El precio de la indiferencia: una noche en urgencias

—¿De verdad no podéis venir? —mi voz temblaba mientras apretaba el móvil con los nudillos blancos, tumbada en la camilla de urgencias del Hospital Gregorio Marañón. El pitido de las máquinas se mezclaba con el murmullo de enfermeros y el olor a desinfectante. Al otro lado, la voz de mi madre sonaba lejana, casi molesta.

—Lucía, cariño, es que tu hermana ha tenido un problema con la pintura del salón. Ha manchado toda la pared y está hecha un mar de lágrimas. No podemos dejarla sola ahora mismo, ¿vale? ¿No puedes esperar un poco?

Sentí cómo el pecho se me encogía. ¿Esperar? ¿A qué? ¿A que mi corazón dejara de latir del todo? Había caído redonda en medio de la presentación más importante de mi vida, delante de todo el equipo de arquitectura. El sudor frío, la visión borrosa, el zumbido en los oídos… y luego, nada. Solo voces lejanas y la sirena de la ambulancia abriéndose paso por las calles de Madrid.

—Mamá, por favor… —susurré, pero ya había colgado. Cerré los ojos y apreté los dientes. No era la primera vez que mi hermana, Sofía, acaparaba toda la atención por cualquier tontería. Desde pequeña, sus dramas eran el centro del universo familiar: que si se le rompía una uña antes del bautizo del primo, que si no encontraba su vestido favorito para la comunión… Y yo, siempre en segundo plano, la hija responsable, la que no daba problemas.

Una enfermera se acercó y me acarició el brazo.

—Tranquila, guapa. ¿Quieres que llame a alguien?

Negué con la cabeza. ¿A quién iba a llamar? A mis padres no les importaba. Mi abuela ya no estaba. Y mis amigos… bueno, todos estaban trabajando o fuera de Madrid. Me sentí más sola que nunca.

Las horas pasaron lentas. Me hicieron pruebas, me pincharon varias veces y me dejaron conectada a un gotero. El médico vino a verme al cabo de un rato.

—Lucía, has tenido un síncope por estrés y agotamiento extremo. ¿Has dormido bien últimamente?

Me encogí de hombros.

—Trabajo mucho…

Él suspiró.

—No eres una máquina. Si sigues así, tu cuerpo te va a pasar factura. ¿Tienes familia cerca?

Me mordí el labio para no llorar.

—Sí… pero están ocupados.

Cerca de las nueve de la noche, escuché pasos apresurados y voces conocidas en el pasillo.

—¡¿Dónde está mi hija?! —La voz de mi madre retumbó por todo el box.

Entraron los dos: mi madre con el abrigo mal puesto y mi padre mirando el móvil como si nada. Sofía no venía; seguro que seguía llorando por su pared blanca arruinada.

—Ay, Lucía, hija, qué susto nos has dado —dijo mi madre mientras me abrazaba sin mirarme a los ojos—. Pero es que tu hermana estaba fatal…

Mi padre asintió distraído.

—Bueno, menos mal que solo ha sido un susto. Mañana tienes que ir a trabajar, ¿no?

Sentí una rabia sorda subir desde el estómago.

—¿Solo ha sido un susto? He estado sola aquí todo el día. Ni una llamada vuestra…

Mi madre frunció el ceño.

—No digas tonterías, Lucía. Ya sabes cómo es Sofía. Se pone muy nerviosa con estas cosas…

Me aparté el gotero y me senté en la cama.

—¿Y yo qué? ¿No puedo ponerme nerviosa yo también? ¿No puedo caerme redonda en medio del trabajo sin que nadie me eche cuenta?

Mi padre levantó las manos.

—Venga, no montes un drama ahora tú también. Bastante tenemos con lo de casa…

Las lágrimas me ardían en los ojos pero no las dejé salir. Me sentí invisible, como tantas otras veces en esa casa donde solo importaban los gritos y las lágrimas ajenas.

Cuando al fin salimos del hospital y respiré el aire frío de la noche madrileña, supe que algo había cambiado dentro de mí. Caminé unos pasos detrás de ellos mientras discutían sobre si llamar a un pintor o hacerlo ellos mismos.

Miré las luces de la ciudad y pensé: ¿Cuántas veces más voy a dejar que me ignoren? ¿Cuándo aprenderán a ver quién soy realmente?