El pasado de otra, mi herida: El día que ayudé a la mujer que destrozó a mi madre

—¡Señora, cuidado!—grité mientras veía cómo una mujer tropezaba y caía justo delante del paso de peatones en la Gran Vía. Corrí sin pensar, esquivando a los turistas y los coches que pitaban impacientes. Me agaché a su lado, le ofrecí mi mano y sentí cómo temblaba. Tenía el pelo canoso, los ojos asustados y una herida sangrante en la frente.

—Gracias, hija…—susurró, con voz rota.

No sé por qué, pero sentí una ternura extraña por esa desconocida. La ayudé a incorporarse y la acompañé hasta un banco cercano. Mientras le limpiaba la herida con una servilleta que saqué de mi bolso, ella me miraba con una mezcla de vergüenza y gratitud.

—¿Cómo te llamas?—le pregunté, intentando distraerla del dolor.

—Isabel… Isabel Martín.

El nombre me sonó familiar, pero Madrid es grande y los apellidos se repiten. No le di más importancia. Llamé a un taxi y la acompañé hasta Urgencias del Hospital Clínico. Durante el trayecto, Isabel me contó que vivía sola desde hacía años, que su hija se había marchado a Barcelona y que apenas tenía contacto con nadie.

—A veces pienso que merezco esta soledad—dijo, mirando por la ventanilla.

No supe qué responder. Me limité a apretarle la mano.

Esa noche, al llegar a casa, le conté a mi madre lo ocurrido. Ella estaba cocinando tortilla de patatas, como cada viernes. Cuando mencioné el nombre de Isabel Martín, mi madre dejó caer el plato al suelo. El estruendo me sobresaltó.

—¿Isabel Martín? ¿Estás segura?—me preguntó con una voz que no le conocía.

—Sí, mamá. ¿La conoces?

Mi madre se sentó en una silla, pálida como el mantel. Tardó unos minutos en hablar. Yo no entendía nada.

—Esa mujer… fue la que me quitó todo. Mi trabajo, mis amigos… incluso a tu padre.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Mi madre nunca hablaba del pasado, solo sabía que algo muy doloroso había ocurrido cuando yo era pequeña. Ahora todo cobraba sentido: las mudanzas constantes, las noches en vela, los silencios eternos en casa.

—¿Qué te hizo exactamente?

Mi madre respiró hondo y empezó a contarme su historia. Trabajaba en una gestoría del centro de Madrid; Isabel era su jefa directa. Un día desapareció dinero de la caja y, sin pruebas, Isabel la acusó delante de todos. La despidieron sin indemnización y nadie volvió a hablarle. Mi padre, incapaz de soportar la presión y las habladurías, se marchó poco después. Desde entonces, mi madre sobrevivió limpiando casas y cosiendo ropa ajena.

Sentí una rabia inmensa. ¿Cómo era posible que yo hubiera ayudado precisamente a esa mujer? ¿Qué clase de broma cruel era esa?

Esa noche no dormí. Me debatía entre el deseo de enfrentarme a Isabel y el recuerdo de su fragilidad en el taxi. ¿Era justo juzgarla ahora? ¿No había pagado ya suficiente con su soledad?

Pasaron los días y no podía quitármela de la cabeza. Finalmente decidí ir al hospital para verla. Cuando entré en la habitación, Isabel estaba mirando por la ventana, perdida en sus pensamientos.

—Hola… Soy Lucía, la chica que te ayudó el otro día.

Ella sonrió débilmente.

—Gracias por venir. No suelo recibir visitas.

Me senté a su lado y durante unos minutos reinó el silencio. Finalmente reuní el valor para hablar.

—¿Recuerda usted a Carmen Ruiz?

Isabel se estremeció al oír ese nombre.

—Claro que sí… Nunca he dejado de pensar en ella. Fui una cobarde. La acusé sin pruebas porque tenía miedo de perder mi puesto. Luego intenté arreglarlo pero ya era tarde…

Vi lágrimas en sus ojos. Por un momento sentí compasión, pero también recordé las lágrimas de mi madre durante tantos años.

—Carmen es mi madre—dije al fin.

Isabel se tapó la boca con las manos y empezó a llorar desconsoladamente.

—Lo siento… Lo siento tanto…

No supe qué hacer. Quería gritarle todo el dolor acumulado durante años, pero también veía ante mí a una mujer rota por sus propios errores.

Salí del hospital con el corazón hecho trizas. Esa noche hablé con mi madre y le conté todo. Ella lloró en silencio y luego me abrazó.

—No sé si podré perdonarla algún día—me dijo—pero tú has hecho lo correcto.

Desde entonces he aprendido que el pasado puede aparecer cuando menos lo esperas y ponerte frente al espejo de tus propios valores. ¿Es posible perdonar lo imperdonable? ¿O hay heridas que nunca cicatrizan del todo?

¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar? ¿Podríais perdonar a quien destrozó vuestra familia?