía no ver nada. Javier se levantó y, con un movimiento rápido, intentó empujarme hacia la puerta abierta del aparato.
—¡Javier! ¡Estás loco! ¡Estoy embarazada! —grité, aferrándome al asiento con todas mis fuerzas.
Pero lo que Javier no sabía era que yo ya lo sospechaba todo. Había contratado al piloto personalmente y le había contado mi plan: si algo salía mal, él sabría qué hacer.
En medio del forcejeo, el piloto frenó en seco y gritó:
—¡Señor, siéntese o aterrizo ahora mismo! ¡Esto no es un circo!
Javier dudó un segundo. Ese segundo fue suficiente para que yo sacara el pequeño spray de pimienta que llevaba en el bolso (regalo de mi tía Carmen, siempre tan previsora) y se lo rociara en los ojos. Javier gritó como un poseso y cayó al suelo del helicóptero.
El piloto aprovechó para aterrizar de emergencia en una explanada cerca de Estepona. Cuando tocamos tierra, llamé a la Guardia Civil con manos temblorosas pero decididas. Javier fue detenido entre insultos y lágrimas.
Días después, sentada en la terraza de casa con mi madre y mi hermana, no podía evitar pensar en todo lo ocurrido.
—Hija, menuda historia… —dijo mi madre, sirviéndome un vaso de gazpacho—. ¿Cómo pudiste mantener la calma?
—No lo sé, mamá —respondí—. Supongo que cuando te juegas la vida y la de tu hijo, sacas fuerzas de donde no las hay.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres habrán sentido ese frío en el estómago al descubrir que quien duerme a tu lado es tu peor enemigo? ¿Y cuántas habrán tenido el valor de enfrentarse a él cara a cara?