El secreto de Valeria: lágrimas en la UCI de Madrid

—¡No puede ser! —exclamé, con la voz temblorosa, mientras retiraba el vendaje de Valeria y veía, una vez más, que su vientre estaba más abultado que el día anterior. El monitor cardíaco seguía su ritmo monótono, ajeno al torbellino que se desataba en mi pecho. Me quedé quieto, con las manos enguantadas en el aire, mirando a la joven que llevaba tres meses sumida en un sueño profundo del que nadie esperaba que despertara.

—Alejandro, ¿te pasa algo? —preguntó Lucía, la enfermera de turno, al verme tan pálido.

—Lucía, ven aquí… ¿Tú ves lo mismo que yo? —le susurré, señalando el vientre de Valeria.

Lucía se acercó y sus ojos se abrieron como platos. —Madre mía… ¿Está embarazada? Pero… ¿cómo? Si lleva aquí meses y no ha recibido visitas.

El hospital Gregorio Marañón de Madrid no era ajeno a los dramas humanos, pero esto era otra cosa. Valeria había ingresado tras un accidente de tráfico en la M-30. No tenía familia en la ciudad; su madre vivía en un pueblo de Extremadura y no podía desplazarse por problemas de salud. Nadie venía a verla. Solo nosotros, el equipo médico, éramos testigos de su silencio.

Esa noche no pude dormir. Me revolvía en la cama pensando en Valeria, en su soledad, en ese misterio que crecía bajo las sábanas blancas de la UCI. ¿Y si había sido víctima de algo terrible antes del accidente? ¿Y si nadie se preocupaba por ella más allá de estas paredes?

Al día siguiente, reuní al equipo. —Tenemos que hacerle una ecografía urgente —dije con voz firme. Nadie protestó. Todos sentíamos esa mezcla de miedo y compasión que solo se da cuando la vida y la muerte bailan juntas en un hospital.

La imagen en la pantalla nos dejó helados: un feto perfectamente formado, moviéndose dentro de Valeria. Lucía se tapó la boca para no sollozar. Yo sentí una punzada en el corazón. ¿Cómo podía ser posible? ¿Quién era el padre? ¿Qué historia escondía Valeria tras ese rostro sereno?

Las semanas pasaron y el rumor se extendió por los pasillos como pólvora. Algunos decían que era un milagro; otros, que era una tragedia. Los médicos debatíamos entre la ética y la ciencia, entre el deber profesional y la empatía humana. Yo me sentía cada vez más implicado, como si Valeria fuera parte de mi propia familia.

Un día, mientras le cambiaba el suero, noté que sus dedos se movían ligeramente. Me acerqué y le hablé al oído:

—Valeria, si puedes oírme, tu bebé está bien… No estás sola.

Una lágrima rodó por su mejilla. Sentí un nudo en la garganta. Llamé a Lucía y juntos lloramos en silencio junto a su cama.

Finalmente, Valeria despertó. Sus ojos buscaron respuestas y yo estuve allí para dárselas. Le conté todo lo que había pasado, con delicadeza y respeto. Ella rompió a llorar y me abrazó con una fuerza inesperada.

—¿Por qué me ha pasado esto a mí? —me preguntó entre sollozos.

No supe qué responderle. Solo le apreté la mano y le prometí que no estaría sola nunca más.

El hospital entero se volcó con ella. Los celadores le traían flores del Retiro; las enfermeras le ponían música flamenca para animarla; incluso los pacientes vecinos le mandaban cartas de ánimo. Madrid entera parecía abrazar a Valeria y a su futuro hijo.

El día que nació su bebé, todos lloramos. Fue como si la vida nos diera una segunda oportunidad para creer en los milagros cotidianos.

Ahora, cuando paseo por los pasillos del hospital y veo a Valeria con su hijo en brazos, me pregunto: ¿Cuántas historias como esta pasan desapercibidas cada día? ¿Cuánto amor cabe en un hospital cuando dejamos entrar la humanidad?