Entre el amor y el abismo: La deuda de mi hijo

—¡Mamá, por favor! No tengo a quién más acudir. Si no pago hoy, me van a buscar a la casa.

La voz de Sebastián temblaba al otro lado del teléfono. Eran las once de la noche y yo, sentada en la cocina con la luz amarilla parpadeando, sentí cómo el corazón se me encogía. Mi hijo, mi único hijo, estaba desesperado. No pregunté mucho. Solo escuché su llanto y le prometí que haría lo posible. ¿Qué madre no lo haría?

Al día siguiente, fui al banco Banorte del centro de Monterrey. El aire acondicionado apenas funcionaba y el sudor me corría por la espalda mientras firmaba los papeles del préstamo. Ciento cincuenta mil pesos. Mi salario de secretaria apenas alcanzaba para la renta y los frijoles, pero no podía dejar que Sebastián se hundiera. “Es para pagar una deuda de la universidad”, me dijo. “Me atrasé con las colegiaturas y si no pago, me van a expulsar”.

Durante días, viví con la esperanza de que todo mejoraría. Sebastián vino a casa, me abrazó fuerte y me prometió que pronto conseguiría trabajo. Pero las semanas pasaron y el dinero desapareció como agua entre los dedos. Un día, mientras lavaba los platos, escuché a mi hermana Lucía hablando con su esposo en la sala:

—Ese muchacho anda en malos pasos, Toño. Lo vi salir del casino la otra noche.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. ¿Casino? ¿Sebastián? No podía ser. Pero la duda se instaló en mi pecho como una piedra fría. Esa noche, lo confronté:

—Sebastián, dime la verdad. ¿En qué gastaste el dinero?

Él bajó la mirada, sus manos temblaban.

—Mamá… yo… necesitaba pagar unas cosas.

—¿Qué cosas? —insistí, con la voz quebrada.

—Deudas… de juego.

El silencio fue un golpe seco en el estómago. Sentí que todo el aire se me escapaba. Mi hijo, mi niño, había caído en las garras de las apuestas. Recordé a mi padre, que perdió todo en las cartas cuando yo era niña; cómo mi madre lloraba en las noches porque no había para comer. Juré que nunca dejaría que eso pasara en mi casa.

—¿Por qué no me dijiste la verdad? —le grité, entre lágrimas.

—Tenía miedo… No quería decepcionarte.

—¡Pero me mentiste! ¡Me endeudé por ti!

Sebastián se fue esa noche. No supe de él por días. Yo iba al trabajo como un fantasma, con los ojos hinchados y el alma hecha trizas. Los cobradores del banco empezaron a llamar. Mi hermana dejó de hablarme; decía que era mi culpa por consentirlo tanto.

Una tarde, mientras esperaba el camión bajo el sol ardiente, vi a Sebastián sentado en una banca del parque Fundidora. Estaba flaco, ojeroso, con la ropa sucia.

—Mamá… —susurró cuando me acerqué— Perdóname.

Nos abrazamos y lloramos juntos. Me contó cómo empezó todo: una apuesta pequeña con amigos de la prepa, luego máquinas tragamonedas, luego préstamos con intereses imposibles. Cuando quiso salir, ya debía más de lo que podía imaginar.

Intenté ayudarlo. Lo llevé a un grupo de apoyo en la iglesia del barrio Independencia. El padre Ramiro nos recibió con paciencia:

—Esto es una enfermedad —me dijo—. No es tu culpa ni la suya. Pero necesita ayuda profesional.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Sebastián recaía una y otra vez. Vendí mi anillo de bodas para pagar parte del préstamo; empeñé la televisión y hasta los aretes de oro que me regaló mi madre cuando cumplí quince años. Cada vez que Sebastián prometía cambiar, yo quería creerle… pero cada vez era más difícil.

Mi familia se fracturó. Lucía me reclamaba:

—¡Siempre lo protegiste demasiado! Ahora mira cómo te paga.

Yo solo podía llorar en silencio por las noches, preguntándome dónde fallé como madre. ¿Debí ser más dura? ¿Debí dejarlo enfrentar las consecuencias?

Un día recibí una llamada del hospital Universitario: Sebastián había tenido una sobredosis de pastillas para dormir. Corrí como loca por las calles, rezando a la Virgen de Guadalupe que no se lo llevara todavía.

Lo encontré pálido, conectado a tubos y monitores.

—Mamá… ya no puedo más —me susurró— Perdóname por todo.

Me senté junto a su cama y le tomé la mano.

—No te voy a dejar solo —le prometí— Pero tienes que luchar tú también.

Después de ese día, Sebastián aceptó internarse en un centro de rehabilitación en San Nicolás. Fueron meses duros: recaídas, terapias, lágrimas y silencios incómodos en las visitas familiares. Yo trabajaba horas extras limpiando casas para pagar el préstamo y los gastos médicos.

A veces sentía rabia; otras veces solo tristeza y cansancio infinito. Pero también aprendí a poner límites: ya no le daba dinero sin saber para qué era; aprendí a decir “no” aunque me doliera el alma.

Hoy Sebastián lleva seis meses limpio. Trabaja medio tiempo en una cafetería y asiste a sus reuniones cada semana. Yo sigo pagando el préstamo poco a poco; aún me faltan años para terminarlo. Mi relación con Lucía sigue tensa, pero poco a poco hemos aprendido a hablar sin reproches.

A veces me siento culpable por haberlo protegido tanto; otras veces creo que hice lo único que podía hacer como madre: amar sin condiciones, pero también aprender a soltar.

¿Dónde está el límite entre ayudar y hundirse junto al ser amado? ¿Cuántas madres han pasado por lo mismo en silencio? Si tú has vivido algo parecido… ¿qué harías diferente?