Entre Dos Hogares: La Verdad Oculta de Mi Hija

—¿Por qué me haces esto, mamá? —gritó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas, mientras yo sostenía la carta que acababa de recibir del hospital. El papel temblaba en mis manos, igual que mi voz cuando intenté responderle.

—No lo sé, hija… No lo sé —susurré, sintiendo cómo el suelo se abría bajo mis pies.

Todo empezó una tarde cualquiera en nuestro piso de Lavapiés. Llevaba días sintiéndome inquieta, como si una sombra se hubiera instalado en casa. Lucía, mi niña de diecisiete años, estaba más distante que nunca. Apenas hablaba conmigo ni con su padre, Antonio. Pensé que era la adolescencia, pero aquella tarde todo cambió.

Recibí una llamada del hospital Gregorio Marañón. Me dijeron que había habido un error en los análisis de sangre rutinarios de Lucía y que necesitaban hablar conmigo urgentemente. No imaginé nada grave; quizá una alergia, una incompatibilidad… Pero cuando llegué y me sentaron frente a la doctora, supe que algo no iba bien.

—Señora Morales —dijo la doctora con voz grave—, los resultados indican que usted no puede ser la madre biológica de Lucía.

Sentí que me arrancaban el corazón. Me negué a creerlo. ¿Cómo podía ser? Yo recordaba perfectamente el parto, el dolor, la alegría… ¿Me estaban diciendo que mi hija no era mi hija?

Salí del hospital como un fantasma. Caminé por las calles de Madrid sin rumbo, con la cabeza llena de preguntas. ¿Quién era Lucía? ¿Dónde estaba mi verdadera hija? ¿Quién había cometido ese error?

Cuando llegué a casa, Antonio estaba viendo el telediario. Le conté lo sucedido entre sollozos. Él se quedó en silencio, pálido como una sábana.

—Carmen… ¿Estás segura? —me preguntó, como si yo pudiera inventarme algo así.

—Eso me han dicho. No sé qué hacer —le respondí.

Esa noche no dormimos. Lucía entró en la cocina a medianoche y nos encontró abrazados, llorando en silencio. Nos miró con desconfianza.

—¿Qué pasa? ¿Por qué lloráis?

No pude ocultarlo más. Le conté todo. Al principio pensó que era una broma cruel. Luego vino la rabia.

—¡Me habéis mentido toda la vida! ¡No soy vuestra hija! —gritó antes de encerrarse en su habitación.

Los días siguientes fueron un infierno. Lucía dejó de hablarnos. Faltaba al instituto, salía sin avisar y volvía tarde. Antonio y yo discutíamos cada noche sobre qué hacer.

—Tenemos que buscar a nuestra hija biológica —decía él.

—¿Y Lucía? ¿La vamos a abandonar? —le reprochaba yo.

—No es eso… Pero tenemos derecho a saber la verdad.

Empezamos una batalla legal contra el hospital. Nos citaron para una reunión con la dirección y otros padres afectados por errores similares. Allí conocí a Marta, una mujer de mi edad con los ojos llenos de miedo. Su hija nació el mismo día que Lucía, en la misma planta del hospital.

—¿Crees que…? —me preguntó ella, incapaz de terminar la frase.

—No lo sé —le respondí, pero ambas sabíamos lo que estábamos pensando.

Las pruebas de ADN confirmaron lo impensable: Marta era la madre biológica de Lucía y yo lo era de su hija, Paula. El hospital había intercambiado a las niñas al nacer.

¿Cómo se repara algo así? ¿Cómo le dices a tu hija que no es tuya y que su verdadera madre es otra mujer a la que nunca ha visto?

Lucía se negó a conocer a Marta. Paula, en cambio, vino a casa un domingo por la tarde. Era como mirarme en un espejo: tenía mis ojos, mi sonrisa tímida. Pero no sentí esa conexión visceral que siempre tuve con Lucía.

Antonio intentaba mantenernos unidos, pero cada día era más difícil.

—Carmen, tenemos que aceptar lo que ha pasado y seguir adelante —me decía mientras me abrazaba por las noches.

Pero yo no podía dejar de pensar en todo lo perdido: los cumpleaños, los primeros pasos, las noches en vela… Todo eso lo había vivido con Lucía, no con Paula.

Una tarde encontré a Lucía llorando en el parque donde solíamos ir cuando era pequeña.

—Mamá… Tengo miedo —me confesó entre sollozos—. No sé quién soy.

La abracé fuerte. Sentí su corazón latiendo contra el mío y supe que, biológicamente o no, siempre sería mi hija.

La familia se dividió. Mis padres dejaron de hablarme porque decían que debía luchar por recuperar a mi hija biológica. Mi hermana me acusó de egoísta por no querer dejar ir a Lucía. En el barrio todos murmuraban; algunos me miraban con compasión, otros con desprecio.

Pero yo solo quería paz para mi familia rota.

Hoy sigo luchando por reconstruir lo que queda de nosotros. Lucía va poco a poco aceptando su historia; Paula viene a vernos de vez en cuando y hemos aprendido a querernos sin etiquetas ni sangre de por medio.

A veces me pregunto: ¿Qué significa ser madre? ¿La sangre o el amor? ¿Vosotros qué pensáis? ¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar?