La promesa de la desconocida: Un milagro en la Gran Vía
—¿De verdad crees que esto va a servir de algo, Lucía? —pregunté, con la voz cargada de cansancio y un punto de desesperación, mientras miraba a mi hija tumbada en la camilla del hospital privado, su carita pálida y sus ojos grandes fijos en el techo blanco.
—Papá, ¿por qué esa señora está ahí fuera? —susurró Lucía, señalando con un leve movimiento de cabeza hacia la ventana. Me asomé y la vi: una mujer delgada, con el pelo recogido en un moño desordenado, vestida con una falda larga y un jersey raído. Estaba sentada en el bordillo de la Gran Vía, justo frente al hospital, con una pequeña cartulina a sus pies: “Tengo hambre”.
No era raro ver gente pidiendo en Madrid, pero había algo en su postura, en la serenidad de su rostro, que me inquietó. No suplicaba, no miraba a los transeúntes con ojos de pena. Simplemente estaba allí, como si esperara algo… o a alguien.
Al salir a tomar aire, me crucé con ella. Me miró directamente a los ojos y me dijo:
—Señor, ¿me invita usted a comer? No pido dinero, solo un plato caliente.
Me quedé helado. No era la típica petición. Dudé. Yo, Javier, empresario de éxito, acostumbrado a cenas en restaurantes de moda y a no fiarme de desconocidos. ¿Por qué iba a hacerlo?
—No tengo tiempo —respondí seco, casi molesto por el atrevimiento.
Ella sonrió levemente y añadió:
—A veces, lo que das vuelve multiplicado. Si me invita a comer hoy, le prometo que su hija mejorará.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Cómo sabía lo de Lucía? ¿Sería una farsante? Madrid está lleno de listillos… Pero sus ojos no mentían. Había algo profundo en ellos, como si supiera más de lo que decía.
—¿Y si no mejora? —pregunté, casi desafiante.
—Entonces solo habrá perdido un plato de comida —contestó tranquila.
No sé por qué lo hice. Quizá fue la desesperación o el miedo a perder a mi hija. La llevé a un pequeño bar cercano. Pidió cocido madrileño y pan. Comió despacio, como quien saborea cada bocado después de días sin probar nada caliente.
Mientras tanto, yo no podía dejar de pensar en Lucía y en lo absurdo de la situación. ¿De verdad esperaba un milagro? ¿Qué diría mi mujer si supiera que estaba gastando tiempo y dinero en una desconocida?
Al terminar, la mujer me miró con ternura y dijo:
—Gracias. Ahora vuelva con su hija.
Volví al hospital con el corazón encogido. Al entrar en la habitación, vi a Lucía sentada en la cama, sonriendo como hacía meses que no la veía.
—Papá, ya no me duele —dijo mientras se incorporaba sola.
Los médicos no supieron explicarlo. Los análisis mostraban una mejoría inexplicable. Mi mujer lloraba de alegría y yo… yo solo podía pensar en aquella mujer misteriosa.
Salí corriendo a buscarla por la Gran Vía. Pero ya no estaba. Pregunté a los camareros del bar y nadie recordaba haberla visto entrar.
Esa noche apenas dormí. Me di cuenta de que llevaba años encerrado en mi mundo de negocios y prisas, olvidando lo esencial: la generosidad, la fe en los demás y el valor de los pequeños gestos.
Ahora cada vez que paso por esa esquina miro por si vuelve a aparecer. Y siempre llevo unas monedas o un bocadillo para quien lo necesite. Porque nunca se sabe cuándo un milagro puede estar esperando detrás de una simple petición.
¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que confiaste en alguien sin pedir nada a cambio? ¿Y si el milagro que esperas depende solo de un pequeño acto de bondad?