La Llamada de las 11:03: Un Amor que No Sube por el Ascensor, Pero Tampoco Baja

—¿Por qué llamas ahora, Manuel? —mi voz tiembla, aunque intento sonar firme. El reloj marca las 11:03, como cada vez que su nombre aparece en la pantalla del móvil. No sé si colgar o dejarme llevar por la nostalgia que me aprieta el pecho.

—Carmen, sólo quería saber cómo estabas. —Su voz suena igual que hace años, cuando nos conocimos en aquel cine de barrio de Lavapiés. Yo iba con Lucía, mi amiga del alma; él se coló porque no tenía ni para un café. Cuando el acomodador lo pilló, Manuel soltó una carcajada y me guiñó un ojo. Así empezó todo: con una travesura y una sonrisa descarada.

Ahora, en mi piso pequeño de Vallecas, la cafetera burbujea mientras intento recordar por qué dejamos de hablarnos. Mi madre siempre decía: “Carmen, ese chico no te conviene. Es más vago que la chaqueta de un guardia.” Pero yo veía en Manuel algo que nadie más veía: una tristeza escondida detrás de su humor y sus historias de barrio.

—Estoy bien —respondo al fin—. ¿Y tú? ¿Sigues viviendo en el mismo sitio?

—Sí, en el tercero B. El ascensor lleva dos semanas roto y la comunidad no hace nada. Ya sabes cómo es esto… —Manuel suelta una risa amarga—. Subir la compra es como hacer el Camino de Santiago cada día.

Me río a pesar de mí misma. En España, los ascensores rotos son casi una tradición; los vecinos se quejan en las reuniones, pero nadie mueve un dedo. Recuerdo las tardes en su casa, con su abuela preparando croquetas y su hermana pequeña pegada a la tele viendo telenovelas. La vida era sencilla entonces, aunque nunca fácil.

—¿Y tu madre? —pregunta Manuel, bajando la voz.

—Sigue igual, quejándose de todo y de todos. El otro día me soltó que debería buscarme un novio «de provecho», como si eso fuera tan fácil. —Me sale una carcajada amarga—. Aquí los hombres buenos están todos casados o viven en otra ciudad.

—O se cuelan en cines —añade él, y por un momento volvemos a tener veinte años.

El silencio se instala entre nosotros. Afuera, los niños juegan al fútbol en la plaza y una vecina grita desde el balcón que ya está la comida. En España, la vida se cuela por las ventanas y las paredes son tan finas que los secretos duran poco.

—Carmen… —Manuel duda—. ¿Tú crees que podríamos volver a vernos? No sé, tomar un café o dar un paseo por el Retiro como antes.

Mi corazón da un vuelco. Recuerdo las veces que subimos juntos al ascensor de su bloque, siempre riendo, siempre soñando con un futuro que nunca llegó. Pero también recuerdo las discusiones, las promesas rotas y las noches en vela esperando una llamada que no llegaba.

—No lo sé, Manuel —respondo al fin—. La vida no es como antes. Ahora tengo miedo de volver a empezar algo que no sé si terminó bien o mal.

Él suspira al otro lado del teléfono.

—A veces pienso que somos como ese ascensor: ni subimos ni bajamos, sólo estamos atascados en medio.

Me quedo callada. Quizá tenga razón. Quizá hay amores que no avanzan ni retroceden; simplemente se quedan ahí, ocupando espacio en el corazón y en la memoria.

—Bueno… —digo finalmente—. Si arreglan el ascensor, avísame. Igual me animo a subir a verte.

Manuel ríe y cuelga después de un adiós torpe. Me quedo mirando el móvil, preguntándome si de verdad quiero volver a ese piso del tercero B o si es mejor dejar los recuerdos donde están.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestro corazón está atascado entre dos pisos? ¿Qué haríais vosotros si os llamara ese amor que nunca termina de irse?