La batalla por la casa de mi abuelo: una historia de traición, dolor y justicia rota

—¿Así que esto es lo que valgo para vosotros? —grité, con la voz rota, mientras el eco de mis palabras rebotaba en las paredes frías del salón. Mi madre, Carmen, bajó la mirada. Mi hermano Luis ni siquiera se dignó a mirarme. El notario acababa de leer el testamento de mi abuelo y, en ese instante, sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies.

Durante los últimos seis años, fui yo quien cuidó de mi abuelo Ramón. Lo hice todo: desde cambiarle los pañales hasta escuchar sus historias una y otra vez, aunque ya no recordara ni mi nombre. Mis tíos venían solo en Nochebuena, con regalos envueltos deprisa y sonrisas forzadas. Yo era la que le preparaba el puré, la que le acompañaba al médico, la que aguantaba sus noches de insomnio y sus gritos de miedo. Renuncié a mi trabajo en Madrid para volver al pueblo, a esa casa vieja de paredes desconchadas en Toledo, porque sentía que era lo correcto.

Pero ahora… ahora el notario decía que la casa, la única herencia de mi abuelo, pasaba a manos de mi tío Antonio y mi hermano Luis. A mí me dejaba una medalla antigua y una carta. Nada más. Sentí que me ahogaba.

—No es justo —susurré, pero nadie me escuchó.

Mi madre intentó acercarse a mí:
—Lucía, hija, seguro que tu abuelo tenía sus razones…

—¿Razones? —la interrumpí—. ¿Qué razones puede haber para premiar a quienes nunca estuvieron aquí?

Luis se encogió de hombros:
—No es culpa nuestra si el abuelo decidió así. Además, tú siempre has sido la favorita.

Me temblaban las manos. Salí corriendo al jardín, donde aún olía a los geranios que planté con el abuelo el verano pasado. Me senté en el banco de piedra y abrí la carta con dedos torpes.

«Querida Lucía,

Sé que esto te dolerá, pero quiero que entiendas que la familia es complicada. No quiero que esta casa os separe más de lo que ya estáis separados. Tú tienes algo que ellos nunca tendrán: mi amor y mi gratitud. La medalla fue de tu bisabuela; guárdala como símbolo de lo que realmente importa.

Te quiere,
Ramón»

Lloré hasta quedarme sin lágrimas. ¿De qué servía el amor si al final me quedaba sin nada? ¿Por qué siempre los que más dan son los que menos reciben?

Las semanas siguientes fueron un infierno. Mi tío Antonio apareció con un abogado y me pidió las llaves de la casa.

—Lo siento, Lucía, pero tenemos que venderla cuanto antes. Luis necesita el dinero para su piso en Madrid y yo… bueno, ya sabes cómo está la cosa —me dijo sin mirarme a los ojos.

Me negué a irme. Aquella casa era mi vida entera: las fotos en blanco y negro en el pasillo, el olor a sopa de ajo los domingos, las tardes de verano jugando al parchís con el abuelo…

Pero la ley estaba de su parte. Recibí una notificación del juzgado: debía abandonar la vivienda en un mes.

Mi madre intentó mediar:
—Lucía, hija, no te pongas así… Seguro que podemos llegar a un acuerdo.

—¿Un acuerdo? ¿Después de todo lo que he hecho por él? —le respondí entre sollozos—. ¿Por qué nadie me defiende?

Empecé a notar cómo los vecinos del pueblo cuchicheaban cuando pasaba por la plaza. «Pobre Lucía», decían algunos; otros murmuraban: «Algo habrá hecho». En España, ya se sabe: la familia es sagrada… hasta que hay dinero de por medio.

Una tarde, mientras recogía mis cosas, encontré una foto del abuelo conmigo en brazos. Recordé su voz ronca diciéndome: «La bondad siempre vuelve». Pero yo solo sentía rabia y vacío.

El día que entregué las llaves, Luis ni siquiera apareció. Mi tío Antonio me dio una palmadita en el hombro:
—Ya verás cómo todo se arregla.

Me marché del pueblo con una maleta y la medalla en el bolsillo. En Madrid busqué trabajo como pude; dormí en casa de una amiga hasta encontrar algo fijo. Cada noche me preguntaba si había merecido la pena sacrificarlo todo por alguien que, al final, no me dejó nada tangible.

A veces sueño con el abuelo y con aquella casa llena de luz y risas. Me despierto llorando y preguntándome si algún día podré perdonarles… o perdonarme a mí misma por esperar justicia donde solo había intereses.

¿De verdad vale la pena ser buena cuando el mundo parece premiar siempre a los egoístas? ¿O quizás la bondad es su propia recompensa aunque duela tanto?