El secreto de la plaza: una tarde en Lavapiés
—¡No puede ser! ¡Ese niño jugó a la pelota conmigo ayer! —gritó Nico, con la voz temblorosa, mientras señalaba la foto en el móvil de su madre.
El bullicio de la plaza de Lavapiés se detuvo por un instante. Los abuelos dejaron de charlar en los bancos, las madres apartaron la vista de sus cafés y hasta los vendedores ambulantes miraron hacia nosotros. Yo, Marta, sentí cómo el corazón me daba un vuelco. Mi hijo, con apenas ocho años, no solía levantar la voz así. Pero lo que acababa de decir me heló la sangre.
—¿Estás seguro, cariño? —le pregunté, intentando mantener la calma mientras le acariciaba el pelo sudado por el partido improvisado que acababa de jugar.
—¡Sí, mamá! ¡Ayer jugamos juntos! Se llama Samuel. Me dijo que vivía aquí cerca, en la calle Argumosa —insistió Nico, con los ojos muy abiertos.
Miré la foto otra vez. Era la imagen de un niño desaparecido que circulaba por los grupos de WhatsApp del barrio desde hacía días. Samuel, ocho años, pelo castaño, sonrisa tímida. La policía llevaba una semana buscándolo y nadie había dado con él. Hasta ahora.
Mi mente se llenó de preguntas y miedos. ¿Cómo era posible? ¿Y si Nico estaba confundido? Pero él nunca olvidaba una cara. Y menos la de un amigo nuevo.
—Vamos a casa —le dije, intentando sonar tranquila. Pero por dentro sentía un nudo en el estómago. Mientras caminábamos por las calles estrechas del barrio, me asaltaban recuerdos de mi propia infancia en Madrid: las tardes de verano jugando a la comba en la acera, los vecinos que se conocían todos y se ayudaban sin dudarlo. Pero ahora todo parecía distinto. Más frío, más distante. ¿En qué momento habíamos dejado de confiar los unos en los otros?
Al llegar a casa, llamé a la policía. No podía quedarme con esa información solo para mí. Vinieron enseguida, dos agentes jóvenes y amables que intentaron tranquilizar a Nico mientras le hacían preguntas. Él les contó todo: cómo Samuel había aparecido en la plaza, solo, con una camiseta del Atleti y unas zapatillas viejas; cómo habían jugado juntos hasta que Samuel dijo que tenía que irse porque su madre le esperaba; cómo le prometió volver al día siguiente.
Los agentes tomaron nota y se marcharon agradeciendo nuestra colaboración. Pero yo no podía dejar de pensar en Samuel. ¿Dónde estaría ahora? ¿Por qué nadie lo encontraba si había estado tan cerca?
Esa noche apenas dormí. Me levanté varias veces para comprobar que Nico seguía en su cama, respirando tranquilo. Pensé en su inocencia, en cómo los niños confían sin reservas, sin miedo al rechazo ni al peligro. Y me pregunté si nosotros, los adultos, habíamos perdido esa capacidad para ver lo bueno en los demás.
A la mañana siguiente, la noticia corrió como la pólvora por el barrio: Samuel había aparecido sano y salvo. Lo encontraron en una casa abandonada cerca del río Manzanares, donde se había refugiado tras huir de casa por miedo a una bronca con sus padres. Nadie podía creerlo. Los vecinos salieron a la calle a celebrarlo como si fuera una victoria propia. Las madres se abrazaban llorando, los abuelos repartían caramelos a los niños y hasta los camareros del bar de la esquina invitaron a una ronda de churros.
Pero yo no podía dejar de pensar en lo cerca que habíamos estado de perderlo para siempre. En lo fácil que es mirar hacia otro lado cuando algo no nos afecta directamente. En lo importante que es escuchar a los niños, creerles cuando nos cuentan algo, aunque parezca imposible.
Esa tarde llevé a Nico a la plaza otra vez. Allí estaba Samuel, rodeado de amigos y vecinos que le daban la bienvenida como a un héroe. Nico corrió hacia él y se abrazaron como si nada hubiera pasado.
Me quedé mirando la escena con lágrimas en los ojos y una pregunta rondando mi cabeza: ¿Cuántas veces dejamos pasar señales importantes por miedo o por desconfianza? ¿Y si todos volviéramos a mirar el mundo con los ojos de un niño?