Echada de casa por quedarme embarazada: Diez años después, mis padres volvieron a pedirme ayuda

—¡Fuera de mi casa, Lucía! ¡Aquí no hay sitio para vergüenzas!— gritó mi madre, con los ojos llenos de rabia y lágrimas. Mi padre ni siquiera me miró; solo apretaba los labios y señalaba la puerta. Tenía diecisiete años y un test de embarazo positivo en la mano. El mundo se me vino abajo en ese instante, pero lo peor fue el silencio de mi padre, ese silencio que dolía más que cualquier grito.

Recuerdo cómo salí corriendo escaleras abajo, con la mochila a medio hacer y el corazón desbocado. Samuel me esperaba en la esquina, bajo la farola que siempre parpadeaba. No dijo nada, solo me abrazó fuerte. —Nos apañaremos, Lucía. Te lo prometo— susurró, aunque su voz temblaba tanto como la mía.

Aquella noche dormimos en el coche de su hermano mayor, aparcado cerca del parque del Retiro. Madrid parecía más fría que nunca. Teníamos miedo, sí, pero también una extraña sensación de libertad. Nadie nos iba a decir qué hacer con nuestra hija.

Los meses siguientes fueron un infierno. Samuel dejó el bachillerato para trabajar en una cafetería del centro; yo encontré un empleo limpiando casas en el barrio de Salamanca. Cada euro contaba. A veces, cuando sentía a la niña moverse dentro de mí, lloraba en silencio por todo lo que había perdido: mis amigas, mis sueños de estudiar magisterio, la confianza en mis padres.

El parto fue duro y solitario. Samuel estaba conmigo, pero eché de menos una mano materna, una palabra de consuelo. Llamé a mi madre desde el hospital, pero colgó sin decir nada. Llamé a mi padre y ni siquiera contestó.

A nuestra hija la llamamos Alba. Era preciosa y frágil, y cuando la miraba sentía una mezcla de miedo y amor tan intensa que a veces me costaba respirar. Samuel y yo nos turnábamos para cuidarla mientras el otro trabajaba. Hubo noches en las que no teníamos ni para cenar; otras en las que discutíamos hasta rompernos la voz por el cansancio y la frustración.

Pero poco a poco fuimos saliendo adelante. Conseguimos un pequeño piso en Vallecas gracias a una vecina que nos ayudó con el aval. Samuel encontró un trabajo fijo en una empresa de mudanzas y yo retomé los estudios por las noches. Alba crecía sana y feliz, ajena a nuestras preocupaciones.

Pasaron los años. Me saqué el título de técnico infantil y empecé a trabajar en una guardería. Samuel y yo nos casamos por lo civil en una ceremonia sencilla pero llena de cariño. Alba empezó el colegio y se convirtió en el centro de nuestras vidas.

Nunca volví a saber nada de mis padres. A veces los veía por la calle cuando iba al mercado, pero ellos giraban la cara o cruzaban de acera. Me dolía, claro que sí, pero aprendí a vivir con esa herida abierta.

Hasta que un día, diez años después, llamaron al timbre de casa. Era una tarde lluviosa de noviembre; Alba estaba haciendo los deberes en la mesa del salón y Samuel preparaba la cena. Abrí la puerta y allí estaban: mi madre, envejecida y temblorosa; mi padre, encorvado y con los ojos apagados.

—Lucía… —susurró mi madre—. Necesitamos tu ayuda.

Me quedé helada. No sabía si abrazarla o echarla de nuevo a la calle. Mi padre bajó la cabeza.

—Nos han embargado el piso —dijo él, casi sin voz—. No tenemos dónde ir.

Sentí una mezcla de rabia y compasión imposible de describir. ¿Cómo podían pedirme ayuda después de todo lo que me hicieron? ¿Después de dejarme sola cuando más los necesitaba?

Samuel apareció detrás de mí y me miró en silencio. Alba se asomó al pasillo con curiosidad.

—¿Quiénes son, mamá? —preguntó.

No supe qué responderle. Miré a mis padres y vi el miedo en sus ojos, el mismo miedo que yo sentí aquella noche hace diez años.

Les invité a pasar. Nos sentamos todos en el salón, rodeados de un silencio incómodo. Mi madre rompió a llorar.

—Lo siento tanto… —sollozó—. Fui una cobarde. Me pudo el qué dirán, el miedo al escándalo… Pero eres mi hija y te echo tanto de menos…

Mi padre no dijo nada durante un buen rato. Finalmente levantó la mirada.

—No tengo excusas —dijo—. Solo te pido perdón.

Me costó mucho no gritarles todo lo que llevaba dentro: las noches sin dormir, el hambre, el miedo… Pero también recordé todo lo que había conseguido sin ellos; la familia que había formado con Samuel y Alba; la mujer fuerte en la que me había convertido.

Les ofrecí quedarse unos días mientras buscaban otra solución. No fue fácil convivir bajo el mismo techo después de tanto dolor acumulado. Hubo discusiones, reproches y muchas lágrimas. Pero también hubo pequeños gestos: mi madre ayudando a Alba con los deberes; mi padre arreglando una lámpara rota; Samuel invitando a mi padre a ver un partido del Atleti juntos.

Poco a poco empezamos a sanar heridas. No olvidé lo que pasó, pero aprendí a perdonar. Mis padres encontraron un piso pequeño cerca del nuestro y ahora vienen a vernos los domingos para comer juntos.

A veces me pregunto si hice bien en abrirles la puerta después de todo lo que sufrí por su culpa. ¿Vosotros qué haríais? ¿Seríais capaces de perdonar así? Porque yo aún no sé si fue valentía… o simple necesidad de cerrar el círculo.