Casi dio a luz en la cocina mientras preparaba la cena para su marido: Mi hija y el precio de las prioridades equivocadas
—¡Mamá, no puedo dejar la tortilla a medias!— gritó Lucía, con una mano en el vientre y la otra sujetando la sartén. El olor a cebolla dorada llenaba la cocina, pero yo solo podía oler el miedo. El reloj marcaba las nueve y media, y cada contracción era más fuerte que la anterior.
—¡Por Dios, Lucía! ¡Vámonos ya al hospital!— le supliqué, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta. Pero ella, terca como siempre, insistía en que Javier tenía que cenar caliente cuando llegara del trabajo.
—Mamá, él ha tenido un día muy duro. No puedo dejarle sin cenar…— murmuró, con los ojos vidriosos y el sudor empapándole la frente. Me acerqué y le aparté un mechón de pelo pegajoso. Sentí una punzada de dolor al ver a mi hija, mi niña, esclava de una idea absurda de lo que significa ser buena esposa.
—¿Y tú? ¿No cuentas? ¿No ves que puedes parir aquí mismo?— le dije, casi gritando. Pero Lucía solo apretó los labios y siguió batiendo los huevos.
En ese momento, sentí que algo dentro de mí se rompía. Recordé a mi madre, a mi abuela, todas mujeres fuertes pero siempre postergadas, siempre sirviendo primero a los demás. ¿Era esto lo que había transmitido a mi hija sin querer?
La siguiente contracción fue tan intensa que Lucía se dobló sobre la encimera. Dejé caer el trapo y la agarré del brazo.
—¡Se acabó! ¡Nos vamos ya!— le ordené. Ella asintió, derrotada, y juntas salimos corriendo al coche. El aire frío de la noche nos golpeó en la cara mientras yo intentaba mantener la calma. El trayecto al hospital fue un infierno: cada semáforo parecía eterno, cada bache un tormento.
En medio del dolor, Lucía me miró con lágrimas en los ojos.
—Mamá… si algo me pasa… ¿puedes cuidar de Javier? Él no sabe ni freír un huevo…
Sentí una mezcla de rabia y compasión tan intensa que tuve que apretar el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—¿Y tú? ¿Quién va a cuidar de ti?— le pregunté, con la voz rota.
Ella bajó la mirada y no respondió. En ese silencio se escondía toda una vida de renuncias.
Llegamos al hospital justo a tiempo. Los médicos corrieron con una camilla y yo me quedé sola en el pasillo, temblando. Recordé tantas veces en las que Lucía había antepuesto las necesidades de Javier a las suyas: cuando estaba enferma y aun así le preparaba el tupper para el trabajo; cuando renunció a su máster porque «Javier no soportaba estar solo por las tardes»; cuando dejó de ver a sus amigas porque «a él no le gustaban esas reuniones».
Me senté en una silla dura y fría, sintiendo cómo la impotencia me ahogaba. ¿En qué momento mi hija aprendió que amar era desaparecer? ¿Cuándo se convenció de que su valor dependía de lo bien que cuidara a un hombre incapaz de cuidar siquiera de sí mismo?
Las horas pasaron lentas. Javier llegó al hospital con cara de susto y olor a colonia barata. Ni siquiera preguntó por Lucía primero; solo quería saber si había cenado algo.
—¿No habrá comido nada desde que salió del trabajo?— preguntó, casi ofendido.
Tuve que contenerme para no gritarle en medio del pasillo.
Al final, Lucía dio a luz a una niña preciosa. Cuando entré a verla, estaba agotada pero feliz. Javier sostenía a la bebé como si fuera un trofeo y ya estaba mandando mensajes a sus amigos.
Esa noche, mientras velaba el sueño de mi hija y mi nieta, sentí una tristeza profunda. Pensé en todas las mujeres que conozco: vecinas, amigas, primas… Todas con historias parecidas. Mujeres que se desviven por maridos que no saben ni poner una lavadora; mujeres que piden permiso para salir con amigas; mujeres que callan sus sueños para no incomodar.
Al día siguiente, mientras preparaba un café en la pequeña cocina del hospital, Lucía me miró con ojos cansados.
—Mamá… ¿crees que algún día Javier cambiará?
No supe qué responderle. Solo pude abrazarla y prometerle que yo estaría ahí para ella y para su hija. Pero por dentro sentí miedo: miedo de que mi nieta creciera viendo el mismo ejemplo; miedo de que la historia se repitiera una vez más.
Ahora escribo esto porque necesito gritarlo al mundo: basta ya de sacrificios inútiles. Basta ya de mujeres invisibles. Basta ya de poner siempre a los demás primero.
¿Hasta cuándo vamos a seguir educando hijas para servir y no para vivir? ¿Cuándo aprenderemos a querernos lo suficiente como para decir «yo también importo»?