El cochecito que rompió mi familia: ¿Elegir entre mi hijo o mi sobrina?

—¿De verdad no puedes dármelo, Marta? —La voz de Lucía temblaba, pero sus ojos brillaban con una mezcla de súplica y reproche. Estábamos en la cocina de mi madre, rodeadas de tazas de café frío y el eco de una discusión que ya llevaba demasiado tiempo.

Apreté el borde de la mesa con los dedos. El cochecito, ese viejo Bugaboo azul marino que había acompañado a mi hijo Diego durante sus primeros años, estaba guardado en el trastero desde hacía meses. Pero cada vez que bajaba a por algo y lo veía allí, sentía un nudo en el estómago. No era solo un objeto: era el recuerdo de los paseos por el Retiro, de las noches en vela, de las primeras risas de Diego bajo la luz dorada de Madrid.

—Lucía, no es tan fácil —susurré, intentando que no se me quebrara la voz—. Ese cochecito…

—¡Es solo un cochecito! —me interrumpió, alzando la voz. Mi madre, sentada en la otra punta de la mesa, nos miraba con una tristeza resignada. Mi padre había salido a fumar al balcón, incapaz de soportar otra pelea entre sus hijas.

—Para ti puede ser solo eso —respondí—, pero para mí es mucho más. No sé si algún día podré tener otro hijo. Y si no… ese cochecito es lo único que me queda de esa etapa.

Lucía se levantó bruscamente y fue hacia la ventana. Su embarazo ya era evidente bajo el vestido de lino. Me sentí egoísta al mirar su silueta, pero no podía evitarlo. Ella siempre había tenido todo más fácil: el trabajo fijo en la Consejería, el marido cariñoso, la casa en Pozuelo. Yo, en cambio, había criado a Diego sola desde que su padre se marchó a Barcelona con otra mujer.

—Marta —dijo mi madre al fin—, piensa que tu sobrina lo necesita. Lucía no puede permitirse uno nuevo ahora…

Sentí cómo la presión aumentaba en mi pecho. ¿Era tan mala persona por querer quedarme con algo que era mío? ¿Por qué siempre tenía que ceder yo? Recordé todas las veces que Lucía había recibido lo mejor: la habitación grande, los regalos más caros, incluso el apoyo incondicional de mis padres cuando decidió casarse joven.

—No es justo —murmuré—. Siempre tengo que renunciar a lo mío por los demás.

Lucía se giró y me miró con lágrimas en los ojos.

—No te pido nada más, Marta. Solo esto. Para mi hija.

Me quedé en silencio. El reloj marcaba las seis y media y fuera empezaba a llover. El sonido de las gotas contra el cristal me recordó a las noches en las que Diego lloraba y yo lo acunaba en ese mismo cochecito, paseando por el pasillo para que se calmara.

—¿Y si algún día tengo otro hijo? —pregunté casi sin voz.

Lucía bajó la mirada.

—Entonces… ya veremos cómo lo solucionamos —susurró.

Mi madre se levantó y me abrazó por detrás.

—Hija, a veces hay que dejar ir las cosas para poder avanzar.

Pero yo no quería avanzar. No quería dejar ir ese trozo de mi vida que aún me pertenecía. Sentí rabia, tristeza y una soledad inmensa. ¿Por qué nadie entendía lo que significaba para mí?

Esa noche volví a casa con Diego dormido en el asiento trasero del coche. Aparqué frente al portal y me quedé mirando la lluvia resbalando por el parabrisas. Pensé en mi sobrina, aún por nacer, y en Lucía preparando su habitación sin apenas recursos porque su marido había perdido el trabajo hacía poco.

Al día siguiente, bajé al trastero y abrí la funda del cochecito. Lo toqué despacio, repasando cada mancha, cada rasguño. Recordé la primera vez que lo empujé por la Gran Vía, sintiéndome madre por primera vez y también completamente sola.

Me senté en el suelo frío y lloré como hacía años que no lloraba. Lloré por Diego, por mí, por Lucía y por todo lo que habíamos perdido desde que éramos niñas jugando juntas en el parque del barrio.

Finalmente tomé una decisión. Llamé a Lucía esa misma tarde.

—Ven mañana a por el cochecito —le dije sin saludar siquiera.

Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono antes de escuchar su suspiro aliviado.

—Gracias, Marta. De verdad…

Colgué antes de que pudiera decir nada más. Esa noche dormí mal. Sentía un vacío extraño, como si hubiera regalado una parte de mí misma que nunca podría recuperar.

Cuando Lucía vino a recogerlo, apenas cruzamos palabras. Me abrazó fuerte y noté cómo temblaba. Mi madre lloró en silencio mientras veía cómo se llevaban el cochecito por el portal.

Durante semanas evité pasar por el trastero. Cada vez que veía a Lucía con su barriga creciendo, sentía una mezcla de orgullo y resentimiento imposible de explicar.

El día que nació mi sobrina fui al hospital con un peluche para ella. Cuando vi a Lucía acunando a su hija en brazos, entendí que había hecho lo correcto… pero también supe que algo entre nosotras se había roto para siempre.

A veces me pregunto si realmente era necesario sacrificar tanto por la familia. ¿Hasta dónde debemos llegar para complacer a los demás? ¿Y quién cuida de nosotras cuando damos todo lo que tenemos?