Le entregué todo, incluso mi alma: Mi lucha por la libertad tras años viviendo a la sombra de mi marido
—¿Otra vez has gastado en esas tonterías, Lucía? —La voz de Fernando retumbó en el salón, mientras yo sostenía la bolsa del supermercado con manos temblorosas. Había comprado yogures para los niños y una barra de pan recién hecho. Nada más. Pero para él, cualquier gasto era motivo de reproche.
—Solo era lo necesario, Fernando. Los niños tienen que desayunar —intenté justificarme, aunque sabía que no serviría de nada.
Él bufó y me quitó la bolsa de las manos. —Si no sabes administrar el dinero, tendré que hacerlo yo. Dame la cartera.
Así empezó todo. O quizá empezó mucho antes, cuando acepté dejar mi trabajo como administrativa en la gestoría de mi tío para cuidar de nuestros hijos, Marta y Diego. Fernando decía que era lo mejor para la familia, que él podía mantenernos y yo debía dedicarme al hogar. Al principio me sentí afortunada; muchas amigas en el barrio de Chamberí soñaban con poder quedarse en casa. Pero poco a poco, la casa se convirtió en mi jaula.
Los días se sucedían idénticos: llevar a los niños al colegio, limpiar, preparar la comida, escuchar las noticias mientras planchaba las camisas de Fernando. Él llegaba tarde, siempre cansado, siempre con una crítica en los labios: que si la comida estaba sosa, que si los niños hacían ruido, que si yo no sabía organizarme. Y yo callaba. Callaba porque pensaba que así debía ser el matrimonio: sacrificio, entrega, paciencia.
Mi madre, Carmen, me lo había repetido desde pequeña: «Lucía, una buena esposa cuida de su marido y sus hijos. El amor es aguantar». Pero había noches en las que me tumbaba en la cama y sentía que me ahogaba. Miraba el techo y me preguntaba si esto era todo lo que la vida tenía para mí.
Un día, mientras recogía a Marta del colegio, me encontré con Ana, una antigua compañera del instituto. Ella trabajaba como enfermera en el hospital Gregorio Marañón y me habló de sus guardias, de sus viajes a Valencia y de cómo había aprendido inglés por su cuenta. La escuché con una mezcla de admiración y envidia.
—¿Y tú qué tal? —me preguntó Ana.
—Bien… —mentí—. Los niños crecen rápido y Fernando trabaja mucho.
Ana me miró con compasión. —¿Y tú? ¿Qué haces para ti?
No supe qué responderle. Esa noche no pude dormir. Me di cuenta de que no recordaba la última vez que había hecho algo solo para mí: leer un libro, salir a caminar sin prisa, comprarme un vestido bonito sin pedir permiso.
Las cosas empeoraron cuando Fernando perdió parte de su trabajo como comercial y empezó a controlar aún más el dinero. Me daba una cantidad exacta cada semana y revisaba los tickets del supermercado. Si faltaba un euro, había discusión.
—No puedes seguir así —me dijo mi hermana Laura una tarde mientras tomábamos café en su piso de Lavapiés—. No eres su criada ni su hija. Eres su mujer.
—No entiendes cómo es Fernando —le respondí—. Si le llevo la contraria se pone furioso. Y los niños…
—¿Y tú? ¿Dónde quedas tú en todo esto?
Esa pregunta me persiguió durante semanas. Empecé a escribir un diario por las noches, escondiéndolo entre las toallas del baño para que Fernando no lo encontrara. Allí volqué mis miedos, mis frustraciones y mis sueños olvidados: volver a trabajar, tener mi propio dinero, sentirme libre.
Un día, Diego llegó llorando del colegio porque su padre le había gritado por mancharse el pantalón jugando al fútbol. Vi el miedo en sus ojos y sentí una rabia desconocida.
Esa noche enfrenté a Fernando por primera vez en años:
—No puedes tratar así a los niños ni a mí. No somos tus empleados.
Fernando se puso rojo de ira. —¡Si no te gusta cómo llevo esta casa puedes irte! Pero sin un euro mío.
Me temblaron las piernas pero respondí: —No quiero tu dinero. Quiero mi vida.
Esa frase fue el principio del fin. Durante semanas vivimos entre gritos y silencios helados. Fernando escondía las tarjetas bancarias y yo empecé a buscar trabajo en secreto desde el móvil de Laura. Conseguí una entrevista como recepcionista en una clínica dental del centro.
El día que firmé el contrato sentí vértigo y libertad al mismo tiempo. Cuando se lo conté a Fernando, él se rió:
—¿Tú? ¿Trabajando otra vez? No vas a durar ni dos semanas.
Pero duré. Y cada día me sentía más fuerte. Con mi primer sueldo compré una tarta para celebrar con Marta y Diego. Lloramos los tres abrazados en la cocina.
No fue fácil. Hubo noches de soledad y miedo al futuro. Mi madre me llamó egoísta por «romper la familia»; algunos vecinos dejaron de saludarme en el portal. Pero también hubo días luminosos: desayunos tranquilos con mis hijos, paseos por el Retiro sin mirar el reloj, risas sinceras con Laura y Ana.
Hoy miro atrás y no me reconozco en aquella mujer asustada que entregó todo por amor sin recibir nada a cambio. He aprendido que el amor propio no es egoísmo; es supervivencia.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven aún en silencio, creyendo que amar es desaparecer? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta?