No queremos a nuestro nieto el fin de semana: Una historia de pérdida y perdón
—No, Lucía, este fin de semana no podemos cuidar de Pablo. —La voz de mi madre sonó fría, casi mecánica, al otro lado del teléfono. Sentí cómo el silencio se colaba entre nosotras, pesado, como una manta mojada. Mi hijo, Pablo, jugaba en el suelo con sus coches, ajeno a la tensión que me recorría el cuerpo.
—Pero mamá, sólo sería unas horas… —intenté suplicar, pero ella ya había decidido. Lo supe por la forma en que suspiró, ese suspiro largo que siempre precedía a un portazo invisible.
—No insistas, Lucía. Ya te lo hemos dicho muchas veces. —Y colgó.
Me quedé mirando el móvil, como si esperara que la pantalla me devolviera una explicación. Pero sólo vi mi reflejo: ojeras profundas, el pelo recogido a toda prisa y los ojos rojos de tanto llorar. Pablo levantó la cabeza y me sonrió, con esa inocencia que sólo tienen los niños pequeños.
—¿Vamos al parque, mamá?
Asentí, tragando las lágrimas. No podía permitir que él notara mi tristeza. Pero por dentro me sentía rota. Desde que nació Pablo hace tres años, mis padres no han querido saber nada de él. No lo aceptan. Dicen que fue un error, que arruiné mi vida al quedarme embarazada tan joven y sin pareja estable. En nuestro pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, las habladurías corren más rápido que el viento y mi embarazo fue tema de conversación durante meses.
Recuerdo la primera vez que llevé a Pablo a casa de mis padres. Mi padre ni siquiera lo miró. Mi madre lo sostuvo en brazos apenas unos segundos y luego me lo devolvió con manos temblorosas.
—No estamos preparados para esto, Lucía —me dijo entonces—. No podemos hacer como si nada hubiera pasado.
Desde entonces, cada encuentro ha sido una batalla perdida antes de empezar. Las navidades pasaron sin invitación. Los cumpleaños de Pablo se celebraron sólo conmigo y algún amigo del parque. A veces pienso que mi hijo es invisible para ellos.
Una tarde de otoño, mientras recogía hojas secas en el parque con Pablo, me encontré con Carmen, una vecina de toda la vida.
—¿Cómo estás, Lucía? Hace tiempo que no te veo por la plaza.
—Bien… Bueno, tirando —respondí, intentando sonar convincente.
Carmen me miró con compasión y bajó la voz.
—Tus padres… ¿siguen igual?
Asentí. Ella suspiró y me puso una mano en el hombro.
—No sabes cuánto lo siento. Pero no te rindas. A veces el tiempo cura más de lo que creemos.
Esa noche, mientras Pablo dormía abrazado a su peluche favorito, me senté en la cocina y escribí una carta a mis padres. Les hablé del primer día que Pablo dijo «abuela» sin saber a quién llamaba. Les conté cómo le brillan los ojos cuando ve fotos antiguas de familia y pregunta por qué nunca vamos a casa de los abuelos. Les confesé mi cansancio, mi soledad y mi deseo de que algún día pudieran conocer al niño maravilloso que es Pablo.
No recibí respuesta. Pasaron semanas. Los días se hicieron eternos y las noches aún más largas. Empecé a pensar que quizá nunca cambiarían de opinión.
Un sábado por la mañana, mientras preparaba el desayuno, sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaban ellos: mi madre con los ojos hinchados y mi padre con las manos en los bolsillos.
—¿Podemos pasar? —preguntó ella con voz temblorosa.
Pablo apareció corriendo por el pasillo y se quedó parado al verlos. Mi madre se agachó lentamente y le tendió los brazos.
—Hola, Pablo… ¿me das un abrazo?
Él dudó un segundo y luego se lanzó hacia ella. Mi padre se quedó quieto, observando la escena con una mezcla de orgullo y vergüenza.
Nos sentamos en la mesa del comedor. Nadie sabía qué decir. El silencio era incómodo pero necesario. Finalmente, mi madre rompió a llorar.
—Lo siento tanto, Lucía… Hemos sido unos cobardes. Nos pudo el miedo al qué dirán, a equivocarnos… Pero veros tan solos nos ha hecho pensar mucho.
Mi padre asintió en silencio. Por primera vez en años vi lágrimas en sus ojos.
—¿Podéis perdonarnos? —preguntó él con voz ronca.
No respondí enseguida. Miré a Pablo, que jugaba ajeno a todo con una cuchara y un trozo de pan. Sentí rabia por todo lo perdido, pero también alivio porque quizá aún quedaba esperanza para nosotros.
A partir de ese día las cosas no fueron perfectas, pero poco a poco mis padres empezaron a formar parte de nuestra vida. Los domingos volvieron las comidas familiares; Pablo aprendió a decir «abuelo» sin miedo; yo aprendí a perdonar sin olvidar.
A veces me pregunto si es posible amar y rechazar al mismo tiempo. ¿Cuántas familias viven atrapadas entre el orgullo y el miedo? ¿Cuánto dolor podríamos evitar si aprendiéramos a pedir perdón antes de que sea demasiado tarde?